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Pasion Prohibida Capitulo 37 La Llama Eterna

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Pasion Prohibida Capitulo 37 La Llama Eterna

Ana sentía el pulso acelerado mientras caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el aire fresco de la noche cargado con el aroma a jazmín y tortillas recién hechas de las taquerías cercanas. Era pasion prohibida capitulo 37 en su mente, como si estuviera viviendo el siguiente tomo de esa novela erótica que devoraba en secreto. Hacía años que no veía a Rodrigo, el hermano mayor de su mejor amiga Luisa, pero desde que se reencontraron en la fiesta de quinceañera de la prima de todos, el fuego que siempre había latido entre ellos amenazaba con consumirlo todo.

Luisa era su carnala, su confidente desde la prepa en Guadalajara, y por eso mismo, Rodrigo era territorio vedado. No seas pendeja, Ana, se repetía ella misma cada vez que sus ojos se cruzaban con esos verdes intensos, que la miraban como si ya supiera el sabor de su piel. Pero esa noche, con el tequila Coronita corriendo por las venas y la banda tocando cumbias rancheras que hacían vibrar el piso de la hacienda, la tentación se volvió insoportable.

Órale, wey, ¿ya te vas a ir? —le dijo Rodrigo al oído, su aliento cálido rozándole la oreja, oliendo a mezcal ahumado y a hombre que sabe lo que quiere.

Ana giró la cabeza, su escote en el vestido rojo ajustado subiendo y bajando con la respiración agitada. Qué chingón se ve, pensó, notando cómo su camisa negra se pegaba a los músculos del pecho, forjados en el gimnasio y en las cabalgatas por los cerros.

—Sí, ya me late irme a la cama —mintió ella, con una sonrisa pícara que delataba sus intenciones.

Él la tomó del brazo, suave pero firme, y la sacó por la puerta trasera hacia el jardín iluminado por faroles de papel. El crujir de las hojas secas bajo sus pies, el distant roar de la fiesta, todo se desvanecía. Sus manos se rozaron, y fue como una descarga eléctrica: piel contra piel, cálida, sudorosa por el calor de la noche guanajuatense.

Esto es una locura, pero neta, lo deseo tanto que duele. ¿Y si Luisa se entera? Que se joda, por una vez voy a ser egoísta.

Acto primero cerrado, el deseo ya ardía. Rodrigo la arrinconó contra un muro de adobe, sus labios a centímetros de los suyos. —Ana, desde chavos te miro y pienso en esto —murmuró, su voz ronca como el viento del desierto.

Ella no respondió con palabras. Se lanzó, besándolo con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado, sabor a tequila y a promesas rotas. Sus manos exploraron: las de él subiendo por sus muslos, arrugando la tela del vestido, sintiendo la suavidad de la piel morena, el calor que emanaba de entre sus piernas. Ana jadeó contra su boca, oliendo su colonia cítrica mezclada con el sudor masculino que la volvía loca.

Se separaron solo para caminar a trompicones hacia su camioneta estacionada en la sombra. Adentro, el cuero de los asientos crujía bajo sus cuerpos impacientes. Rodrigo la sentó a horcajadas sobre él, el motor aún tibio irradiando calor. —Mamacita, estás cañona —gruñó, mientras sus dedos desabrochaban el vestido, exponiendo sus senos plenos, pezones endurecidos por el aire fresco y la excitación.

Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito cuando su boca los capturó, chupando con avidez, lengua girando en círculos que enviaban ondas de placer directo a su centro. Qué rico, cabrón, pensó ella, mientras sus caderas se mecían contra la dureza que presionaba su entrepierna a través del pantalón. El sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba la cabina, mezclado con el roce de telas y el latido acelerado de sus corazones.

En el medio del acto, la tensión escalaba como una tormenta serrana. Ana luchaba internamente: Es mi mejor amiga's hermano, pero pinche pasión prohibida que no para. Le desabrochó el cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante en su mano. La acarició despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero, el precum salado en su lengua cuando se inclinó para lamer la punta. Rodrigo maldijo en voz baja, chingao, sus dedos enredados en su cabello negro largo, guiándola sin forzar, solo animando.

—Ven acá, déjame probarte a ti —dijo él, levantándola para bajarle las bragas empapadas. El aroma a su excitación, almizclado y dulce, lo enloqueció. La acomodó en el asiento, rodillas abiertas, y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua experta lamió su clítoris hinchado, succionando, penetrando con dedos curvados que rozaban ese punto que la hacía gritar. Ana se mordió el labio, uñas clavadas en sus hombros, el placer construyéndose en oleadas: vista de su cabeza moviéndose, sonido de lamidas húmedas, tacto de su barba raspando sus pliegues sensibles, olor a sexo puro, sabor de su propia esencia en sus besos después.

La intensidad crecía. —Te necesito dentro, carnal —suplicó ella, montándolo de nuevo. Se hundió en él centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla, estirándola deliciosamente. El ritmo empezó lento, caderas girando en círculos, piel chocando con piel en palmadas húmedas. Rodrigo la sostenía por las nalgas, amasándolas, mientras ella cabalgaba más fuerte, senos rebotando, sudor perlando sus cuerpos.

Esto es lo que soñaba, pensó Ana, mientras él lamía el sudor de su cuello, mordisqueando la clavícula. La camioneta se mecía con ellos, el vidrio empañado por sus alientos. Él la volteó, poniéndola de rodillas en el asiento, penetrándola por detrás con thrusts profundos, una mano en su clítoris frotando en círculos rápidos. —Estás tan mojada, tan rica —jadeaba, su voz quebrada.

El clímax se acercaba como un tren. Ana sintió la presión en su vientre, el cosquilleo en las piernas, y explotó primero: un grito ahogado, paredes internas contrayéndose alrededor de él, jugos corriendo por sus muslos. Rodrigo la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo.

En el final, el afterglow los envolvió como una manta tibia. Se derrumbaron juntos, cuerpos entrelazados en el espacio estrecho, respiraciones calmándose. El aroma a sexo y sudor impregnaba el aire, sus pieles pegajosas uniéndose. Rodrigo la besó en la frente, suave, tierno. —Esto no fue un error, Ana. Neta, quiero más.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña.

¿Y Luisa? Mañana lo resolvemos. Por ahora, esta pasion prohibida es nuestra llama eterna.
Se vistieron despacio, robándose besos perezosos, el mundo exterior aún lejano. Caminaron de regreso a la fiesta tomados de la mano, sabiendo que el capítulo 38 apenas comenzaba, con promesas de noches igual de ardientes en las calles coloniales de San Miguel.

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