Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad La Pasion Pasteleria Oaxaca La Pasion Pasteleria Oaxaca

La Pasion Pasteleria Oaxaca

8303 palabras

La Pasion Pasteleria Oaxaca

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas del centro de Oaxaca, pero tú buscabas refugio en ese rincón mágico que habías oído mencionar por las amigas: La Pasión Pastelería Oaxaca. El aroma te golpeó antes de cruzar la puerta, una mezcla embriagadora de vainilla tostada, chocolate derretido y canela fresca que te hizo salivar de inmediato. Empujaste la puerta de madera tallada, con su campanita tintineando como un susurro juguetón, y el fresco del interior te envolvió como un abrazo húmedo.

Detrás del mostrador, él estaba. Javier, el dueño, con su camiseta ajustada manchada de harina, los brazos musculosos brillando bajo la luz dorada que se colaba por las ventanas. Sus ojos oscuros te escanearon de arriba abajo, una sonrisa pícara curvando sus labios llenos. Órale, qué chula, pensaste tú, sintiendo un cosquilleo en el vientre mientras tus pezones se endurecían bajo la blusa ligera.

—Bienvenida, mija. ¿Qué se te antoja hoy? —preguntó con voz grave, como si cada palabra fuera un roce.

Tú te acercaste, el piso de losetas frías bajo tus sandalias, y tus ojos se posaron en las vitrinas llenas de tesoros: conchas doradas, empanadas rellenas de cajeta cremosa, roles de canela que humeaban aún. —Algo dulce... muy dulce —respondiste, mordiéndote el labio sin querer.

Él rio bajito, un sonido que vibró en tu pecho. Tomó un pastel de tres leches con sus manos grandes, cubiertas de un polvo blanco que olía a limón y azúcar. Lo partió con los dedos, el jugo lechoso goteando lento, y te lo ofreció. —Prueba esto, corazón. Es mi especialidad.

Tus dedos rozaron los suyos al tomarlo, una chispa eléctrica que te recorrió el brazo hasta el centro de tus muslos. El primer bocado fue puro éxtasis: la esponjosidad húmeda deshaciéndose en tu lengua, el dulce lácteo mezclándose con el toque salado de su piel. Gemiste sin poder evitarlo, cerrando los ojos.

¡Neta, este hombre sabe de pasiones! ¿Y si este lugar no es solo para pasteles?

Javier se inclinó sobre el mostrador, su aliento cálido oliendo a café y deseo. —¿Te gusta? Puedo hacerte uno a tu medida, en el fondo, donde nadie molesta.

El corazón te latía fuerte, el calor subiendo por tu cuello. Asentiste, y él rodeó el mostrador, su cuerpo alto rozando el tuyo al pasar. Te guio por una cortina de cuentas que separaba la tienda de la cocina, el aire allí más denso, cargado de vapor y feromonas. La mesa de trabajo era un altar de harina y masas, el horno aún caliente exhalando un calor que te hacía sudar bajo la falda.

—Siéntate —dijo, señalando un banquito alto. Sacó una bolsa de harina y empezó a amasar, sus bíceps flexionándose con cada presión. Tú lo mirabas hipnotizada, imaginando esas manos en tu piel, moldeándote como a la masa suave.

—¿Siempre vienes solo a la pastelería? —preguntaste, tu voz ronca.

—Hasta hoy —respondió, guiñando un ojo. Tomó un poco de crema batida del refrigerador, fría y espesa, y la untó en un bolillo fresco. —Abre la boca.

Obedeciste, y él acercó el bolillo, la crema rozando tus labios. Lamiste despacio, saboreando la frescura láctea contra el pan crujiente. Sus ojos se oscurecieron, y cuando terminaste, su pulgar limpió una gota de tu barbilla, deteniéndose allí, presionando suave.

