Las Pasiones del Alma Resumen
Estábamos en el mercado de Coyoacán, ese domingo soleado donde el aire huele a tamales recién hechos y a flores frescas de las tienditas. Yo, Ana, con mi vestido ligero de algodón que se pegaba un poquito a la piel por el calorcito, y él, mi carnal Javier, con esa camisa guayabera que le marca los músculos del pecho. Llevábamos años juntos, neta, como ocho, y aunque la chambeamos chido, a veces la rutina nos pegaba como un balazo. Ese día, en un puesto de libros usados, Javier agarró un librito viejo, polvoriento, con tapa de cuero gastada. Las Pasiones del Alma, se llamaba. Le eché un ojo y leí en voz alta el resumen de la contraportada: "Las pasiones del alma resumen las ansias más profundas del ser humano, ese fuego interno que arde sin control". Nos miramos, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si esas palabras nos hubieran despertado algo dormido.
Volvimos a casa caminando lento, tomados de la mano, el sol calentándonos la nuca. El departamento en la colonia Roma era nuestro refugio: paredes blancas con arte callejero enmarcado, el olor a café de olla que siempre dejaba impregnado. Javier dejó el libro en la mesa de la sala y me jaló hacia él. Sus labios rozaron mi oreja, y su aliento cálido me erizó la piel. "Ana, ¿y si hacemos nuestro propio resumen de las pasiones del alma?", murmuró con esa voz ronca que me deshace. Sentí mi corazón latiendo fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo. No dijimos más; subimos las escaleras hacia el cuarto, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies descalzos.
¿Por qué ahora? ¿Por qué este libro viejo nos prendió la mecha? Neta, Javier siempre ha sido mi todo, pero últimamente el trabajo, las cuentas, la pinche vida diaria nos había apagado el fuego. Ese resumen fue como un chispazo.
En el cuarto, la luz de la tarde se colaba por las cortinas sheer, pintando rayas doradas en la cama king size. Me quitó el vestido despacio, sus dedos ásperos de tanto manejar herramientas en su taller de carpintería rozando mi piel suave. Olía a él: sudor limpio mezclado con su colonia barata de pino, esa que compro en el tianguis. Me recargué en su pecho, escuchando el thump-thump acelerado de su corazón. "Te extrañé, mi reina", dijo, y sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con esa fuerza que me hace jadear.
Yo no me quedé atrás. Le desabotoné la guayabera, besando cada centímetro de piel que aparecía: el cuello salado, los pezones duros como piedras. Su gemido fue como música, grave y gutural, vibrando en mi boca. Su piel sabe a sal y a hombre, a Javier puro. Nos tumbamos en la cama, las sábanas frescas de algodón egipcio arrugándose bajo nosotros. Empecé a besar su abdomen, bajando lento, sintiendo cómo su verga se ponía dura contra mis labios a través del pantalón. "¡Ay, Ana, qué chingona eres!", soltó entre risas y suspiros, jalándome el pelo suave, no fuerte, solo para guiarme.
El calor subía, el cuarto se llenaba de nuestro aroma: el mío a jazmín de mi crema, el suyo a deseo crudo. Le bajé el pantalón, y ahí estaba, erecta, palpitante, con esa vena gruesa que me encanta lamer. La tomé en la mano, suave al principio, sintiendo su calor irradiando a mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, como gotas de mar. Javier arqueó la espalda, sus manos enredadas en mi pelo negro largo. "Neta, me vas a matar de gusto, pendejita", dijo riendo bajito, pero su voz temblaba.
Esto es las pasiones del alma resumen en mi cabeza: no solo el cuerpo, sino el alma gritando por conexión. Lo miro a los ojos, cafés intensos, y veo mi reflejo, deseosa, viva.
Me subí encima de él, frotándome contra su dureza, mi clítoris hinchado rozando su piel. Gemí fuerte, el roce eléctrico mandando chispas por mi espina. "Te quiero adentro, carnal", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Se volteó conmigo, quedando encima, sus brazos fuertes a los lados de mi cabeza. Me abrió las piernas con las rodillas, y sentí su punta presionando mi entrada húmeda, resbalosa de jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué fullness, qué plenitud! El olor de mi arousal llenaba el aire, almizclado y dulce.
Empezamos a movernos, lento al principio, sincronizados como en una danza prehispánica. Sus embestidas profundas tocaban ese punto dentro de mí que me hace ver estrellas. Sudábamos juntos, gotas rodando por su espalda, cayendo en mi pecho. Lamí el sudor de su cuello, salado y adictivo. "Más fuerte, Javier, ¡dale con todo!", lo reté, clavando mis uñas en sus hombros. Aceleró, la cama chirriando rítmicamente, nuestros jadeos mezclándose con el tráfico lejano de la avenida.
Pero no era solo físico; en mi mente giraban pensamientos. Recordé cuando nos conocimos en una fiesta en el Zócalo, él bailando cumbia con esa sonrisa pícara. Habíamos construido una vida: viajes a la playa en Puerto Vallarta, cenas románticas con tacos al pastor. Pero el deseo se había enfriado. Ahora, con este fuego, sentía las pasiones del alma resumen en cada thrust: amor, lujuria, entrega total. Él se inclinó, besándome profundo, lenguas enredadas, saboreándonos mutuamente.
Cambié de posición, poniéndome a cuatro patas, mi culo en pompa invitándolo. Javier gruñó de aprobación, sus manos amasando mis nalgas. Entró de nuevo, más profundo, el slap-slap de piel contra piel resonando. Alcancé atrás, tocando mis labios hinchados alrededor de él, sintiendo la humedad. "¡Estás chorreando, mi amor!", dijo, y eso me prendió más. Me masturbé el clítoris mientras él me daba, círculos rápidos, el placer acumulándose como tormenta.
Pienso en el libro, en ese resumen que nos trajo aquí. Las pasiones no son solo sexo; son el alma desnuda, vulnerable, uniéndose en éxtasis.
El clímax se acercaba. Javier me jaló hacia él por las caderas, embistiendo salvaje pero cariñoso. Sentí mis paredes contrayéndose, el orgasmo building como ola gigante. "¡Me vengo, Javier, no pares!", grité, y exploté, temblores sacudiendo mi cuerpo, jugos empapando las sábanas. Él siguió unos segundos más, su verga hinchándose dentro, y luego rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis fluidos.
Colapsamos juntos, jadeantes, enredados. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo contra mi espalda. Besó mi nuca, suave, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel. "Eso fue las pasiones del alma resumen perfecto", murmuró, riendo bajito. Yo sonreí, girándome para besarlo, saboreando el aftertaste salado en sus labios.
Nos quedamos así un rato, escuchando el zumbido del ventilador de techo, el aroma de sexo flotando pesado y satisfactorio. Hablamos de todo y nada: planes para un fin en Taxco, de remodelar el taller. Pero en el fondo, sabíamos que esto había reavivado la llama. Javier tomó el libro de la mesita, hojeándolo. "Mañana leemos más, ¿va?", dijo. Asentí, acurrucándome en su pecho peludo.
Ahora, acostada aquí con él dormido, escribo este resumen en mi mente. Las pasiones del alma resumen no caben en palabras, pero en cuerpos unidos, en almas entrelazadas, sí. Mañana será otro día, pero este fuego arderá siempre. Neta, qué chido es amar así.