Holbox Isla Pasion
Llegué a Holbox isla pasion con el corazón hecho trizas después de que mi novio de tres años me mandara a volar por una pendeja de la oficina. Necesitaba aire puro, arena blanca y ese mar turquesa que tanto había visto en fotos. El ferry me dejó en el muelle de la isla, y el olor a sal y pescado fresco me golpeó como una caricia bienvenida. Caminé por la calle principal, con mi maleta rodando sobre el empedrado irregular, sintiendo el sol caliente en la piel de los hombros. Todo era tan chido: las hamacas colgadas en las terrazas, los carritos de golf zumbando por ahí, la gente relajada con chelas en la mano.
Me hospedé en una posada sencilla frente a la playa, con palapas y mosquiteros que daban un toque romántico. Esa tarde, mientras me ponía el bikini rojo que me hacía sentir como diosa, decidí salir a caminar. La arena tibia se metía entre mis dedos, y el sonido de las olas rompiendo suave me calmaba el alma. Ahí lo vi: un güey alto, moreno, con músculos labrados por el sol y el mar, arreglando una lancha en la orilla. Llevaba shorts raídos y una camiseta sin mangas que dejaba ver sus brazos fuertes. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el aire se cargara de electricidad.
¿Qué pedo contigo, Ana? ¿Ya andas de cazadora? me dije, pero seguí caminando hacia él. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y me sonrió con dientes blancos perfectos.
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¿Qué onda, morra? ¿Primera vez en Holbox?me preguntó con esa voz ronca que parecía salida de un sueño húmedo.
—Sí, güey. Vengo a desconectarme total —le contesté, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la tela delgada del bikini por el viento fresco.
Se presentó como Diego, un pescador local que también daba tours por los manglares. Me invitó a un coco fresco, y platicamos un rato. Olía a mar y a hombre de verdad, a ese sudor limpio mezclado con crema de coco. Sus ojos cafés me recorrían sin disimulo, y yo le devolvía la mirada, sintiendo el calor subir por mis muslos.
Al día siguiente, me apuntó para un tour privado. Holbox isla pasion, murmuró mientras arrancaba la lancha, como si supiera que este lugar despertaba demonios dormidos. El motor rugía suave, y el agua salpicaba mi piel, refrescante. Llegamos a los manglares, donde el agua era esmeralda y el aire denso de humedad. Paró el motor, y nos quedamos flotando en silencio. Él sacó una chela y me la pasó, nuestras manos rozándose. Ese toque fue como chispas: su piel áspera contra la mía suave.
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Cuéntame de ti, Ana. ¿Qué te trae a esta isla tan mágica?dijo, recargándose en el borde, su pecho subiendo y bajando con la respiración calmada.
Le conté de mi ex, de cómo me sentía rota pero lista para renacer. Él escuchaba atento, asintiendo, y de pronto su mano grande cubrió la mía.
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Aquí en Holbox, las pasiones se sueltan como las olas. No te guardes nada, morra.
Su aliento cálido cerca de mi oreja me erizó la piel. Me volteé, y nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a sal y cerveza. Fue suave al principio, explorando, pero pronto sus lenguas jugaron con hambre. Sentí su dureza presionando contra mi muslo a través de los shorts. Chingado, qué rico se siente esto, pensé mientras mis manos bajaban por su espalda, clavando uñas en la carne firme.
Regresamos a la playa al atardecer, el cielo en llamas de naranja y rosa. Caminamos descalzos por la arena tibia, riendo como pendejos. En mi posada, la tensión era palpable. Entramos a mi cuarto, y el ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aire cargado de nuestro deseo. Se quitó la camiseta, revelando un torso esculpido, con vello oscuro bajando hasta el ombligo. Yo me desaté el bikini, dejando que cayera. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al verme desnuda, mis tetas firmes, mi panocha ya húmeda brillando bajo la luz tenue.
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Eres una chulada, Ana. Ven pa'cá.gruñó, jalándome hacia él.
Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretando con fuerza que dolía rico. Me levantó como si no pesara nada y me recargó en la pared de madera. Su boca devoró mis pezones, chupando y mordiendo suave, enviando descargas directas a mi clítoris. Gemí bajito, arqueando la espalda, el olor de su piel mezclándose con mi aroma de excitación. Bajó una mano entre mis piernas, y sus dedos gruesos encontraron mi humedad.
—
Estás chorreando, pinche rica.susurró contra mi cuello, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo donde me volvía loca.
Me moví contra su mano, jadeando, el sonido de mis jugos chapoteando obsceno y delicioso. Lo empujé a la cama, y le bajé los shorts. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza morada reluciente de pre-semen. La tomé en mi boca, saboreando su gusto salado y almizclado, chupando profundo hasta que gimió como animal.
No aguanto más, lo quiero adentro, pensé, trepándome encima. Me acomodé, frotando su punta contra mi entrada resbalosa, y bajé despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Era perfecto, como hecho para mí. Empecé a cabalgar, mis caderas girando, tetas rebotando. Él me agarraba las nalgas, guiándome, clavándome más hondo con cada embestida.
El ritmo subió, sudoroso y frenético. El colchón crujía bajo nosotros, mezclado con nuestros jadeos y el lejano romper de olas. Cambiamos posiciones: él encima, mis piernas en sus hombros, penetrándome brutal pero cariñoso, besándome mientras me rompía en dos. Sentía mi orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre.
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Córrete conmigo, Diego, ¡chinga!le rogué, arañando su espalda.
Exploto primero yo, olas de placer sacudiéndome, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga como puño. Él gruñó profundo, llenándome con chorros calientes que se desbordaban por mis muslos. Colapsamos jadeantes, piel pegada a piel, el corazón latiéndonos como tambores.
Después, en la hamaca de la terraza, con estrellas encima y brisa marina secando nuestro sudor, fumamos un cigarro compartido. Su cabeza en mi regazo, yo acariciando su cabello revuelto.
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Holbox isla pasion—dijo él, riendo bajito—. Te lo dije, morra. Aquí todo se prende.
Yo sonreí, sintiendo una paz nueva. No era amor eterno, pero era justo lo que necesitaba: pasión pura, sin ataduras. Mañana seguiría explorando la isla, pero ahora, con el cuerpo saciado y el alma ligera, sabía que Holbox me había regalado más que vacaciones. Me había devuelto el fuego.