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Pasión por el Maquillaje

5934 palabras

Pasión por el Maquillaje

Me llamo Ana, y desde chiquita, mi pasión por el maquillaje ha sido como un fuego que no se apaga. No es solo untarme labial o sombra en los ojos; es el ritual, el aroma dulce de las cremas, el roce suave de las brochas en la piel, el espejo reflejando una versión más salvaje de mí misma. Vivo en el corazón de la Roma, en un departamentito chiquito pero con mi altar dedicado: cajones repletos de labiales rojos intensos, paletas de sombras que brillan como estrellas, y esmaltes que prometen noches locas. Trabajo en una tiendita de cosméticos en Polanco, donde las morras bien puchemas vienen a pedirme que las haga ver como diosas.

Esa noche, salí con mis cuates a un bar en la Condesa. La música reggaetón retumbaba, el aire cargado de sudor y tequila. Ahí lo vi: Diego, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties de volada. Me acerqué con mi labial mate rojo fuego, oliendo a vainilla. Qué wey tan chido, pensé, mientras platicábamos de la vida. Le conté de mi obsesión, cómo el maquillaje me hace sentir poderosa, sexy, lista para comerme el mundo. Él se rio, pero sus ojos se clavaron en mis labios. “Neta, Ana, suenas como si fuera tu amante secreto”, dijo, y su voz ronca me erizó la piel.

Terminamos en mi depa a media noche. El skyline de la Ciudad de México parpadeaba por la ventana, luces neón tiñendo la habitación de rosa y azul. “Muéstrame tu mundo”, me pidió Diego, quitándose la chamarra. Mi corazón latía como tamborazo. Saqué mi maletín, el que llevo a bodas y fiestas. El olor a polvo compacto y perfume caro llenó el aire. “Siéntate”, le ordené juguetona, empujándolo al sillón. Él obedeció, sus ojos curiosos, expectantes.

Empecé con la base, mis dedos untando la crema fría en su cara rasposa. Su piel cálida bajo mis yemas, el vello de su barba incipiente pinchándome las palmas.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es rarísimo, pero me prende cañón
, pensé, mientras él cerraba los ojos y suspiraba. “Se siente... íntimo”, murmuró. Pasé a las sombras, brocha negra suave barriendo sus párpados. El polvo fino flotaba, aterciopelado en el aire. Luego, el delineador, trazando líneas perfectas. Su aliento mentolado rozaba mi cuello cuando se inclinaba. Mi blusa se sentía apretada, pezones duros contra la tela.

“Ahora el toque final”, susurré, destapando el labial rojo cereza. El olor frutal me invadió, dulce como pecado. Lo apliqué despacio, mis labios a centímetros de los suyos. Él abrió la boca un poquito, lengua asomando. El roce del pincel en su boca inferior, suave, húmedo. “Mírate”, le dije, girándolo al espejo. Ahí estaba: Diego, con ojos ahumados, labios hinchados de rojo brillante. Parecía un modelo de revista, pero con esa vibra masculina que me volvía loca. “Estás... precioso, cabrón”, reí, y él me jaló de la cintura.

Sus labios pintados chocaron contra los míos. Sabor a cereza y tequila, pegajoso, delicioso. Gemí en su boca, lenguas enredándose, el maquillaje transfiriéndose en manchas rojas. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza. Neta, esto es lo que necesitaba. Lo empujé al piso, alfombra mullida bajo nosotros. Me quité la blusa, sostén de encaje negro cayendo. Él jadeaba, “Ana, me tienes bien puesto”. Besé su cuello, lamiendo el sudor salado, mientras mis uñas arañaban su pecho velludo.

La tensión crecía como tormenta. Le desabroché el pantalón, su verga saltando libre, dura como piedra, venosa, oliendo a hombre excitado. La tomé en mi mano, piel aterciopelada caliente pulsando. Él gruñó, “Chíngame con esos labios rojos”. Me arrodillé, labial fresco rozando la punta. Lamí despacio, sabor almizclado inundándome la boca. Su gemido ronco vibró en mi clítoris. Chupé más hondo, saliva mezclándose con pre-semen, labios dejando huellas rojas en su eje. Él enredó dedos en mi pelo, “¡Qué rico, wey!”.

Pero quería más. Me quité el jeans, panties empapadas cayendo. Monté sobre él, mi coño resbaloso rozando su verga. “Mírame”, le ordené, untándome más labial en los labios, ojos. El espejo reflejaba nuestra locura: dos cuerpos pintados, sudor perlando pieles. Bajé lento, él llenándome centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón! Estiré delicioso, paredes apretándolo. Empecé a moverme, caderas girando, tetas rebotando. Sonidos húmedos, carne contra carne, slap-slap en la habitación. Su aliento agitado, “Estás apretada, Ana, me vas a hacer venir”.

Internamente luchaba:

Esto no es solo sexo, es mi pasión cobrando vida, él rindiéndose a ella
. Aceleré, uñas en su pecho dejando marcas. Él volteó, poniéndome abajo, piernas en sus hombros. Empujones profundos, golpeando mi punto G. Olor a sexo, maquillaje derretido, vainilla y sudor. Grité, “¡Más fuerte, pendejo!”. Ondas de placer subiendo, clítoris frotándose en su pubis. Él mordió mi cuello, “Ven conmigo, morra”. Explosión: mi orgasmo como relámpago, coño contrayéndose, chorros calientes. Él se derramó dentro, gruñendo, semen caliente llenándome.

Quedamos jadeantes, cuerpos pegajosos. Besos suaves ahora, labios manchados frotándose. “Tu pasión por el maquillaje me voló la cabeza”, murmuró Diego, acariciando mi mejilla sucia de sombra. Reí, “Es solo el principio, amor”. Nos limpiamos con toallitas húmedas, olor a limón fresco cortando el aire espeso. En la cama, envueltos en sábanas frescas, su cabeza en mi pecho. El skyline seguía brillando, pero ahora éramos nosotros los que ardíamos.

Al día siguiente, desperté con él mirándome. “¿Repetimos?”, preguntó pícaro. Sonreí, sacando el maletín. Mi pasión no era solo mía ya; la compartíamos, piel con piel, color con deseo. En la Ciudad de México, entre el caos y las luces, encontramos nuestro ritual perfecto. Y supe que esto duraría, como un buen delineador waterproof.

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