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Pasion Prohibida Completa

7159 palabras

Pasion Prohibida Completa

La noche en Guadalajara caía como un manto caliente y pegajoso, con ese olor a jazmín del jardín que se colaba por las ventanas abiertas de mi departamento en la colonia Providencia. Yo, Ana, de veintiocho años, estaba sola esa noche porque mi carnal, Luis, se había ido a un viaje de negocios a Monterrey. Hacía meses que nuestra cama se sentía como un desierto, sin chispas, sin ese fuego que una vez nos quemó. Pero esa noche, todo cambió con la llegada de Marco, el mejor amigo de Luis desde la prepa. Órale, pensé, mientras lo veía entrar con esa sonrisa pícara que me hacía temblar las rodillas.

Marco era alto, moreno, con ojos cafés que parecían devorarte despacio. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Traía una botella de tequila reposado en la mano, "pa' celebrar que andas solita, muñeca", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Nos sentamos en la sala, con la tele de fondo echando una novela barata, pero ni la veíamos. Hablábamos de todo y nada: del pinche tráfico de la ciudad, de los chismes del barrio, de cómo la vida nos había separado a todos un poquito.

El tequila bajaba suave, calentándome la garganta y soltándome la lengua.

¿Por qué carajos siempre me ha gustado tanto este wey? Es el carnal de mi marido, neta, prohibido total.
Lo miré fijo mientras él se reía de un chiste tonto. Su risa era grave, vibraba en mi pecho como un tambor. El aire se cargaba de algo pesado, eléctrico. Nuestras rodillas se rozaron accidentalmente en el sofá, y sentí un chispazo que me subió por las piernas hasta el estómago.

Ana, ¿qué onda contigo? Te ves... diferente esta noche, murmuró Marco, acercándose un poco más. Su aliento olía a tequila y a menta, fresco y tentador. Mi corazón latía como loco, bum bum bum, contra las costillas. Le contesté con una sonrisa coqueta, "¿Diferente cómo, pendejo? ¿Más rica?" Él soltó una carcajada y me tomó la mano, juguetón. Sus dedos eran cálidos, ásperos por el trabajo en la construcción, y me apretaron suave, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna.

El primer acto de nuestra pasion prohibida completa empezó ahí, sin palabras grandes ni promesas. Me jaló hacia él y nuestros labios se encontraron en un beso que sabía a pecado dulce. Su boca era firme, hambrienta, la lengua explorando la mía con urgencia. Olía a su colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma macho que me volvía loca. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la playera. ¡Qué rico se siente esto, wey! Tan mal y tan bien a la vez.

Nos paramos del sofá como poseídos, tropezando con la mesita, riéndonos bajito para no despertar a los vecinos. Lo llevé al cuarto, donde la luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando su piel de plata. Le quité la playera despacio, admirando su pecho ancho, los vellos oscuros que bajaban hasta su ombligo. Él me desabrochó el blusón con dedos temblorosos, besándome el cuello, mordisqueando suave. "Eres una chulada, Ana. Siempre lo supe", susurró contra mi oreja, y su aliento caliente me hizo arquear la espalda.

Caímos en la cama king size que compartía con Luis, pero esa noche era nuestra. Sus manos grandes me recorrieron los senos por encima del brasier, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. Gemí bajito, el sonido saliendo ronco de mi garganta. El cuarto olía a nosotros ya, a deseo crudo, a piel caliente. Le bajé los jeans, sintiendo su verga tiesa presionando contra la tela. Neta, qué grande y qué dura. Esto es lo que necesitaba. La saqué libre, palpitante, y la apreté suave, oyendo su jadeo profundo.

Marco me volteó boca arriba, besándome desde los labios hasta el ombligo, lamiendo mi piel con devoción. Cuando llegó a mis panties, las deslizó despacio, oliendo mi excitación. "Hueles deliciosa, carnala. Quiero comerte entera". Su lengua se hundió en mí, caliente y húmeda, lamiendo mi clítoris con círculos perfectos. Sentí las olas subiendo, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sabor salado de mi propia humedad en sus labios cuando me besó después fue lo más sucio y excitante. ¡Ay, Dios! Esto es prohibido, pero qué chingón.

La tensión crecía como tormenta en el medio del relato. Nos devorábamos mutuamente, explorando cada centímetro. Yo lo monté encima, frotándome contra su abdomen duro, dejando un rastro húmedo. Él gruñía, "Muévete así, reina. Me vas a matar". Le chupé los pezones, mordiendo suave, bajando hasta su verga. La metí en mi boca despacio, saboreando el precum salado, sintiendo las venas pulsando contra mi lengua. Marco se arqueaba, sus manos enredadas en mi pelo, "¡Qué rica boca tienes, Ana! Neta, eres una diosa."

Pero no queríamos acabar así. El conflicto interno me mordía:

¿Y si Luis se entera? ¿Y si esto arruina todo?
Pero Marco me miró a los ojos, serio por primera vez, "Esto es nuestro, solo nuestro. Consensuado, puro fuego. Déjate llevar." Sus palabras me empoderaron, borraron la culpa. Lo empujé de espaldas y me subí encima, guiando su verga gruesa a mi entrada húmeda. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme por completo. ¡Qué estirada tan rica! Llenándome hasta el fondo.

Cabalgamos como locos, el colchón crujiendo bajo nosotros, sudor resbalando por nuestras pieles. El slap slap de nuestros cuerpos chocando llenaba el cuarto, mezclado con gemidos ahogados. Sus manos en mis nalgas, apretando fuerte, guiándome más rápido. Yo clavaba las uñas en su pecho, oliendo el sexo en el aire, ese olor almizclado que enloquece. "¡Más duro, Marco! ¡Dame todo!" grité, y él embistió desde abajo, golpeando ese punto perfecto dentro de mí.

La intensidad subía, mis paredes apretándolo como vicio, sus bolas chocando contra mi culo. Sentía el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre. Él jadeaba, "Me vengo ya, Ana. ¡Júrate!". Nos corrimos juntos, él llenándome con chorros calientes, yo convulsionando encima, gritando su nombre. El placer explotó en luces blancas detrás de mis ojos, el cuerpo temblando, el corazón a mil.

En el final, nos quedamos tirados, jadeantes, envueltos en sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón calmarse. El cuarto olía a sexo satisfecho, a jazmín y tequila derramado. Me acariciaba el pelo, besándome la frente.

Esta pasion prohibida completa fue lo mejor que me ha pasado en años. ¿Seguiremos? ¿O fue solo una noche?
Le sonreí, sabiendo que esto nos cambiaría. "No lo sé, wey. Pero valió cada segundo."

La luna se asomaba testigo silenciosa, y en ese afterglow, nos dormimos pegados, con la promesa de más fuegos ocultos. La vida en Guadalajara seguiría, pero yo ya no era la misma. Empoderada, viva, dueña de mi deseo.

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