Pasion Prohibida Capitulo 61 Fuego Bajo la Luna
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa pecaminosa. Yo, Ana, caminaba por las calles empedradas del barrio, con el corazón latiéndome a mil por hora. Hacía meses que Rodrigo y yo jugábamos a este juego prohibido, pero esta vez sentía que todo iba a explotar. Pasion prohibida capitulo 61, me dije en la mente, como si nuestra historia fuera una novela que devoraba en secreto, llena de capítulos que me dejaban mojadita y ansiosa.
Él me había mandado un mensaje esa tarde: "Hotel Luna, suite 61, a las 10. No me falles, mi reina". ¿Cómo no ir? pensé, mientras subía al elevador con el vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa mexicana lista para el sacrificio. Olía a jazmín de mi perfume, mezclado con el leve aroma de mi excitación que ya empezaba a traicionarme entre las piernas. El espejo del elevador me devolvió una mirada ardiente, labios rojos como chile piquín, ojos cafés brillando de anticipación.
La puerta de la suite se abrió con un clic suave, y ahí estaba Rodrigo, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que tanto me gustaba acariciar. "Ven acá, wey", murmuró con esa voz grave que vibraba en mi pecho como un tamborazo zacatecano. Lo abracé fuerte, sintiendo su calor contra mi cuerpo, su verga ya semi-dura presionando mi vientre. Olía a colonia cara y a hombre, ese olor terroso que me ponía loca.
"¿Cuánto tiempo más vamos a seguir con esta pasión prohibida, Ana? Tu carnal no sospecha nada, ¿verdad?"me preguntó mientras me besaba el cuello, mordisqueando suave esa piel sensible que me hacía soltar un gemido ahogado.
"Shh, no hables de él ahora, pendejo", le respondí juguetona, clavándole las uñas en la espalda. "Esta noche es solo tuya y mía, capitulo 61 de nuestro desmadre secreto". Nos reímos bajito, pero el aire ya estaba espeso de deseo, como el humo de un buen puro cubano.
Me llevó a la terraza, donde la luna llena bañaba la ciudad en plata. Abajo, las luces de Reforma parpadeaban como estrellas caídas. Sacó una botella de tequila reposado, de esos que queman dulce en la garganta. "Brindemos por lo prohibido", dijo, sirviendo en vasos de cristal. El líquido ámbar bajó ardiente, calentándome las entrañas, y con él, el fuego entre mis muslos se avivó. Sus manos grandes subieron por mis piernas, rozando el encaje de mis panties, que ya estaban empapadas. Sentí su aliento caliente en mi oreja: "Estás chingona de mojada, mi amor".
El beso empezó lento, labios rozándose como pluma, saboreando el tequila en su lengua. Pero pronto se volvió feroz, hambriento. Chupé su labio inferior, mordiéndolo suave, mientras él me apretaba las nalgas con fuerza, levantándome contra la barandilla. El viento nocturno jugaba con mi cabello, trayendo olores de la ciudad: tacos al pastor lejanos, flores de bugambilia. Mi corazón tronaba, pum pum pum, sincronizado con el pulso en mi clítoris hinchado.
Adentro, en la cama king size con sábanas de satén negro, la cosa escaló. Me quitó el vestido de un tirón, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras de obsidiana. "Qué chulas estás, Ana", gruñó, lamiendo uno con la lengua áspera, chupando hasta que arqueé la espalda gimiendo. ¡Ay, wey, no pares! pensé, mientras mis manos bajaban a su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba caliente en mi palma. La olí, ese aroma almizclado de macho excitado, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum.
Él me tumbó boca arriba, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre tembloroso. Cuando llegó a mi panocha, separó mis labios con los dedos, soplando aire fresco que me hizo jadear. "Mira qué chochito tan rico, todo rosadito y brilloso", dijo con voz ronca. Su lengua entró en juego, lamiendo mi clítoris en círculos perfectos, chupando mis jugos como si fueran el néctar más dulce. Gemí fuerte, agarrando las sábanas, el sonido de mis jadeos rebotando en las paredes. Neta, este carnal sabe comer verga... digo, panocha, divagué en mi mente, perdida en olas de placer que me subían desde los pies.
Pero no quería correrme aún. Lo empujé, montándolo como amazona en rodeo tamaulipeco. Su verga se hundió en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. "¡Órale, qué prieta estás!", exclamó, clavándome los dedos en las caderas. Cabalgué duro, tetas rebotando, sudor perlando nuestra piel. El slap slap de carne contra carne, mezclado con nuestros ayes y maldiciones cariñosas: "Cógeme más fuerte, cabrón". Sentía cada vena de su pito frotando mis paredes internas, el olor de sexo impregnando el cuarto, ese musk animal que embriaga.
La tensión crecía, mis muslos temblando, su respiración agitada contra mi cuello. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, embistiéndome con fuerza controlada, una mano en mi clítoris frotando rápido, la otra jalándome el pelo suave.
"Dime que soy el único que te hace sentir así, Ana", jadeó en mi oído.
"¡Simón, wey, solo tú! ¡Nadie como tú!", grité, el orgasmo construyéndose como tormenta en el Golfo. Sus bolas chocaban contra mi trasero, el sonido húmedo y obsceno acelerando todo. Olía a sudor nuestro, a pasión cruda mexicana.
Exploté primero, un grito gutural saliendo de mi garganta mientras mi panocha se contraía alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él no tardó, gruñendo como toro bravo, llenándome de su leche caliente, palpitante. Nos derrumbamos juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. El afterglow era puro éxtasis: su mano acariciando mi espalda, besos suaves en la sien, el pulso calmándose lento.
Acostados bajo la luna que se colaba por la ventana, fumamos un Lucky Strike compartido, el humo danzando perezoso. "Esta pasión prohibida no va a parar, ¿verdad?", pregunté, trazando círculos en su pecho con la uña.
"Jamás, mi chula. Capitulo 61 es solo el principio de más desmadres". Me reí bajito, sabiendo que mañana volvería a mi vida normal, con Miguel, pero con este fuego secreto ardiendo adentro. El olor a sexo persistía, un recordatorio tangible de nuestra locura. Cerré los ojos, sintiendo su calor a mi lado, y por un momento, el mundo fue perfecto en su imperfección prohibida.