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Enredados en Pasion Misionera

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Enredados en Pasion Misionera

Ana no podía creer lo que estaba pasando. La fiesta en ese rooftop de Polanco bullía de risas y copas tintineando bajo las luces neón, pero sus ojos solo lo buscaban a él. Carlos, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago, se acercó bailando al ritmo de un cumbia rebajada que retumbaba en los parlantes. "¿Bailas, nena?" le dijo, extendiendo la mano. Su voz grave, con ese acento chilango que sonaba como miel caliente, la envolvió como un abrazo inesperado.

Ella asintió, sintiendo el calor de su palma contra la suya. El aire de la noche mexicana olía a jazmín y tacos al pastor de la taquería de abajo. Se pegaron en la pista, sus caderas rozándose apenas, lo suficiente para encender una chispa. ¿Por qué me tiemblan las piernas?, pensó Ana mientras su aliento cálido le rozaba el cuello. Carlos era alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la camisa ajustada. Ella, con su vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, se sentía poderosa, deseada.

"Estás cañona esta noche", murmuró él al oído, y Ana rio bajito, juguetona. "No seas pendejo, Carlos, que me vas a poner nerviosa". Pero no lo estaba. Al contrario, un hormigueo delicioso le subía por la espalda. Hablaron de todo: de las chiladas que comieron en la Condesa la semana pasada, de cómo odiaban el tráfico de Insurgentes, de sueños locos como escaparse a la playa de Puerto Vallarta. La química era palpable, como electricidad estática antes de la tormenta.

Cuando la fiesta empezó a decaer, él la miró fijo. "¿Vienes conmigo? Vivo cerquita". Ana dudó un segundo, pero su cuerpo ya había decidido.

"Sí, vamos. Quiero más de esto",
respondió ella, besándolo ahí mismo, con sabor a tequila reposado en sus labios.

En el Uber, las manos no paraban quietas. Él le acariciaba el muslo por debajo del vestido, suave pero firme, y ella sentía la humedad crecer entre sus piernas. El olor a su colonia, mezcla de madera y cítricos, la mareaba. Llegaron al depa en la Roma, un lugar chido con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Apenas cerraron la puerta, se devoraron. Besos urgentes, lenguas danzando, manos explorando.

Carlos la cargó hasta la cama king size, con sábanas frescas que olían a suavizante de lavanda. La recostó despacio, quitándole el vestido como si fuera un regalo preciado. "Dios, Ana, eres perfecta", gruñó, admirando sus senos firmes, los pezones ya duros como piedritas. Ella jadeó cuando su boca los capturó, chupando con hambre, la lengua girando en círculos que le enviaban descargas directas al clítoris. Su barba incipiente raspa justo bien, pensó, arqueando la espalda.

Le quitó la camisa a él, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado que empezaba a perlar su piel. Bajó la mano a su pantalón, sintiendo el bulto enorme que latía. "Estás duro como piedra, carnal", le dijo con voz ronca, y él rio, quitándose todo. Su verga erecta, gruesa y venosa, la hizo salivar. Lo masturbó despacio, disfrutando cómo gemía, cómo sus caderas se movían buscando más.

Pero querían más. Ana se abrió de piernas, invitándolo. "Ven, métemela ya". Carlos se posicionó encima, en esa pose clásica que tanto les gustaba: la pasión misionera, cuerpos alineados, miradas clavadas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ella gritó de placer, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. "¡Qué rico, cabrón! Más adentro". Él empujaba hondo, el sonido de piel contra piel llenando la habitación, mezclado con sus jadeos y el zumbido lejano de la ciudad.

El ritmo empezó lento, sensual. Sus narices se rozaban, alientos calientes mezclándose. Ana olía su aroma masculino, almizclado, excitante. Tocaba su espalda sudada, clavando uñas suaves, mientras él le mordisqueaba el lóbulo de la oreja. Esto es puro fuego, pensaba ella, las caderas girando para recibirlo mejor. La tensión crecía, como una ola subiendo. Él aceleró, embistiendo con fuerza controlada, sus bolas golpeando su culo. "Estás tan mojada, nena, me chutas la verga", gruñó Carlos, y ella sonrió, apretándolo más con sus músculos internos.

Internalmente, Ana luchaba con el placer abrumador.

¿Cómo puede sentirse tan bien? Como si nos conociéramos de toda la vida, como si su cuerpo fuera hecho para el mío.
Recordaba las citas fallidas pasadas, los weyes que no sabían ni dónde tocar. Carlos era diferente: atento, fuerte, pero tierno. Le besaba la frente mientras la follaba, susurrando "Te sientes increíble". Ella envolvía las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo, el roce de su pubis contra su clítoris enviando chispas.

La habitación se llenó de olores: sudor, sexo, su perfume mezclado. Los gemidos subían de volumen, ahogados por besos. Él le chupó los dedos de los pies un momento, haciéndola reír y gemir al mismo tiempo. "¡Pendejo travieso!" Pero le encantaba esa juguetona intimidad mexicana, esa complicidad callejera. La pasión misionera se volvía salvaje: él la penetraba con thrusts profundos, ella clavaba talones en su culo, urgiéndolo.

El clímax se acercaba. Ana sentía el orgasmo construyéndose en su vientre, una presión deliciosa. "¡No pares, Carlos, me vengo!" gritó, y él redobló, frotando su clítoris con el hueso púbico. Explosó en oleadas, contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente que goteaba fuera. "¡Sí, nena, tómalo todo!"

Se quedaron así, unidos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Carlos se salió despacio, un hilo de semen conectándolos aún. La besó suave, rodando a su lado. Ana se acurrucó en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas. "Esto fue chingón", murmuró ella, trazando círculos en su piel.

"La mejor pasión misionera de mi vida", respondió él, riendo bajito. Hablaron en susurros de volver a verse, de escapadas a Taxco o desayunos de chilaquiles en el mercado. No había prisas, solo esa calidez post-orgasmo que envolvía todo. Ana sintió una paz profunda, como si hubiera encontrado algo real en medio del caos citadino.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, se besaron una vez más. No era el fin, sino el principio de algo ardiente. Y mientras él preparaba café con olor a canela, Ana sonrió para sí. Quién iba a decir que una fiesta terminaría en éxtasis puro.

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