Pasión de Cristo por Mel Gibson Desatada
Estaba sola en mi depa de la Roma Norte, con la lluvia golpeteando las ventanas como un tambor lejano. La noche caía pesada, y yo, Ana, de veintiocho pirulos, decidí ponerme una película pa' distraerme. Agarré el control remoto, y ahí estaba: La Pasión de Cristo por Mel Gibson. La había visto mil veces, pero esa noche algo en el aire se sentía diferente. El tequila que me avancé me tenía el cuerpo tibio, la piel sensible como si esperara caricias invisibles.
La pantalla se iluminó con esas imágenes crudas, el sudor resbalando por la piel de Jim Caviezel encarnando a Jesús, los latigazos que resonaban como truenos en mis oídos. Cada golpe me hacía estremecer, no de dolor ajeno, sino de un calor que subía desde mi vientre.
¿Qué chingados me pasa? Esa pasión tan brutal, tan entregada... me está mojando las chonas.Olía a mi propia excitación, un aroma almizclado que se mezclaba con el incienso que quemé antes. Mis pezones se endurecieron contra la tela fina de mi blusa, y crucé las piernas pa' apretar ese pulso que crecía entre ellas.
La escena del huerto, con los ángeles y la agonía, me tenía los labios partidos, la boca seca de tanto lamerlos. Imaginaba esas manos atadas, esa entrega total, pero en mi mente se torcía hacia algo más carnal, más mío. Mi mano bajó sola, rozando el encaje de mis calzones, sintiendo el calor húmedo que brotaba. No aguanto más, pensé, y saqué el teléfono. Marqué a Javier, mi carnal de la universidad, el que siempre me hace volar con su verga dura y su lengua juguetona.
—¿Qué onda, nena? ¿Ya me extrañas? —dijo con esa voz ronca que me eriza la piel.
—Ven pa'cá güey, ya. Estoy viendo La Pasión de Cristo por Mel Gibson y me tienes que follar como si fuera el fin del mundo.
Colgué, el corazón tronándome en el pecho. Me quité la blusa, quedé en bra y calzones, el espejo del pasillo reflejaba mis curvas prietas, los senos altos con pezones morados de pura necesidad. El aire fresco de la AC me hacía temblar, pero era un temblor de anticipación.
Diez minutos después, la puerta sonó. Javier entró empapado, el pelo negro pegado a la frente, la camisa blanca translúcida marcando sus pectorales duros. Olía a lluvia y a hombre, ese olor terroso que me vuelve loca. Me jaló contra él, sus labios fríos contra los míos calientes, lenguas enredándose con sabor a menta y deseo.
—¿Qué te hizo esa película, cabrona? Estás ardiendo.
—Es esa entrega total, pendejo. Esa pasión que duele pero libera. Quiero que me des eso.
Nos besamos mientras caminábamos al sillón, sus manos grandes amasando mis nalgas, apretando hasta que gemí en su boca. Me sentó en su regazo, su verga ya tiesa presionando contra mi panocha a través de la tela. La froté contra él, sintiendo cada vena pulsar, el calor que irradiaba. El sonido de la lluvia se mezclaba con nuestras respiraciones jadeantes, el cuero del sillón crujiendo bajo nosotros.
Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, mordiendo un pezón hasta que gruñó.
Pinche Ana, siempre tan salvaje, pensé mientras bajaba la cremallera de sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de precum. La olí, ese olor almendrado y macho que me hace saliva la boca. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal, chupando despacio mientras él me enredaba los dedos en el pelo.
—¡Qué chido, nena! Mámamela toda.
Me la tragué hasta la garganta, las arcadas mezclándose con placer, sus caderas empujando suave. Pero quería más. Me paré, me quité el bra, los senos rebotando libres, y me encajé los calzones a un lado. Me senté en su cara, mi clítoris hinchado rozando su nariz. Su lengua entró en acción, lamiendo mis labios mayores, chupando el jugo que chorreaba. Gemí fuerte, el sonido ahogado por la tormenta afuera. Sentía su barba raspándome las nalgas, sus dedos abriéndome mientras lamía mi ano, ese toque prohibido que me volvía loca.
El calor subía, mi piel sudada pegándose a la suya. Lo jalé arriba, lo besé con mi propio sabor en su boca, y lo guié adentro. Su verga me abrió despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay cabrón, qué rico! El estirón ardía delicioso, como esos latigazos de la película pero en éxtasis. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada roce en mis paredes internas, el roce de su pubis contra mi clítoris.
Nos volteamos, él encima, mis piernas en sus hombros. Me taladraba profundo, el sonido de piel contra piel como aplausos obscenos. Olía a sexo puro, sudor y fluidos mezclados. Mis uñas le arañaban la espalda, dejando surcos rojos como los de la película.
Esta es nuestra pasión de Cristo, pura redención en carne. Sus bolas chocaban contra mi culo, su aliento caliente en mi cuello, mordiéndome la oreja.
—¡Dame más, Javier! ¡Fóllame como si me crucificaras de placer!
Aceleró, el sofá temblando, mis senos botando con cada embestida. El orgasmo me agarró de sorpresa, un tsunami desde el clítoris hasta la nuca. Grité, contrayéndome alrededor de su verga, chorros de placer mojando sus muslos. Él siguió, gruñendo, hasta que se hinchó y explotó dentro, semen caliente pintando mis entrañas. Pulso tras pulso, hasta que colapsamos, jadeantes, pegajosos.
Nos quedamos ahí, envueltos en el olor de nuestro clímax, la película olvidada en pausa. La lluvia amainaba, dejando un silencio roto solo por nuestros suspiros. Javier me acarició el pelo, besándome la frente.
—Esa Pasión de Cristo por Mel Gibson nos prendió la mecha, ¿eh?
Reí bajito, mi cuerpo laxo y satisfecho.
Quién iba a decir que el sufrimiento divino despertaría este paraíso carnal. En ese momento, con su calor envolviéndome, supe que esa noche habíamos encontrado nuestra propia redención, un éxtasis que ningún látigo iguala. El deseo se calmaba, pero la chispa quedaba, lista pa' arder de nuevo.