Telenovela Abismo de Pasion Prohibida
En los estudios de Televisa, donde el aire huele a maquillaje fresco y café recién hecho, Elisa se preparaba para la escena clave de Telenovela Abismo de Pasion. El sol de la tarde se colaba por las ventanas altas, tiñendo de dorado el set ranchero con sus muebles de madera tallada y flores silvestres en jarrones de barro. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, el escote profundo dejando entrever el brillo de su piel sudada bajo las luces calientes. Frente a ella, Augusto, su coprotagonista, con camisa blanca desabotonada hasta el pecho, músculos tensos como cuerdas de guitarra. Neta, cada vez que lo veía, sentía un cosquilleo en el estómago, como si el guion no fuera solo palabras en papel.
¿Por qué carajos me pasa esto con él? Es solo trabajo, Elisa, no seas pendeja.Pensó mientras ajustaba su escote, inhalando el aroma masculino de su colonia mezclada con sudor fresco. Augusto la miró con esos ojos cafés intensos, una sonrisa ladeada que prometía más que diálogos apasionados.
—¡Luz, cámara, acción! gritó el director.
Augusto se acercó, su mano grande y cálida rodeando su cintura. —Elisa, mi amor, no puedo vivir sin ti —recitó con voz ronca, pero sus dedos se clavaron un poquito más de lo necesario, enviando chispas por su espina. Ella respondió, arqueando la espalda, sus pechos rozando su torso firme. El beso del guion fue eléctrico: labios suaves al principio, luego hambrientos, lenguas danzando con sabor a menta y deseo reprimido. El set desapareció; solo existían sus bocas, el roce de barbas incipientes en su mejilla suave, el latido acelerado de su corazón contra el de él.
—¡Corte! Perfecto, pero hagamos otra toma para seguridad.
Elisa se apartó jadeante, las mejillas ardiendo. Augusto le guiñó un ojo. —Estás que quemas, reina.
Durante el descanso, en el trailer compartido, la tensión creció como tormenta en el desierto. Ella se sentó en el sofá de cuero negro, cruzando las piernas, el vestido subiendo por sus muslos morenos. Él se sirvió un trago de tequila reposado, el líquido ámbar goteando en el vaso con un sonido glug glug que parecía eco de su propia garganta seca. El aire estaba cargado de feromonas, olor a piel caliente y el leve perfume floral de su loción.
—Oye, Augusto, ¿neta crees que esta telenovela Abismo de Pasion nos va a hacer famosos o qué? —preguntó ella, rompiendo el silencio, pero su voz salió ronca, traicionera.
Él se acercó, arrodillándose frente a ella, sus manos en sus rodillas. —Famosos o no, tú y yo... esto no es guion, Elisa. Es real. Desde el primer día que te vi en el casting, supe que eras mi abismo.
Sus dedos subieron despacio por sus muslos, trazando círculos que erizaban la piel. Ella contuvo un gemido, mordiéndose el labio inferior, sabor salado en la lengua.
¡Chin!, si el director entra ahora, estamos fritos. Pero no puedo parar, su toque es como fuego líquido.
Acto dos de su propia telenovela privada: él la besó de nuevo, esta vez sin cámaras. Sus labios carnosos devorándola, lengua explorando cada rincón de su boca con hambre de lobo. Ella enredó los dedos en su cabello negro ondulado, tirando suave, inhalando su olor a hombre puro, tierra mojada después de la lluvia. Las manos de Augusto bajaron el tirante del vestido, exponiendo un seno perfecto, pezón endurecido como guijarro bajo la brisa. Lo tomó con la boca, succionando con maestría, dientes rozando lo justo para que ella arqueara la espalda y soltara un ¡ay, wey! ahogado.
—Te deseo tanto, Elisa. Eres mi vicio —murmuró contra su piel, voz vibrando como ronroneo de motor.
Ella lo empujó al sofá, montándose a horcajadas, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su entrepierna húmeda a través de la tela. Desabotonó su camisa con urgencia, dedos temblorosos revelando un pecho velludo, pectorales duros como rocas del cañón. Lo besó allí, lamiendo el sudor salado, bajando hasta el ombligo mientras él gemía, manos apretando sus nalgas redondas. —¡Pinche diosa!, hazme lo que quieras.
El trailer olía a sexo inminente: almizcle de excitación, tequila derramado, cuero caliente. Ella se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga negra de encaje, curvas brillando bajo la luz tenue. Augusto se desvistió rápido, su verga gruesa y venosa saltando libre, palpitante, goteando pre-semen que olía a deseo crudo. Ella la tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras él jadeaba, caderas empujando instintivo.
No aguanto más. Quiero sentirlo dentro, llenándome hasta el fondo.Pensó ella, guiándolo a su entrada resbaladiza. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola viva. —¡Órale, qué rica estás! Tan apretadita, tan mojada para mí —gruñó él, manos en sus caderas guiando el ritmo.
Cabalgó con furia creciente, pechos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, gemidos entremezclados como ranchera apasionada. Él se incorporó, chupando sus tetas mientras embestía desde abajo, polla golpeando su punto G con precisión quirúrgica. Ella clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas, placer construyéndose como ola en Acapulco.
La tensión escaló: él la volteó sobre el sofá, piernas abiertas, lamiendo su clítoris hinchado con lengua experta, sabor almizclado de su excitación inundando su boca. —¡Sí, así, cabrón! No pares —suplicó ella, caderas ondulando, orgasmos pequeños chispeando como fuegos artificiales.
Finalmente, él se posicionó, penetrándola profundo en misionero, ojos clavados en los suyos. —Mírame, Elisa. Esto es nuestro abismo de pasión. —Embistió fuerte, bolas golpeando su culo, ella envolviendo piernas en su cintura, sintiendo cada vena, cada pulso. El clímax llegó como terremoto: ella gritó primero, paredes vaginales convulsionando alrededor de su verga, jugos calientes empapando todo. Él la siguió, rugiendo, semen caliente inundándola en chorros potentes, cuerpos temblando en éxtasis compartido.
Acto tres: el afterglow. Yacían enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas calmándose. El trailer silencioso salvo por susurros y el zumbido del aire acondicionado. Él la besó la frente, sabor salado. —Neta, esto fue mejor que cualquier escena de la telenovela Abismo de Pasion.
Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.
¿Y ahora qué? ¿Seguimos fingiendo en el set o declaramos esta pasión abierta?—Sea lo que sea, Augusto, no me arrepiento. Fuiste mi héroe, mi villano, mi todo.
Fuera, el bullicio del set continuaba, pero ellos flotaban en una burbuja de satisfacción. El aroma a sexo perduraba, prometiendo más abismos por explorar. En el mundo de las telenovelas, el amor dramático era ficción; el suyo, pasión real, ardiente como chile habanero.