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La Pasión Hillsong en Fuego

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La Pasión Hillsong en Fuego

Valeria se recostó en la cama king size de su departamento en Polanco, con el ventilador zumbando suave sobre su cabeza, moviendo el aire tibio de la noche mexicana. Afuera, las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas, pero adentro, solo existía el sonido de su bocina Bluetooth conectada al celular. La Pasión Hillsong empezó a sonar, esa rola de Hillsong que siempre le erizaba la piel, con esa letra que hablaba de entrega total, de un fuego que no se apaga. No era solo música de alabanza para ella; era un llamado carnal, un susurro que le despertaba el calor entre las piernas.

Se imaginó a Javier, su carnal de toda la vida, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Habían estado juntos cinco años, pero últimamente el pinche trabajo los tenía separados: él en su oficina de diseño en Santa Fe, ella dando clases de yoga en la Roma. Tres semanas sin verse bien, sin tocarse. La canción subía de volumen, la voz principal gritando sobre pasión desbordada, y Valeria sintió un cosquilleo en el estómago.

"Neta, necesito que llegue ya, que me prenda como esta rola"
, pensó, mientras su mano bajaba despacio por su blusa de tirantes, rozando el encaje de su brasier.

El olor a jazmín de su loción flotaba en el aire, mezclado con el leve aroma a café de la mañana que aún perduraba. Se quitó la blusa con lentitud, dejando que el aire fresco le besara los pechos, los pezones endureciéndose al instante. La música seguía, el ritmo pulsante como un corazón acelerado, y ella cerró los ojos, evocando el sabor salado de la piel de Javier, ese gusto que la hacía salivar.

De repente, la puerta se abrió con un clic. Javier entró, mochila en mano, el cabello revuelto por el viento de la Reforma. Chingón, pensó ella, viéndolo ahí, con su camisa ajustada marcando los músculos del gym. "Val, mi amor, la Pasión Hillsong otra vez? Sabía que te iba a encontrar así", dijo él con esa sonrisa pícara, tirando la mochila y quitándose la playera de un jalón. Su pecho moreno brillaba bajo la luz tenue, oliendo a colonia fresca y sudor del tráfico.

Valeria se incorporó, el colchón crujiendo suave. "Ven wey, esta rola me tiene bien caliente. Tres semanas es mucho pedo". Él se acercó, sus pasos pesados sobre la alfombra, y la abrazó por la cintura, sus manos grandes callosas por el diseño manual. El contacto fue eléctrico: piel contra piel, el calor de sus cuerpos fundiéndose. La música envolvía todo, las guitarras eléctricas vibrando en el aire como un latido compartido.

Acto uno cerrado, la tensión ya latía. Javier la besó, lento al principio, labios suaves probando los suyos, lengua explorando con hambre contenida. Valeria gimió bajito, el sonido ahogado por su boca. Sabe a menta y a deseo, pensó ella, mientras sus uñas se clavaban en su espalda, dejando surcos rojos. Él la empujó suave contra las almohadas, su peso encima delicioso, opresivo. "Te extrañé tanto, ricura. Tu cuerpo es mi templo", murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.

La canción cambió a un puente intenso, la voz elevándose en éxtasis, y Javier bajó las manos por su vientre plano, desabrochando el short de yoga. El roce de sus dedos ásperos contra la tela húmeda la hizo arquearse. "Estás empapada, ¿eh? La Pasión Hillsong te hace esto siempre", bromeó él, voz ronca, mientras se lo quitaba todo, dejando sus piernas desnudas al aire. Valeria jadeó, el fresco de la habitación contrastando con el fuego entre sus muslos. Olía a ella misma, a excitación dulce y salada, ese aroma que volvía loco a Javier.

En el medio del acto, la intensidad subía como la música. Javier se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, la barba incipiente raspando delicioso. "Déjame adorarte, mi reina", dijo, y su lengua encontró su centro, lamiendo lento, saboreando cada gota. Valeria gritó, las manos enredadas en su pelo, tirando fuerte.

"¡Ay cabrón, sí! Así, no pares"
, su mente un torbellino de placer. El sonido húmedo de su boca, los gemidos suyos mezclados con la rola de fondo, el pulso acelerado en sus oídos. Tocaba sus pechos ella misma, pellizcando los pezones, el dolor placentero sumándose al éxtasis.

Él subió, su verga dura presionando contra su entrada, el glande caliente y resbaloso. "Mírame, Val. Quiero verte venir conmigo". Ella abrió los ojos, conectando con los suyos oscuros, llenos de amor y lujuria. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente, el roce perfecto contra sus paredes sensibles. Se movieron juntos, ritmo pausado al principio, como la balada de la canción, luego acelerando, caderas chocando con palmadas sudorosas.

El sudor les corría por la piel, goteando entre sus pechos, el olor almizclado llenando la habitación. Valeria clavó las uñas en sus nalgas, urgiéndolo más profundo. "¡Más fuerte, pendejo! Dame todo", exigió, voz entrecortada. Javier gruñó, embistiendo con fuerza, el colchón rechinando, sus bolas golpeando suave contra ella. La tensión crecía, espiral ascendente: el calor en su bajo vientre, el nudo apretándose, los músculos temblando.

La música alcanzó el clímax, coros elevados, y Valeria explotó primero. Ondas de placer la atravesaron, contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre. "¡Javier! ¡Sí, chingado!". Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, el calor líquido inundándola. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones martilleando al unísono.

En el final, la canción se desvanecía suave, dejando solo sus respiraciones. Javier se salió despacio, un hilo de semen conectándolos aún, y la abrazó de lado, besándole la frente húmeda. "Eres lo máximo, mi vida. La Pasión Hillsong nunca sonó tan bien". Valeria sonrió, el cuerpo lánguido, satisfecho, oliendo a sexo y a ellos.

"Neta, wey, esto es lo que necesitaba. Mañana repetimos, ¿va?"
, murmuró, trazando círculos en su pecho con el dedo.

Se quedaron así, envueltos en las sábanas revueltas, la ciudad zumbando afuera como un eco lejano. El afterglow era perfecto: músculos relajados, piel pegajosa, el sabor de besos post-sexo en los labios. Valeria pensó en lo afortunada que era, en cómo una simple rola había desatado su mundo. Javier la apretó más, susurrando "Te amo, ricura", y ella se durmió con el corazón lleno, la pasión hillsong latiendo aún en sus venas.

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