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Pasion Muerte y Resurreccion de Jesus para Colorear en Nuestra Piel Ardiente

6815 palabras

Pasion Muerte y Resurreccion de Jesus para Colorear en Nuestra Piel Ardiente

En la calidez de nuestra casa en Coyoacán, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de algodón mexicano, encontré ese cuaderno viejo. Pasion muerte y resurreccion de jesus para colorear, decía la portada descolorida, un librito de Semana Santa que mi abuelita me había regalado de morrillo. Lo saqué del cajón polvoriento, riéndome solo. ¿Qué chingados hacía eso ahí, entre mis revistas de motos y fotos de viajes? Pero al hojearlo, las imágenes de Jesús en la cruz, con su cuerpo musculoso y sudoroso, me prendieron una chispa rara. Neta, el wey parecía un galán de telenovela, todo marcado y sufriente.

Ahí estabas tú, mi morra, Lupe, con tu piel morena brillando bajo la luz, recargada en el sillón de mimbre, tomando un mezcalito con limón y sal. Llevábamos tres años juntos, y cada vez que te veía así, relax total, con tu blusita floja dejando ver el nacimiento de tus chichis, se me paraba el mundo. Órale, pensé, ¿y si le mostramos esto a ella? Te lo pasé con una sonrisa pícara. “Mira qué hallazgo, mi reina. ¿Te late colorear al Señor en su pasion?”

Tú lo tomaste, tus ojos cafés chispearon con malicia. “¿Pasion? ¿Como la nuestra, carnal?” Reíste, esa carcajada ronca que me eriza la piel. Te acercaste, rozando mi pierna con la tuya, y el olor de tu perfume de gardenias mexicanas me invadió. “Va, pero no con crayones de niño. Vamos a hacerlo chido, con pinturas comestibles y nuestros cuerpos.” Mi verga dio un salto en los chones. Ahí empezó todo, wey. La tension crecía como el calor de un comal en ayunas.

¿Por qué carajos un librito religioso me pone así de caliente? Es el contraste, neta. Lo sagrado volviéndose profano, como cuando comulgamos con tequila en vez de vino.

Nos fuimos a la recámara, el aire cargado de jazmines del jardín. Sacamos las pinturas de colores que compramos en el tianguis, de esas que saben a frutas: fresa, mango, chocolate. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Tu cuerpo desnudo, curvas perfectas, pezones duros como piedras de obsidiana, me dejó babeando. Yo, con mi pecho tatuado de águila devorando serpiente, te abracé por atrás. Sentí tu nalga contra mi pija endurecida, el calor de tu piel contra la mía, suave como petacas de mezcal.

Elegimos la primera página: Jesús en el huerto de Getsemaní, orando angustiado. Tú te acostaste boca arriba en la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca. “Colóreme aquí, mi amor”, dijiste, señalando tu vientre plano. Tomé el rojo para su túnica, pero en vez de papel, lo unté en tu piel con el dedo. El trazo fresco te hizo arquear la espalda, un gemido suave escapó de tus labios carnosos. “¡Ay, cabrón, qué frío!” Pero tus ojos decían no pares.

El olor a fresa se mezcló con tu sudor ligero, ese aroma almizclado que me vuelve loco. Lamí un poco de pintura de tu ombligo, saboreando la dulzura ácida mientras trazaba los músculos del Señor en tus costillas. Tus manos en mi cabello, jalándome suave. “Ahora túmbate tú, pendejo”, ordenaste con esa voz mandona que adoro. Me eché de lado, y con el marrón de su piel, pintaste la corona de espinas en mi pecho. Cada pincelada era una caricia eléctrica, mi corazón latiendo como tambor de son jarocho. Sentía tus tetas rozando mi brazo, pezones duros como chiles piquines.

La tension subía, carnal. Pasamos a la pasion en el vía crucis: Jesús cargando la cruz, azotado. Tú te pusiste a cuatro patas, nalga en pompa, invitándome. “Hazme la cruz aquí”, susurraste, y pinté la madera áspera en tu espalda, bajando hasta tus nalgas redondas. El morado de los moretones en tu piel canela, y yo lamiendo cada trazo, saboreando sal de tu sudor mezclado con mango. Tus jadeos llenaban la habitación, “¡Más, wey, pinta mi pasion!” Mi verga palpitaba, goteando pre-semen, rozando tus muslos.

Esto es la muerte y resurreccion en uno. Cada lamida me mata de placer, y cada mirada tuya me resucita para más.

El calor era asfixiante, el ventilador zumbando como abejas en maguey. Tus manos temblorosas pintaron la cruz en mi espalda, uñas arañando leve, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Nos volteamos, cuerpos pintados como lienzos vivientes, olores frutales y sexo impregnando el aire. Te besé el cuello, mordiendo suave, probando el salado de tu piel bajo el azul de las lágrimas de Jesús. “Te amo, Lupe, eres mi Virgen y mi Magdalena.”

Escaló cuando llegamos a la muerte: Jesús en la cruz, clavo en manos y pies. Tú me montaste, guiando mi pija dura como madero dentro de tu coño húmedo, resbaloso de jugos. “¡Clávame, Jesús mío!”, gritaste juguetona, mientras pintabas los clavos en mis hombros con rojo sangre de cereza. Empujé hondo, sintiendo tus paredes apretándome, pulsos calientes envolviéndome. El slap-slap de carne contra carne, gemidos roncos, sudor chorreando. Tus chichis rebotando, pintadas con espinas, yo chupándolas, saboreando chocolate y pezón.

Nos movíamos frenéticos, el colchón crujiendo como pasos en procesión. Pintamos mutuamente, manos resbalosas, colores manchando sábanas. Tu clítoris hinchado bajo mi pulgar, trazando círculos como rosas de Guadalupe. “¡Me vengo, cabrón! ¡Muero en tu pasion!” gritaste, cuerpo convulsionando, coño ordeñándome. Yo resistí, volteándote para penetrarte de perrito, pintando la lanza en tu nalga, lamiendo mientras embestía. El olor a sexo puro, almizcle y frutas, me nublaba la mente.

La resurreccion llegó en la página final: tumba vacía, ángeles anunciando vida. Te puse contra la pared, piernas enroscadas en mi cintura, follando duro. “¡Resucítame, amor!”, rugí, pintando alas en tus muslos con blanco vainilla. Tus ojos en blanco, uñas en mi espalda, “¡Sí, wey, dame vida eterna!” Mi corrida explotó, chorros calientes llenándote, mientras lamías pintura de mi cuello. Caímos exhaustos, cuerpos multicolores pegajosos, pulsos latiendo al unísono.

En el afterglow, nos bañamos lento bajo la regadera de lluvia, agua tibia lavando colores pero no memorias. Te abracé, oliendo jabón de nardo y tu esencia. “Esa pasion muerte y resurreccion de jesus para colorear fue lo mejor, mi vida.” Reíste, besándome. “Próxima Semana Santa, repetimos, pero con más páginas.” Nos secamos, pieles frescas rozándose, y nos echamos en la cama limpia, el sol poniéndose en rojos pasionales.

Neta, el amor es eso: morir en el placer y resucitar en los brazos del otro. Sagrado y chingón a la vez.

Desde esa tarde, el librito se convirtió en nuestro talismán erótico. Cada mirada a esas páginas nos prende, recordándonos que la pasion verdadera resucita siempre.

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