Pasión Capítulo 74
La noche en Polanco estaba viva con el pulso de la ciudad que nunca duerme. Las luces neón parpadeaban como promesas calientes sobre la avenida, y el aire traía ese olor a tacos al pastor mezclado con perfume caro y sudor fresco. Yo, Ana, de treinta y dos años, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa cachonda, entré al bar con el corazón latiéndome a mil. Hacía meses que no veía a Alejandro, mi ex que seguía siendo mi debilidad. Neta, cada vez que pensaba en él, mi cuerpo se encendía como fogata en diciembre.
Lo vi de inmediato, recargado en la barra, con esa camisa blanca abierta un poco, dejando ver el vello oscuro de su pecho. Sus ojos cafés me atraparon como siempre, y sentí ese cosquilleo en el estómago que bajaba directo a mis muslos. Órale, pensé, este wey todavía me pone la piel chinita. Me acerqué con paso lento, moviendo las caderas como en esas novelas eróticas que devoro a escondidas. "¡Ey, carnalita! ¿Qué onda?", me dijo con esa sonrisa pícara que me derretía.
Nos dimos un abrazo que duró demasiado, sus manos grandes en mi espalda baja, rozando justo donde empieza el calor. Olía a colonia masculina con un toque de tequila reposado, y su aliento cálido en mi cuello me hizo cerrar los ojos un segundo. "Ana, chula, te extrañé un chorro", murmuró. Charlamos de pendejadas, de la vida, del trabajo en la oficina que me tenía hasta la madre, pero debajo de las palabras había fuego. Cada roce de su brazo contra el mío era electricidad, y yo sentía mi chichi endureciéndose bajo el brasier.
Esto es como Pasión Capítulo 74 de esa serie que leí el otro día, donde la protagonista se rinde al deseo después de tanto tiempo, pensé, mientras su mirada bajaba a mis labios.
La tensión crecía con cada shot de tequila que nos echamos. Bailamos salsa en la pista, sus manos en mi cintura guiándome, nuestros cuerpos pegados sudando al ritmo de la música. Sentía su verga dura presionando contra mi panza, y neta, me mojé tanto que temí que se notara en mis panties. "Vamos a otro lado, mija", me susurró al oído, su voz ronca como grava. Asentí, el deseo me nublaba la razón.
Salimos al coche, un Uber negro que nos llevó al hotel más cercano en Reforma. En el camino, no aguanté: le metí mano por encima del pantalón, sintiendo su dureza palpitar bajo la tela. "¡Pinche Ana, me vas a matar", gruñó, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a sal y limón. Mis pezones rozaban su pecho, y el roce me hacía gemir bajito.
En la habitación, la luz tenue del buró pintaba sombras calientes en las paredes. Cerró la puerta y me empujó suave contra ella, sus labios devorando mi cuello. "Te quiero desde que te vi entrar, corazón", dijo, mientras bajaba la cremallera de mi vestido. La tela cayó al piso con un susurro, dejando mis tetas al aire, grandes y firmes, con pezones oscuros pidiendo atención. Él se arrodilló, lamiendo uno con la lengua áspera, chupando hasta que arqueé la espalda gimiendo. ¡Ay, wey, qué rico!
Mis manos enredadas en su pelo negro, lo jalé hacia arriba para besarlo, saboreando mi propio olor en su boca. Le quité la camisa de un tirón, acariciando su torso musculoso, esos abdominales que tanto me gustaban. Olía a hombre puro, a sudor limpio y deseo crudo. Bajé sus pants, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo las venas pulsar. "Métetela en la boca, reina", pidió con voz temblorosa.
Me arrodillé gustosa, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas. Lamí desde la base hasta la punta, saboreando el salado musgoso, luego lo engullí profundo, mi garganta relajándose para tomarlo todo. Él gemía ronco, "¡Chingao, sí!", manos en mi cabeza guiándome. El sonido de su placer, chupeteo húmedo y jadeos, llenaba la habitación. Mi concha ardía, jugos corriendo por mis muslos.
Pasión Capítulo 74, justo aquí, el momento en que todo explota, flash en mi mente mientras lo mamaba con ganas.
No aguantó mucho. Me levantó, me tiró a la cama king size, las sábanas frescas contra mi piel caliente. Abrió mis piernas, admirando mi coño depilado, labios hinchados y mojados. "Estás chorreando, putita mía", dijo juguetón, y hundió la cara ahí. Su lengua mágica lamió mi clítoris, chupando suave luego fuerte, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. Grité, "¡Alejandro, no pares, cabrón!", caderas moviéndose solas, el olor a sexo invadiendo todo. El roce de su barba incipiente en mis labios internos era fuego puro.
El orgasmo me vino como tsunami, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer salpicando su cara. Él lamió todo, bebiendo mis jugos con deleite. "Ahora te cojo como mereces", gruñó, poniéndose un condón rápido –siempre responsable, qué chido–. Se colocó entre mis piernas, la cabeza de su verga rozando mi entrada resbalosa. Entró de un empujón lento, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. ¡Madre mía, qué grande!
Empezó a bombear, primero suave, mirándome a los ojos con esa intensidad que me deshacía. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando su frente cayendo en mis tetas. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, urgiéndolo más profundo. "Más fuerte, pendejo, rómpeme", le pedí, y él obedeció, clavándola brutal pero placentero, el colchón crujiendo bajo nosotros.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, yo rebotando, tetas saltando, pelo largo azotando mi espalda. Sentía su verga golpeando mi cervix, placer punzante. Él pellizcaba mis pezones, "Qué rica estás, Ana, neta la mejor". El olor a sexo era espeso, mezclado con nuestro sudor salado. Aceleré, moliendo mi clítoris contra su pubis, persiguiendo el segundo clímax.
Lo logré, chillando alto, paredes contraídas ordeñando su polla. Él no tardó, "¡Me vengo, chula!", y se vació dentro del condón, espasmos fuertes, gruñendo como animal. Colapsamos juntos, jadeando, su peso cálido sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.
Nos quedamos así un rato, el aire acondicionado zumbando bajito, sábanas revueltas oliendo a nosotros. "Esto fue épico, amor", dijo acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo tembloroso. Pasión Capítulo 74 completado, pensé, pero sé que habrá más. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo con ternura. Salimos del hotel al amanecer, la ciudad despertando, prometiendo más noches de fuego.
En el taxi de vuelta, su mano en mi muslo, supe que nuestra historia seguía ardiendo. Neta, Alejandro era mi adicción, y esta noche había sido el capítulo perfecto de nuestra pasión infinita.