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Acontecimientos de la Pasión y Muerte de Jesús

7436 palabras

Acontecimientos de la Pasión y Muerte de Jesús

Yo siempre he sido una mujer de fe, pero también de fuego en las venas. Se llama Jesús, mi Jesús carnal, no el del cielo, aunque a veces cuando lo miro sudar, con esa piel morena brillando bajo la luz de las velas, pienso en los acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, pero versión bien pinche caliente, neta. Era Viernes Santo en la colonia Roma de la CDMX, el aire cargado de incienso y humedad de abril. Yo andaba con un vestido negro ajustado, escotado lo justo pa' pecar sin exagerar, caminando por esas calles llenas de procesiones. Ahí lo vi, recargado en una fuente, con su camisa blanca abierta mostrando el pecho velludo, ojos cafés que me traspasaban como si ya supiera mis secretos.

Órale, carnal, ¿qué onda con ese tipo? Me late que me va a hacer rezar de otra forma, pensé mientras me acercaba. Me sonrió con esa dentadura perfecta, oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco. "Buenas noches, morra. ¿Vienes a la procesión o nomás a calentar el ambiente?", me dijo con voz grave, ronca como tamborazo zacatecano. Le contesté coqueta: "Las dos cosas, wey. Pero la procesión ya me aburrió. ¿Tú qué, Jesús?" Se presentó así, casual, y desde ese momento supe que esa noche iba a ser épica.

Caminamos por Álvaro Obregón, platicando de todo y nada. Hablamos de las tradiciones, de cómo en mi casa en Guadalajara siempre poníamos la tele en La Pasión de Cristo, pero yo le confesé que esas escenas de sudor y látigos me ponían la piel chinita de otra manera. Él se rio, "Neta, morra, a mí también. La pasión siempre termina en muerte... o en algo mejor". Su mano rozó la mía, un toque eléctrico que me erizó los vellos de la nuca. Olía a él, a hombre maduro, a tabaco y deseo contenido. Llegamos a su depa en una casa chida de los treinta, con balcón y vista a los jacarandas en flor. "Pasa, te invito un mezcal", dijo, y yo entré, el corazón latiéndome como tambor en Quincena.

Acto primero de nuestra propia pasión: nos sentamos en el sofá de piel, el mezcal quemándonos la garganta con su ahumado ahogado. Sus ojos me devoraban, bajando al escote donde mis chichis subían y bajaban con cada respiro.

Si me besa ahora, me rindo. Neta, Jesús, hazme tuya
, me dije, sintiendo el calor subir desde el ombligo hasta la panocha, que ya se humedecía como tierra en lluvia. Él se acercó, su aliento cálido en mi oreja: "Eres una tentación, Ana. ¿Quieres que te cuente mis pecados?" Le respondí besándolo, suave al principio, labios carnosos probando los míos, lengua juguetona que sabía a mezcal y promesas. Sus manos grandes, callosas de quién sabe qué curro, me acariciaron la espalda, bajando hasta apretarme las nalgas. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca.

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Lo empujé suave contra el sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela, gruesa y palpitante. Chingón, qué pedazo de hombre. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, mordisqueando los pezones oscuros que se endurecieron al instante. Él gruñó, "Ay, morra, qué rica", y sus dedos se colaron bajo mi vestido, rozando mis muslos suaves, subiendo hasta encontrar mis calzones empapados. Me los quitó de un jalón, el aire fresco besando mi sexo expuesto, oliendo a mi propia excitación, almizclada y dulce.

Escalada en el medio acto: me recostó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La habitación iluminada por velas de cera de abeja, goteando como lágrimas de placer. Se desnudó lento, pa' torturarme, mostrando ese cuerpo atlético, verga tiesa apuntando al techo, venosa y con el prepucio retraído dejando ver el glande rosado brilloso de precúm. "Ven, Ana, chúpamela como buena devota", me ordenó juguetón, y yo obedecí, arrodillándome. La tomé en la boca, salada y caliente, lengua girando alrededor del cabo mientras él jadeaba, "¡Órale, qué mamada tan chingona!". El sonido de succión húmeda llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos roncos y mi respiración agitada. Lo mamé profundo, hasta la garganta, sintiendo sus huevos pesados contra mi barbilla, peludos y calientes.

Pero no quería que terminara pronto. Lo empujé a la cama, montándolo al revés pa' que viera mi culo redondo moviéndose. Me abrí la panocha con los dedos, mostrándole el clítoris hinchado, rosado y reluciente. Siente cómo te quiero, Jesús, toda mojada pa' ti. Me senté despacio en su verga, el glande abriéndose paso en mi entrada apretada, estirándome delicioso. "¡Ay, wey, qué gruesa!", grité, el dolor placer mezclándose. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el jugo chorreando por sus huevos. El slap-slap de piel contra piel, sudor goteando, olor a sexo puro, intenso como chile en nogada.

Él me agarró las caderas, clavándome las uñas sin lastimar, guiando el ritmo. Volteé, ahora cara a cara, mis chichis rebotando contra su pecho. Nuestros besos salvajes, dientes chocando, lenguas enredadas.

Esto es la pasión verdadera, no la de la cruz, sino la del cuerpo
. Aceleramos, yo frotando mi clítoris contra su pubis peludo, él embistiéndome desde abajo como pistón. "¡Más duro, pendejo, cógeme como animal!", le supliqué, y él lo hizo, volteándome en cuatro, perrito estilo misionero prohibido. Su verga entró profunda, tocando el fondo, mis paredes contrayéndose al borde del abismo. El cuarto olía a nosotros, a sudor ácido, a coño mojado y verga babosa. Gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Sí, Ana, apriétame! ¡Neta, qué chida panocha!"

La intensidad psicológica subía: recordé fugaz los acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús, pero en mi mente era él coronado de éxtasis, no de espinas. Sus manos en mi pelo, jalando suave, dominante pero consentido. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos, el placer acumulándose como volcán. "¡Me vengo, Jesús! ¡No pares!", chillé, y exploté, olas de fuego desde el útero hasta las yemas, jugos salpicando sus muslos, cuerpo temblando incontrolable. Él no se detuvo, martillando más fuerte, su respiración entrecortada, huevos apretados listos pa' soltar.

Acto final, la muerte gloriosa: "¡Ana, me muero en ti!", rugió, y sentí su verga hincharse, pulsar, chorros calientes inundándome profundo, semen espeso pintando mis paredes. Cayó sobre mí, exhausto, su peso delicioso, corações latiendo al unísono como tambores gemelos. Sudor enfriándose en la piel, besos suaves ahora, post-orgasmo tierno. Qué chingón, carnal. Esta es mi religión.

Nos quedamos así, enredados, el mezcal olvidado, la noche envolviéndonos. Él me acarició el cabello, susurrando "Eres mi Virgen María pervertida". Reí bajito, sintiendo su semen escurrir lento por mis muslos, marca de posesión mutua. Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas, reflexioné: los verdaderos acontecimientos de la pasión y muerte de Jesús no estaban en la iglesia, sino aquí, en esta cama, donde la pasión revive y la muerte es solo el pico del placer. Nos despedimos con promesas de más Viernes Santos calientes, yo caminando a casa con las piernas flojas, el cuerpo saciado y el alma en paz. Neta, qué noche tan bendita.

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