Novela Telemundo Pasion Prohibida en la Piel
En la penumbra del lujoso departamento en Polanco, Sofia se recostaba en el sofá de terciopelo rojo, con el control remoto en la mano. La pantalla del televisor parpadeaba con las luces dramáticas de una novela Telemundo de pasion prohibida, donde la protagonista susurraba promesas ardientes a su amante secreto. El aire olía a jazmín del difusor que Sofia había encendido esa tarde, mezclado con el leve aroma de su perfume, Dulce y prohibido, como su propia vida en ese momento. Su cuñado Diego acababa de llegar de un viaje de negocios a Guadalajara, y el corazón de Sofia latía con fuerza solo de pensarlo.
¿Por qué me pasa esto? se preguntaba Sofia en silencio, mientras sus dedos jugueteaban con el borde de su blusa de seda. Su hermana Laura estaba en un crucero por el Caribe con amigas, y Diego, ese hombre alto, moreno, con ojos que ardían como tequila puro, había aceptado quedarse en el depa para cuidar el lugar. Pero Sofia sabía que era una excusa. Desde la boda de su hermana hace dos años, cada mirada robada, cada roce accidental en las cenas familiares, había encendido una chispa que ahora amenazaba con convertirse en incendio.
Diego entró a la sala con una botella de mezcal en la mano, su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Sofia había fantaseado acariciar tantas noches. Órale, qué rico se ve, pensó ella, sintiendo un calor subirle por el vientre. El sonido de sus pasos firmes sobre el piso de mármol resonaba como un tambor en su pecho acelerado.
—¿Qué onda, Sofia? ¿Otra de esas novelas Telemundo de pasión prohibida? —dijo él con esa voz grave, juguetona, mientras se dejaba caer a su lado en el sofá. Su rodilla rozó la de ella, y el contacto envió una descarga eléctrica por su piel. Olía a cuero nuevo y a sudor limpio del viaje, un olor que la mareaba.
—Neta, Diego, no puedo evitarlo. Es como si me hablaran directo al alma —respondió ella, girándose hacia él. Sus ojos se encontraron, y el tiempo se detuvo. La novela seguía sonando de fondo: gemidos ahogados, música de violines intensos, promesas de amor eterno contra todo.
En el acto primero de su propia historia, la tensión era palpable. Diego sirvió dos shots de mezcal en vasos de cristal tallado. El líquido ambarino brillaba bajo la luz tenue.
—Salud por las pasiones que no se pueden ignorar —brindó él, chocando su vaso contra el de ella. El sabor ahumado le quemó la garganta a Sofia, bajando como fuego líquido hasta su estómago, avivando el deseo que ya bullía.
Hablaron de todo y de nada: del tráfico chido de Reforma, de la comida callelupes en el tianguis, de cómo Laura siempre llegaba tarde. Pero entre palabras, sus cuerpos se acercaban. La mano de Diego rozó su muslo al gesticular, y Sofia no se apartó. Al contrario, su piel se erizó bajo la falda corta que había elegido esa noche a propósito. Es un pendejo si no se da cuenta de lo que quiero, pensó ella, mordiéndose el labio.
La novela alcanzó su clímax dramático: la pareja besándose a hurtadillas en un balcón bajo la luna. Diego apagó el tele con un movimiento fluido. —Esto es muy chafa comparado con lo real —murmuró, su aliento cálido contra la oreja de Sofia. Ella giró la cabeza, y sus labios se rozaron por accidente. O no tanto.
El beso empezó suave, como un susurro. Los labios de Diego eran firmes, con sabor a mezcal y a hombre. Sofia sintió su pulso acelerado contra su pecho cuando él la atrajo más cerca. Sus manos exploraron: las de él subiendo por su espalda, desabrochando el sostén con maestría; las de ella enredándose en su cabello negro, tirando suavemente. Esto es como una novela Telemundo de pasión prohibida, pero en carne viva, pensó Sofia mientras el mundo se reducía a sus sentidos.
En el acto segundo, la escalada fue imparable. Diego la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola al cuarto principal. La cama king size los esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La tiró con gentileza, y Sofia rio, un sonido ronco y lleno de promesas. —Ven, güey, no te hagas —lo provocó, quitándose la blusa con lentitud, dejando que él admirara sus pechos llenos, los pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación.
Él se desnudó rápido, revelando un cuerpo esculpido por horas en el gym: abdomen marcado, verga erecta y gruesa, palpitante de deseo. Sofia la miró con hambre, extendiendo la mano para tocarla. La piel era aterciopelada, caliente, y latió bajo sus dedos. —Qué chingona —susurró ella, lamiéndose los labios. Diego gimió, un sonido gutural que vibró en el aire cargado de feromonas.
Se tumbaron juntos, piel contra piel. El tacto era eléctrico: sus pechos aplastados contra el pecho velludo de él, sus muslos entrelazados. Diego besó su cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro de saliva que se enfrió al instante, erizándole la piel. Bajó a sus senos, chupando un pezón con avidez, mientras su mano se colaba entre sus piernas. Sofia estaba empapada, su coño hinchado y listo, oliendo a almizcle dulce de excitación. Me muero si no me coge ya, pensó ella, arqueando la espalda.
—Diego, por favor... chíngame —suplicó, con voz entrecortada. Él sonrió pícaro, ese hoyuelo en la mejilla que la volvía loca. Introdujo dos dedos en ella, moviéndolos con ritmo experto, rozando ese punto que la hacía jadear. El sonido húmedo de su excitación llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos. Sofia clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo su tacto. El olor de sus cuerpos sudados era embriagador, como tierra mojada después de la lluvia en el DF.
La tensión crecía como una tormenta. Diego sacó los dedos, brillantes de sus jugos, y se los llevó a la boca, saboreándola con un gruñido. —Estás deliciosa, carnala —dijo, posicionándose entre sus piernas. Sofia abrió más, invitándolo. La punta de su verga rozó su entrada, y ella tembló. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Qué lleno me siento! El dolor placeroso se mezcló con el éxtasis cuando la llenó por completo.
Empezaron a moverse. Ritmo lento al principio, sintiendo cada embestida: el roce de su pubis contra su clítoris, el slap slap de carne contra carne, sus respiraciones jadeantes sincronizadas. Sofia envolvió sus piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones. Diego aceleró, sudando, gotas cayendo sobre su vientre. Ella lo arañó, lo besó con furia, mordiendo su labio inferior.
—Más fuerte, pendejo... ¡sí, así!gritó ella, mientras el orgasmo se acercaba como un tren.
En el acto tercero, la liberación fue explosiva. Diego la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas con fuerza amorosa. Desde atrás, la penetraba profundo, su mano bajando a frotar su clítoris hinchado. Sofia empujaba contra él, perdida en el placer: el olor de sexo crudo, el sabor salado de su piel cuando lamió su brazo, el sonido obsceno de sus cuerpos chocando. Esto es mío, esta pasión prohibida es nuestra, pensó en éxtasis.
—¡Me vengo, Diego! —chilló ella, el orgasmo rompiéndola en olas. Su coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo. Diego rugió, embistiendo una última vez, llenándola con chorros calientes de semen. Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegajosa de sudor, corazones martilleando al unísono.
En el afterglow, yacían enredados. Diego la besaba la frente, suave. —Esto no fue un error, Sofia. Es real —murmuró. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. El aire olía a sexo satisfecho, a jazmín marchito. Afuera, las luces de la ciudad brillaban indiferentes.
Como en toda buena novela Telemundo de pasión prohibida, pensó Sofia, el final deja ganas de más. Pero esta vez, era su historia, y el capítulo siguiente sería aún más ardiente.