Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasión Que Es La Pasión Que Es

La Pasión Que Es

7115 palabras

La Pasión Que Es

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo el arena de un dorado que parecía arder bajo mis pies descalzos. Yo, Valeria, había llegado hace dos días con mis amigas para unas vacaciones que prometían ser solo relax y cocteles, pero el aire salado ya me tenía inquieta, como si el mar mismo me susurrara promesas de algo más intenso. Llevaba un bikini rojo que se pegaba a mi piel morena por el sudor y la brisa húmeda, y cada ola que lamía la orilla me hacía sentir viva, deseosa.

Allí estaba él, recostado en una tumbona a unos metros, con el torso desnudo brillando bajo el sol. Diego, como supe después, tenía esa mirada parda que te atraviesa, el cabello negro revuelto por el viento y una sonrisa chueca que gritaba ven aquí, mamacita. Tomaba una cerveza fría, el condensado goteando por la botella hasta su pecho definido, y cuando nuestros ojos se cruzaron, sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que vendría.

¿Qué carajos es esta electricidad? Pienso, mientras me muerdo el labio. No vine por esto, pero la pasión que es no avisa, te cae encima como una ola.

Me acerqué fingiendo casualidad, recogiendo una concha del suelo. "¿Qué onda, guapo? ¿Esta playa siempre está tan caliente o soy yo?", le dije con mi voz juguetona, esa que uso cuando quiero jugar. Él se incorporó, sus músculos flexionándose, y soltó una risa grave que vibró en mi pecho. "Tú la estás poniendo más caliente, carnala. Soy Diego, ¿y tú?". Su acento tapatío, puro Guadalajara mezclado con playa, me erizó la piel.

Charlamos un rato, tequila en mano –el suyo con limón y sal, el mío en shot helado que quemaba la garganta y avivaba el fuego interno–. Hablamos de la vida, de cómo el mar te lava las preocupaciones, de tatuajes en su brazo que contaban historias de viajes por la costa. Cada roce accidental –su mano en mi rodilla cuando se rió, mi hombro rozando el suyo– era una chispa. Olía a sal, a protector solar y a hombre, ese aroma terroso que te hace cerrar los ojos.

Al atardecer, la fiesta en la playa prendió con música de cumbia rebajada, cuerpos bailando al ritmo de los tambores. Diego me jaló a la pista improvisada, sus manos en mi cintura, fuertes pero suaves. "Baila conmigo, Valeria, déjate llevar", murmuró en mi oído, su aliento cálido contra mi cuello. Sentí su dureza presionando contra mí mientras nos movíamos, el sudor mezclándose, el sonido de las olas rompiendo como fondo a nuestros jadeos contenidos. Mi corazón latía desbocado, el pulso en mis venas como un tambor.

No pares, pensé, mientras sus labios rozaban mi hombro. La tensión crecía, un nudo en mi vientre que pedía ser desatado.

La noche cayó como un manto estrellado, y él me convenció de ir a su casa, una villa chiquita pero chida a dos calles de la playa, con vista al mar. "Solo un rato más, para seguir platicando", dijo con ojos que decían todo lo contrario. Caminamos descalzos por la arena tibia aún, tomados de la mano, el viento trayendo olor a jazmín y mariscos asados de algún puesto lejano.

Adentro, la luz tenue de velas y la regadera abierta en el patio nos tentaron. "Dúchate conmigo, ¿va?", propuso, quitándose la camisa con un movimiento fluido. Asentí, el deseo nublándome la razón. El agua tibia cayó sobre nosotros, jabón espumoso resbalando por su pecho velludo, por mis curvas. Sus manos exploraron mi espalda, bajando a mis nalgas, amasándolas con firmeza. Gemí bajito, el sonido ahogado por el chorro de agua.

Esto es la pasión que es, pura, cruda, sin filtros. No hay vuelta atrás.

Nos secamos a besos, lenguas enredándose con sabor a tequila y sal marina. Me cargó a la cama king size, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Caí sobre el colchón suave, él encima, su peso delicioso presionándome. "Eres una diosa, Valeria", gruñó, besando mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Sus labios bajaron a mis pechos, chupando un pezón endurecido, la lengua girando en círculos que me arquearon la espalda. Sentí su verga dura contra mi muslo, gruesa, palpitante, pidiendo entrada.

"Te quiero adentro, Diego, no aguanto más", le rogué, mis uñas clavándose en su espalda tatuada. Él sonrió pícaro, "Paciencia, reina, vamos a disfrutarlo". Sus dedos bajaron a mi panocha, ya empapada, resbaladiza de jugos. Rozó mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hicieron jadear, el placer subiendo en oleadas. "Estás chingona de mojada, ¿eh?", dijo con voz ronca, metiendo dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. Grité, las caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de sus embestidas digitales llenando la habitación.

Lo volteé, queriendo mi turno. Besé su pecho, lamiendo el sudor salado, bajando hasta su ombligo. Su verga se erguía orgullosa, venosa, la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, piel suave sobre acero, y la chupé despacio, saboreando el gusto almizclado, salado. Él gruñó, enredando dedos en mi pelo: "¡Qué rica mamada, Valeria! Sigue así, no pares". La succioné más profundo, garganta relajada, bolas en mi mano, masajeándolas. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, pero intenso.

No aguantamos más. Me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo nosotros. "Voy a metértela despacito, ¿listos?", avisó. La punta rozó mis labios vaginales, abriéndome, y empujó, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome deliciosamente. "¡Ay, cabrón, qué grande!", exclamé, el placer-pain agudo convirtiéndose en éxtasis. Empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo profundo, golpes contra mi culo resonando. El olor a sexo –sudor, fluidos, deseo– impregnaba el aire.

Aceleró, mis tetas rebotando, pezones rozando sábanas ásperas. "Más fuerte, Diego, cógeme como hombre", le pedí, perdida en la niebla del placer. Él obedeció, una mano en mi cadera, la otra en mi clítoris, frotando furioso. Sentí el orgasmo construyéndose, un volcán en mi vientre. "Me vengo, ¡me vengo!", grité, paredes contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, "¡Yo también, reina!", y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío.

Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y semen. El mar rugía afuera, testigo de nuestra entrega. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse, su mano acariciando mi cabello.

La pasión que es no se explica, se vive. Es este calor residual, esta paz después de la tormenta, esta conexión que no quieres que acabe.

Diego me besó la frente. "Qué chido estuvo, ¿verdad? Eres increíble". Sonreí, trazando círculos en su piel. "Sí, pero no termina aquí. Mañana repetimos". La noche se extendió en susurros y caricias perezosas, el amanecer tiñendo el cielo de rosa mientras nos dormíamos enredados. En ese momento supe que estas vacaciones habían cambiado todo; la pasión que es, al final, es vida misma, palpitante e inolvidable.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.