Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Noche Ardiente en el Pasión Motel Noche Ardiente en el Pasión Motel

Noche Ardiente en el Pasión Motel

7225 palabras

Noche Ardiente en el Pasión Motel

La Ciudad de México bullía esa noche con un calor que se pegaba a la piel como una promesa sucia. Yo, Ana, acababa de salir del trabajo en mi oficina del centro, con el corazón latiéndome a mil por hora. Hacía semanas que Marco y yo nos mandábamos mensajes calientes, de esos que te hacen apretar las piernas bajo el escritorio. Órale, güey, esta noche nos vemos en el Pasión Motel, me había escrito esa tarde. El nombre solo ya me ponía la piel chinita: un motel de esos de paso, con habitaciones temáticas, espejos en el techo y jacuzis que burbujean como si supieran tus secretos.

Conduje mi vochito viejo por Insurgentes, el tráfico un desmadre como siempre, pero el pensamiento de él me tenía empapada. Olía a mi perfume de vainilla mezclado con ese aroma traicionero de excitación que se cuela entre las piernas. Aparqué frente a la entrada discreta del Pasión Motel, neones rojos parpadeando Pasión Motel en letras cursivas que gritaban sexo sin decirlo. Marco ya estaba ahí, recargado en su moto, con esa sonrisa pícara que me derretía. Alto, moreno, con tatuajes asomando por la camisa ajustada.

¿Lista para armar el desmadre, mamacita?
me dijo al oído mientras me abrazaba, su aliento cálido rozándome el cuello.

Subimos a su moto, yo aferrada a su cintura, sintiendo sus músculos duros bajo mis manos. El viento nos azotaba, pero el verdadero fuego era el que crecía entre mis muslos. Pagamos por horas en la recepción sin bajarnos, como se usa en estos lugares: anónimos, rápidos, hambrientos. Nos guiaron a la habitación número siete, la de los espejos infinitos. Al entrar, el aire olía a desinfectante mezclado con algo más primitivo, como sábanas recién lavadas esperando cuerpos sudados.

La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Marco me volteó contra la pared, sus labios devorando los míos. Sabían a chela fría y tabaco, un sabor que me volvía loca. Neta, no aguanto más, pensé mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando mi falda corta. Le mordí el labio inferior, tirando de él, y él gruñó bajito, ese sonido ronco que vibraba en mi pecho. Sus dedos rozaron mi tanga, ya empapada, y se rió contra mi boca.

Estás chorreando, Ana. ¿Tanto me extrañaste?

Lo empujé hacia la cama king size, con cabeceras de cuero negro y sábanas satén rojo que crujían bajo nuestro peso. Me quité la blusa despacio, dejándolo ver mis tetas firmes en el bra de encaje. Sus ojos se oscurecieron, pupilas dilatadas como pozos de deseo. Se quitó la camisa, revelando ese pecho velludo que quería lamer entero. Olía a sudor masculino, a colonia barata y a pura testosterona. Me trepé encima de él, frotándome contra la bultaca dura de sus jeans. Qué verga tan chingona debe tener este pendejo, se me cruzó por la mente mientras lo besaba del cuello al ombligo, saboreando la sal de su piel.

Pero no quería ir tan rápido. Esta tensión llevaba semanas cocinándose. Bajé al piso, me arrodillé entre sus piernas abiertas y desabroché su cinturón con dientes. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo. Saqué su verga, gruesa y venosa, palpitando al aire. La lamí desde la base hasta la punta, probando el precum salado que brotaba como miel prohibida. ¡Carajo, Ana! exclamó, arqueando la espalda. Chupé despacio, succionando, haciendo círculos con la lengua mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados. El sonido era obsceno: slurps húmedos, sus gemidos guturales, mi propia respiración agitada.

Me levantó como si no pesara nada y me tiró en la cama. Ahora te toca a ti, reina, murmuró. Me quitó la falda y la tanga de un jalón, exponiéndome al espejo del techo. Ahí estaba yo, piernas abiertas, panocha hinchada y brillante. Se hincó entre mis muslos, inhalando profundo.

Hueles a sexo puro, a mujer en celo
. Su lengua atacó mi clítoris, lamiendo con hambre, chupando mis labios mayores hasta que grité. Sentía cada roce como electricidad: áspero de su barba incipiente contra mis pliegues suaves, húmedo calor de su boca devorándome. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, y bombeó mientras lamía. El cuarto se llenó de mis alaridos, ¡Más, cabrón, no pares!, y el squelch de mis jugos.

El jacuzzi nos llamaba desde la esquina. Lo arrastré ahí, el agua caliente burbujeando y perfumada con sales de lavanda que no tapaban nuestro olor a deseo crudo. Nos metimos desnudos, el vapor empañando los espejos. Me senté en su regazo, su verga rozando mi entrada. Nos besamos lento ahora, lenguas danzando, manos explorando. Sus pezones duros bajo mis palmas, mi culo apretándose contra su abdomen. Te quiero dentro, Marco. Fóllame ya, le supliqué al oído, mordiéndole la oreja.

Me penetró de golpe, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey! grité, el estiramiento ardiente y delicioso. El agua chapoteaba con cada embestida, salpicando nuestros cuerpos. Reboté sobre él, tetas saltando, uñas clavadas en sus hombros. Él me agarraba las nalgas, guiándome, gruñendo

Estás tan apretada, tan mojada para mí
. Cambiamos: yo de espaldas contra el borde, él detrás, verga hundiéndose profundo mientras me jalaba el pelo. Veía todo en el espejo: mi cara de puta en éxtasis, su culo contraído empujando, gotas de sudor resbalando.

Salimos empapados al piso, alfombra mullida bajo pies resbalosos. Me puso en cuatro, y entró de nuevo, palmeándome el culo con chasquidos que resonaban. Cada golpe contra mi clítoris me acercaba al borde. Olía a sexo intenso: almizcle de panocha, esperma próximo, agua clorada. Voy a venirme, pendejo, dame duro, pensé, arqueándome. Él aceleró, huevos golpeando mi piel, y exploté: un orgasmo que me sacudió entera, paredes convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer escapando.

Se corrió segundos después, rugiendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar. Colapsamos en la cama, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mis jugos en las sábanas. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.

Eres lo máximo, Ana. Neta, esto fue chingón
, susurró, besándome la frente.

Nos quedamos así un rato, el zumbido del aire acondicionado y nuestros suspiros el único sonido. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero aquí en el Pasión Motel, habíamos creado nuestro mundo. Me vestí despacio, piernas temblorosas, con una sonrisa satisfecha. Él me ayudó con el bra, robándome besos juguetones. ¿Volveremos? pregunté, sabiendo la respuesta. Claro que sí, mamacita. Esto apenas empieza.

Salimos a la noche fresca, el neón del Pasión Motel despidiéndonos como un amante celoso. Conduje a casa con el cuerpo aún vibrando, el sabor de él en mi boca, el recuerdo de su verga grabado en mi carne. Esa noche soñé con espejos infinitos y agua caliente, con un hombre que me hacía sentir viva, deseada, poderosa. El Pasión Motel no era solo un lugar; era el catalizador de nuestra pasión desenfrenada.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.