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Pelicula Pasion y Prejuicio Desatada

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Pelicula Pasion y Prejuicio Desatada

Era una noche de viernes en mi depa de la Roma, con el olor a tacos de suadero flotando todavía en el aire después de que pedimos por Rappi. Yo, Ana, treinta y dos años, soltera por elección después de un par de relaciones que me dejaron con más prejuicios que pasiones. Y ahí estaba Diego, mi compa del gym, ese wey alto moreno con ojos que te miran como si ya supieran todos tus secretos. Lo invité a ver una película porque neta, desde hace semanas sentía esa chispa, pero con mis ideas preconcebidas sobre los morros como él: puro músculo y cero profundidad.

¿Y si esta vez es diferente? me dije mientras ponía Netflix y buscaba Pelicula Pasion y Prejuicio, esa adaptación mexicana moderna de la clásica novela, pero con un twist bien caliente que había oído en el trabajo. Diego se recargó en el sofá, su pierna rozando la mía accidentalmente, y sentí un cosquilleo que me subió por la espinazo. El cuarto estaba tenuemente iluminado por las luces de neón de la calle, y el ventilador zumbaba suave, moviendo el aroma de su colonia mezclada con sudor fresco del día.

La peli empezó con Elizabeth, orgullosa y prejuiciosa, topándose con Darcy en una fiesta en Polanco. Sus miradas chocaban como chispas, y yo no pude evitar comparar.

—Neta, Ana, esta Pelicula Pasion y Prejuicio está cañona —dijo Diego, su voz grave vibrando en mi pecho—. Mira cómo se miden, como si ya se estuvieran desnudando con los ojos.
Sonreí, sintiendo el calor subir a mis mejillas. Nuestras rodillas se tocaron de nuevo, y esta vez no me aparté. El primer acto de la trama desató sus prejuicios en diálogos afilados, y yo empecé a contarle mis rollos pasados: el ex que me dejó por una chavita, cómo juré no caer en morros guapos sin cerebro.

Diego rio bajito, su mano cayendo casual sobre mi muslo. Su piel era cálida, áspera por el gym, y olía a hombre de verdad, a tierra mojada después de lluvia. —Yo también traigo mis prejuicios, carnala. Pensaba que las morras como tú, independientes y chidas, no volteaban a ver a un simple ingeniero como yo. Pero aquí estamos.

La tensión creció con la película. En la pantalla, Elizabeth y Darcy bailaban un vals sensual en una hacienda, sus cuerpos rozándose al ritmo de mariachi electrónico. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes. Diego se acercó más, su aliento cálido en mi cuello. ¿Debería parar esto? No, wey, déjate llevar, pensé, mientras su dedo trazaba círculos lentos en mi pierna, subiendo despacio bajo la falda de mi vestido ligero de algodón.

—Ana, ¿sabes qué? Esta pelicula pasion y prejuicio me está poniendo pensando en lo nuestro —murmuró, sus labios rozando mi oreja. El sonido de su voz era como terciopelo rasposo, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Lo volteé a ver, nuestros ojos enredándose como en la peli. Sus prejuicios se deshacían en esa mirada hambrienta, y los míos se evaporaban con el olor de su excitación, ese almizcle que se mezclaba con el mío.

Lo besé primero, suave al inicio, probando el sabor salado de sus labios, el roce de su barba incipiente quemándome la piel. Sus manos subieron por mis caderas, apretándome con fuerza juguetona. ¡Qué rico se siente esto, pendeja, no pares! Me levanté a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi humedad a través de la tela. La película seguía de fondo, gemidos ahogados de los protagonistas filtrándose como un eco de lo nuestro.

Nos quitamos la ropa con urgencia controlada, piel contra piel en el sofá gastado. Su pecho ancho, cubierto de vello negro, olía a jabón y deseo puro. Lamí su cuello, saboreando el sudor salado, mientras él me chupaba los pezones, endurecidos como piedras bajo su lengua hábil.

—Estás mojada, mi reina, neta que sí —gruñó, metiendo dos dedos en mi concha resbalosa, curvándolos justo donde dolía de placer.
Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis uñas clavándose en sus hombros musculosos. El ritmo de sus dedos era implacable, subiendo y bajando, mientras yo me movía contra su mano, el slick sonido de mi excitación llenando el aire.

Lo empujé al piso, alfombra persa bajo mis rodillas. Su pija erecta, gruesa y venosa, palpitaba frente a mi cara. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, mi lengua girando alrededor de la cabeza sensible. Diego jadeaba, sus caderas embistiéndome suave. Su sabor es adictivo, como tequila con limón, ardiente y fresco. Lo mamé profundo, garganta relajada, hasta que me jaló el pelo con ternura. —Para, o me vengo ya, chula.

Me recostó en el sofá, abriéndome las piernas con reverencia. Su mirada devorándome, como Darcy a Elizabeth en la escena de la lluvia. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón, lléname! El primer empujón fue profundo, golpeando mi punto G, y grité su nombre. Nos movimos en sincronía, piel chocando con palmadas húmedas, sudor perlando nuestros cuerpos. El olor a sexo crudo impregnaba el cuarto, mezclado con el popcorn olvidado.

La intensidad subió, sus embestidas más rápidas, mis paredes apretándolo como vicio. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, follándome fuerte mientras lamía mi espalda arqueada.

—Te sientes como terciopelo caliente, Ana, no pares de moverte así —jadeó, su voz rota de placer.
El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, contrayéndome alrededor de él, jugos chorreando por mis muslos. Él se vino segundos después, caliente y espeso dentro de mí, rugiendo mi nombre.

Caímos exhaustos, cuerpos entrelazados, el pecho de Diego subiendo y bajando contra mis tetas sensibles. La película terminaba en la pantalla, con un beso eterno bajo las estrellas. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, y yo besé su hombro, sintiendo la paz después de la tormenta. Los prejuicios se fueron con el clímax, solo queda esta pasión real.

Nos quedamos así, respirando sincronizados, el ventilador secando nuestro sudor. Diego sonrió perezoso. —Esa Pelicula Pasion y Prejuicio fue el pretexto perfecto, ¿no? —Sí, wey —respondí, riendo bajito—, pero lo nuestro es la secuela que quiero repetir.

La noche se extendió en caricias perezosas, promesas susurradas y un nuevo capítulo sin juicios. El corazón latiéndome tranquilo, piel aún vibrando con el recuerdo de su toque. Mañana veríamos qué sigue, pero esa pasión había barrido todos los prejuicios.

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