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Imágenes Ardientes de la Pasión de Cristo en la Cruz

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Imágenes Ardientes de la Pasión de Cristo en la Cruz

Era Viernes Santo en el centro de Puebla y el aire olía a incienso quemado mezclado con el sudor de la gente apiñada en la calle. Yo, María, caminaba tomada de la mano de mi carnal, Juan, mi novio desde hace dos años, el wey que me hace vibrar con solo una mirada. Las procesiones llenaban las calles empedradas, con esas imágenes de la Pasión de Cristo en la cruz que cargaban los costaleros, tan reales que parecía que el sudor de Jesús goteaba hasta el piso. Miraba fijamente esa figura musculosa, el torso tenso, los brazos extendidos, las gotas de sangre resbalando por la piel morena. No sé por qué, pero un calor me subió desde el estómago hasta el pecho, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la blusa ligera.

¿Qué chingados me pasa? Esto es sagrado, pero su cuerpo... ay, Dios, parece un hombre sufriendo de placer.

Juan me apretó la mano, notando mi respiración agitada. “¿Estás bien, mi reina? Te ves como si hubieras visto un fantasma.” Le sonreí, disimulando, pero mis ojos volvían una y otra vez a esa imagen elevada en andas, el clavo en las manos, la corona de espinas. El tamborileo de los chirimías y el lamento de las saetas ponían mi piel en alerta, como si cada nota vibrara directo en mi entrepierna.

Salimos de la procesión y nos metimos a un cafecito cercano, con olor a chocolate caliente y pan de agua fresco. Ahí, sentados en una mesita de madera, le conté a Juan lo que sentía. “Mira, wey, esas imágenes de la Pasión de Cristo en la cruz me pusieron caliente. No mames, su cuerpo todo marcado, sufriendo... me dan ganas de lamerle el sudor.” Él se rio bajito, sus ojos oscuros brillando con picardía. “¿En serio, amor? ¿Quieres que yo sea tu Cristo esta noche?” Su voz ronca me erizó la nuca, y asentí, mordiéndome el labio. El deseo ya bullía entre nosotros, invisible pero palpable como el humo del copal.

Regresamos a mi departamentito en el barrio del Alto, un lugarcito chido con balcón que da a las cúpulas de las iglesias. Apenas cerramos la puerta, Juan me jaló contra él, su boca devorando la mía con sabor a café y promesas. Sus manos grandes recorrieron mi espalda, bajando hasta mi nalga, apretándola con fuerza. “Te voy a crucificar de placer, mi santa pecadora”, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Yo gemí, sintiendo su verga ya dura presionando mi vientre.

Esto es lo que necesitaba, su calor contra el mío, borrando la culpa con fuego puro.

Lo empujé hacia la recámara, donde tenía colgadas unas impresiones antiguas de las imágenes de la Pasión de Cristo en la cruz que compré en el tianguis de cholulas. Eran detalladas, con Jesús arqueado en agonía extática, músculos contraídos, venas hinchadas. Juan las miró y sonrió lobuno. “Perfecto escenario, ¿no?” Se quitó la camisa despacio, revelando su pecho velludo y definido por las horas en el gym. “Ven, átame como a él.”

Mi corazón latía como tambor de procesión. Saqué unas cuerdas suaves de seda que guardaba para juegos privados, siempre consensuados, siempre chingón. Lo até a la cabecera de la cama, brazos extendidos como en la cruz, piernas abiertas. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue de las velas que encendí, oliendo a vainilla y jazmín mexicano. Me subí encima, rozando mi concha húmeda contra su entrepierna a través de la tela. “Sufrirás por mí, mi Cristo”, le dije juguetona, arañando su pecho con las uñas pintadas de rojo sangre.

Él jadeó, el sonido gutural enviando ondas de placer por mi espina. Bajé la boca a su cuello, lamiendo el salado sudor que ya perlaba su piel, bajando por el tórax, deteniéndome en cada pezón para morderlo suave. Juan se arqueó, tirando de las ataduras. “¡Chíngame ya, María! No mames, me estás matando.” Su voz era pura necesidad, y eso me empoderaba, me hacía sentir diosa y devota a la vez.

Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante como el miembro de un mártir en éxtasis. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras mis ojos se clavaban en las imágenes de la pared. Imágenes de la Pasión de Cristo en la cruz, testigos mudos de nuestro ritual profano. Juan gruñó, caderas alzándose, pero yo lo controlaba, chupando lento, profunda, mi lengua girando alrededor del glande hinchado.

Su sabor me enloquece, es como comulgar con el pecado más dulce.

La tensión crecía, mis jugos empapando mis calzones. Me quité la ropa con prisa, quedando desnuda, pechos pesados balanceándose, mi panocha rasurada brillando de excitación. Me posicioné sobre él, frotándome contra su polla dura, lubricándola con mi humedad. “¿Quieres entrar en mí, mi redentor?”, le pregunté, voz temblorosa. “Sí, carajo, métetela toda”, rogó él, ojos vidriosos de deseo.

Me hundí despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme, estirándome deliciosamente. El roce era eléctrico, cada vena de su verga masajeando mis paredes internas. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo el slap slap de piel contra piel, el olor almizclado de nuestros sexos mezclándose con el incienso residual de la calle. Juan tiraba de las cuerdas, músculos tensos como los del Cristo en las imágenes, sudor resbalando por su sien.

Aceleré, mis tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho dejando marcas rojas como llagas sagradas. “¡Más fuerte, pendejo! Dame todo”, le exigí, y él empujaba desde abajo con furia contenida. El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, el crujir de la cama, el perfume de piel caliente y fluidos. Mi clítoris rozaba su pubis, enviando chispas de placer que subían por mi vientre.

No aguanto más, voy a explotar como volcán en erupción.

La intensidad escaló, mis muslos temblando, su verga golpeando mi punto G con precisión brutal. “¡Me vengo, Juan! ¡Ay, Dios!”, grité, el orgasmo rompiéndome en olas, contracciones apretando su polla como vicio. Él rugió, “¡Yo también, amor!”, y sentí su leche caliente inundándome, pulsos calientes que prolongaron mi éxtasis.

Me desplomé sobre él, desatándolo con manos temblorosas. Nos besamos lento, lenguas perezosas saboreando el afterglow. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. “Eres mi pasionaria”, murmuró, acariciando mi cabello revuelto. Yo sonreí, mirando las imágenes de la Pasión de Cristo en la cruz en la pared, ahora cómplices de nuestro amor prohibido.

Nos acurrucamos bajo las sábanas frescas, el corazón aún acelerado latiendo al unísono. Afuera, las campanas de la catedral doblaban, recordándonos el mundo sagrado. Pero aquí, en nuestra cruz privada, habíamos encontrado redención en el placer mutuo, en la entrega total. Juan me abrazó fuerte, su aliento cálido en mi oreja. “La próxima Semana Santa, repetimos, ¿sale?” Reí bajito, “Órale, wey, pero con más pasión.”

El sueño nos venció así, envueltos en el aroma de sexo y santidad, con el eco de esas imágenes grabado en nuestra piel para siempre.

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