El Color de la Pasión Capítulo 4
El atardecer en Puerto Vallarta pintaba el cielo con el color de la pasión, ese rojo intenso que ardía como el fuego en mi vientre. Yo, Sofia, me recargaba en la barandilla de la terraza de nuestra villa privada, el viento salado del Pacífico me acariciaba las piernas desnudas bajo el vestido vaporoso. Hacía calor, un bochorno que hacía sudar mi piel morena, y cada gota resbalaba como una promesa de lo que vendría. Diego tardaba, pero el color de la pasión capítulo 4 ya se escribía en mi mente, como esas novelas que devoraba de chava, llenas de amores prohibidos y cuerpos que se rendían al deseo.
Escuché el motor de su camioneta Jeep acercándose por el camino empedrado. Mi corazón dio un brinco, órale, pensé, ya viene el cabrón que me pone como perra en celo. Bajé a recibirlo, mis sandalias crujiendo en la grava caliente. Salió del auto con esa sonrisa pícara, su camisa blanca abierta mostrando el pecho tatuado con un águila mexicana, músculos que se flexionaban al quitarse las gafas de sol. Olía a mar y a sudor fresco, ese aroma macho que me hacía mojarme al instante.
—Mamacita, ¿me extrañaste? —dijo con voz ronca, acercándose con pasos lentos, como depredador.
—Neta, Diego, me tienes loca desde anoche —respondí, mordiéndome el labio, sintiendo cómo mis pezones se endurecían contra la tela fina.
Sus manos grandes me tomaron la cintura, tirándome contra él. Su boca capturó la mía en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a sal y tequila de la tarde. Gemí bajito, el sonido ahogado por su pecho firme. Sus dedos subieron por mi espalda, desatando el lazo del vestido que cayó como una cascada al piso. Quedé en tanga roja, el color de la pasión exacto, y él gruñó de aprobación.
—Pinche rica estás, Sofia. Eres mi vicio —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.
Lo empujé adentro de la villa, la puerta cerrándose con un clic que sellaba nuestro mundo. La sala estaba bañada en luz dorada, el ventilador zumbando perezoso arriba. Lo senté en el sofá de cuero blanco, me arrodillé entre sus piernas abiertas. Desabroché su cinturón con dedos temblorosos, el sonido metálico acelerando mi pulso. Saqué su verga dura, gruesa, venosa, ya goteando precum que lamí con la lengua plana, saboreando su gusto salado y almizclado.
¡Dios, qué chingona se siente en mi boca!, pensé, mientras la chupaba despacio, mirándolo a los ojos. Sus gemidos roncos, ah, cabrona, me ponían más caliente.
Acto primero de nuestra noche: el preludio. Él me levantó como si no pesara, cargándome escaleras arriba hacia el dormitorio con vista al mar. Me tiró en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó la ropa rápido, su cuerpo atlético brillando de sudor, el vello oscuro en el pecho y abajo invitándome a tocarlo. Se cernió sobre mí, besos bajando por mi clavícula, lamiendo el valle entre mis tetas grandes y firmes. Succió un pezón, duro como piedra, tirando con los dientes hasta que grité de placer mezclado con dolor dulce.
—Más, papi, no pares —supliqué, arqueando la espalda.
Sus manos expertas bajaron mi tanga, exponiendo mi coño depilado, húmedo y palpitante. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su pulgar frotaba el clítoris hinchado. El sonido chapoteante de mi excitación llenaba la habitación, oliendo a sexo puro, a mujer lista para ser follada. Jadeaba, mis uñas clavándose en sus hombros anchos, el mar rugiendo afuera como banda sonora perfecta.
Pero no era suficiente. Quería más tensión, más juego. Lo empujé de lado, montándome a horcajadas. Froté mi rajita mojada contra su polla tiesa, lubricándola con mis jugos, torturándolo con movimientos lentos. Él maldecía en voz baja, la chingada, Sofia, métetela ya, pero yo reía, controlando el ritmo. Mi clítoris rozaba su glande sensible, chispas de placer subiendo por mi espina.
Capítulo 4 de nuestra pasión se ponía intenso. Recordé las noches previas: la primera en la playa, besos robados; la segunda en su oficina, follada contra el escritorio; la tercera en el yate, bajo las estrellas. Cada vez más profundo, más nuestro. Ahora, el clímax se acercaba.
Acto segundo: la escalada. Me hundí en él de golpe, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Grité, ¡órale, qué grande!, sintiendo cada vena pulsando dentro. Cabalgaba duro, tetas rebotando, sudor chorreando entre nos. Él me agarraba las nalgas redondas, azotándolas suave, el plaf resonando. Cambiamos posiciones: de lado, su cuerpo pegado al mío por detrás, una mano en mi clítoris, la otra apretando mi teta. Me follaba profundo, lento al principio, luego acelerando como pistones.
—Te amo, carnalita, eres mía —jadeaba en mi oído, su aliento caliente oliendo a deseo.
—Y tú el mío, pendejo sexy —respondí, girando para besarlo, lenguas enredadas.
El cuarto olía a sexo, a piel sudada, a mar y jazmín del jardín abajo. Mis paredes internas lo apretaban, ordeñándolo, mientras mi orgasmo crecía como ola gigante. Gemidos se volvían gritos, ¡chíngame más fuerte!, y él obedecía, embistiéndome como animal. Sentí el calor subiendo desde mis pies, cosquilleo en el útero, hasta explotar. Mi coño se contrajo en espasmos violentos, jugos chorreando por sus bolas, visión nublada de estrellas rojas, el color de la pasión.
Él no paró, prolongando mi placer hasta que no pude más. Me volteó boca abajo, almohada bajo mis caderas, y me penetró de nuevo, salvaje. Sus gruñidos se volvieron guturales, me vengo, Sofia, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, mezclándose con la mía. Colapsó sobre mí, pesos deliciosos, corazones latiendo al unísono.
Acto tercero: el afterglow. Nos quedamos así minutos, jadeando, su verga ablandándose dentro de mí, semen goteando lento. Se salió suave, volteándome para acunarme contra su pecho húmedo. Besos tiernos ahora, lenguas perezosas. El sol ya se había ido, luna plateada iluminando nuestras pieles entrelazadas.
—Neta, esto es lo mejor del mundo —susurró, acariciando mi cabello negro largo.
—Simón, Diego. El color de la pasión capítulo 4 termina perfecto, pero quiero más capítulos —reí bajito, lamiendo una gota de sudor de su cuello.
Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo, pero suave, como amantes eternos. En la cama, envueltos en sábanas revueltas, escuchamos las olas rompiendo. Mi mente divagaba: él era mi todo, mi pasión encarnada en ese rojo ardiente que nos unía. Mañana vendrían más aventuras, pero esta noche, en sus brazos, era completa. El deseo no se apagaba; solo se transformaba, listo para el siguiente capítulo.