Cañaveral de Pasiones Capitulo 78 Fuego en la Caña
El sol de mediodía caía a plomo sobre el cañaveral, ese mar verde y alto que se mecía con el viento caliente de Veracruz. Yo, Ana, caminaba entre las varas gruesas, sintiendo cómo el sudor me pegaba la blusa al pecho, marcando mis chichis redondas y firmes. Tenía veintiocho años, el cuerpo de una mujer que sabe lo que quiere, y ese día, lo que quería era a él. Miguel, el capataz, con su piel morena curtida por el sol, sus brazos musculosos que cortaban caña como si nada, y esa mirada que me ponía la piel chinita cada vez que nos cruzábamos.
Desde niña crecí en esta hacienda, pero ahora, viuda joven, el deseo me ardía por dentro como las chispas de un incendio en la seca. Miguel y yo nos conocíamos de toda la vida, pero hace meses, en una fiesta patronal, nos besamos detrás del galpón. Fue como un rayo: su lengua caliente en mi boca, sus manos grandes apretándome las nalgas. Desde entonces, planeábamos estos encuentros robados. Neta, era nuestro secreto, puro fuego consensual que nos consumía.
Escuché su voz grave antes de verlo. "¡Órale, nena! ¿Ya llegaste?" El sonido de su risa ronca me erizó los vellos de la nuca. Me giré y ahí estaba, saliendo de entre las cañas, con la camisa abierta dejando ver ese pecho peludo y sudoroso. Olía a tierra húmeda, a caña fresca cortada y a hombre puro. Mi corazón latió fuerte, pum pum, como tambor de son jarocho.
¡Ay, Diosito, qué chulo se ve! Quiero lamerle el sudor de ese cuerpazo ya mismo.
Me acerqué, mis caderas balanceándose sin querer, y él me jaló contra su cuerpo duro. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, saboreando mi gloss de fresa mezclado con sal. Sus manos bajaron por mi espalda, metiéndose bajo la falda vaquera, amasando mis cachetes suaves. Gemí bajito, sintiendo su verga ya tiesa presionando mi vientre. "Te extrañé, mi reina", murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. El aire estaba cargado de humedad, el zumbido de las chicharras como fondo a nuestra respiración agitada.
Nos hundimos más en el cañaveral, donde las hojas altas nos ocultaban como un velo verde. Se recargó en un tronco grueso y me levantó la blusa, exponiendo mis tetas al aire caliente. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. "Qué ricas están, Ana, mira cómo se paran para mí". Chupó un pezón rosado, tirando con los dientes justo lo suficiente para que un relámpago de placer me recorriera la espina. Jadeé, arqueando la espalda, mientras mis manos se enredaban en su pelo negro revuelto. El olor de su sudor macho me mareaba, mezclado con el dulzor pegajoso de la caña triturada bajo nuestros pies.
Pero no era solo carnalidad; había algo más profundo. Miguel era mi escape de la soledad de la hacienda grande, de las miradas juzgonas del pueblo. "Eres lo mejor que me ha pasado, wey", le susurré, mientras le desabrochaba el cinturón. Él sonrió, esa sonrisa pícara que me derretía. "Y tú mi cañaveral de pasiones, mi amor. Este es nuestro capitulo 78, ¿no? Como esa novela que tanto te gusta". Reí bajito, recordando cómo bromeábamos con eso, haciendo de nuestra vida un culebrón ardiente.
Le bajé los pantalones y su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al cielo como una caña madura. La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre el acero duro. La masturbe despacio, oyendo sus gruñidos roncos que se mezclaban con el susurro del viento en las hojas. "¡Qué chingona mano tienes, mami!" Se arrodilló entonces, subiéndome la falda hasta la cintura. Mis bragas de encaje ya estaban empapadas, el olor almizclado de mi excitación flotando en el aire espeso.
Su lengua experta lamió mi concha por encima de la tela, haciendo que mis piernas temblaran. "Sabrosa como tamal en fiesta", dijo, y me las quitó de un jalón. El primer toque directo de su boca en mi clítoris fue eléctrico: chupó, succionó, metió la lengua profunda, saboreando mis jugos dulces y salados. Grité su nombre, agarrándome de las cañas para no caer. El mundo se redujo a esa sensación: su barba raspándome los muslos, sus dedos abriéndome mientras lamía sin prisa, construyendo el fuego lento.
¡No aguanto más! Quiero sentirlo dentro, rellenándome toda.
La tensión crecía como tormenta veracruzana. Él se puso de pie, me giró de espaldas contra el tronco rugoso que me arañaba la piel de forma deliciosa. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada húmeda, untándose con mis fluidos. "Dime si quieres, Ana. Todo tuyo", jadeó, respetuoso siempre. "Sí, métemela ya, cabrón. Te necesito", supliqué, empujando mis caderas hacia atrás.
Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome con su grosor. ¡Qué fullness tan perfecto! Gemí largo, sintiendo cada vena rozando mis paredes sensibles. Empezó a bombear, lento y profundo, sus manos en mis caderas guiando el ritmo. El slap slap de piel contra piel resonaba entre las cañas, junto con nuestros jadeos y el crujir de las hojas. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Aceleró, sus bolas golpeándome el clítoris, y yo me tocaba ahí, frotando en círculos para subir la ola.
En mi mente, flashes de nosotros: las noches robadas en el cuarto de servicio, sus caricias tiernas después del clímax, sus promesas susurradas. "Te amo, mi vida", gruñó él, clavándome más fuerte. El orgasmo me golpeó como marejada: mi concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándola, mientras ondas de placer me sacudían el cuerpo. Grité, mordiéndome el labio para no alertar a nadie, lágrimas de éxtasis en los ojos.
Él no tardó: con un rugido gutural, se corrió dentro de mí, chorros calientes llenándome hasta rebosar. Nos quedamos unidos, temblando, su pecho contra mi espalda, besos húmedos en mi hombro. El sol filtrándose entre las cañas nos bañaba en luz dorada, el viento secando nuestro sudor perlado.
Nos vestimos despacio, riendo como chiquillos. "Esto fue mejor que cualquier cañaveral de pasiones capitulo 78", bromeé, acomodándome la blusa. Él me abrazó fuerte, su olor ahora mezclado con el mío. "Y vendrán más capítulos, mi reina. Tú y yo contra el mundo". Caminamos de vuelta, tomados de la mano, con el corazón lleno y el cuerpo saciado. En ese cañaveral, no solo crecía la caña dulce; crecían nuestras pasiones, eternas y ardientes.