El roce fue el detonante. Te bajaste del banquito y lo besaste, tus labios chocando con los suyos en un hambre voraz. Él gruñó, atrayéndote contra su pecho duro, el olor de su sudor mezclado con levadura invadiendo tus sentidos. Sus manos bajaron a tu cintura, amasando tu carne como si fueras la mejor masa del mundo.

¡Qué rico se siente esto, carnal! No pares...

Te levantó sobre la mesa, la superficie fría contra tus nalgas desnudas cuando él subió tu falda con urgencia. Tus piernas se abrieron instintivas, envolviéndolo, mientras sus dedos exploraban el encaje húmedo de tus bragas. —Estás chorreando, reina —murmuró contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible.

Tú arqueaste la espalda, gimiendo cuando él deslizó la tela a un lado y hundió dos dedos en tu calor resbaladizo. El sonido húmedo de tus jugos llenó la cocina, mezclado con el crepitar del horno apagándose. Él bombeaba lento al principio, curvando los dedos para rozar ese punto que te hacía ver estrellas, mientras su boca capturaba un pezón a través de la blusa, chupando con fuerza.

—Más... dame más —suplicaste, tirando de su camiseta. Se la quitó de un jalón, revelando un torso esculpido por años de trabajo manual, vello oscuro bajando hasta la V de sus abdominales.

Desabrochaste su pantalón, liberando su verga dura, gruesa y palpitante, con una gota perlada en la punta que olía a hombre puro. La acariciaste con manos temblorosas, sintiendo las venas saltar bajo tu palma, el calor irradiando. Él jadeó, empujando en tu puño.

¡Madre mía, esto es más grande que cualquier pan dulce! Quiero sentirlo todo adentro.

Javier te quitó las bragas de un tirón, el aire fresco lamiendo tu sexo expuesto. Se arrodilló entre tus piernas, su aliento caliente sobre tus pliegues hinchados. Lamida la primera fue un rayo: lengua plana lamiendo de abajo arriba, saboreando tu miel salada. Chupó tu clítoris con labios suaves, succionando como si fuera la cereza de un pastel, mientras dos dedos volvían a penetrarte, estirándote.

Tú gritaste, las uñas clavándose en sus hombros, el mundo reduciéndose a esa boca devoradora. Olas de placer subían por tu espina, el olor de tu excitación mezclándose con el dulzor de la pastelería. Él aceleró, metiendo la lengua profundo, follándote con ella hasta que tus muslos temblaron y explotaste en su rostro, chorros calientes empapando su barbilla.

—¡Sí, córrete para mí, mamacita! —rugió él, lamiendo cada gota.

Aún jadeante, lo jalaste arriba. Guiaste su verga a tu entrada, resbaladiza y lista. Él empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo con un gruñido gutural. El estiramiento ardía delicioso, tus paredes contrayéndose alrededor de su grosor. Comenzó a moverse, embistes lentas y profundas, la mesa crujiendo bajo el ritmo.

Sus manos everywhere: apretando tus tetas, pellizcando pezones, bajando a tu clítoris para frotar en círculos. Tú lo arañabas, mordiendo su hombro para no gritar demasiado, aunque el placer era ensordecedor. El slap-slap de piel contra piel, el squelch de tu coño tragándolo, sus bolas golpeando tu culo.

—¡Qué apretadita estás, neta! Me vas a ordeñar —jadeó él, acelerando, sudando sobre ti.

Cambiaron: te volteó, inclinándote sobre la mesa, tu pecho aplastado contra la harina fría. Entró por atrás, más profundo, su vientre chocando tus nalgas con palmadas sonoras. Una mano en tu cadera, la otra enredada en tu pelo, tirando suave para arquearte. Tocó tu próstata interna con cada estocada, el placer acumulándose como crema a punto de reventar.

Tú sentías todo: el calor de su piel pegajosa, el olor almizclado de sexo, el sabor salado cuando lamiste harina de sus dedos. El clímax se acercaba, tus gemidos convirtiéndose en súplicas. —¡Córrete conmigo, Javier! ¡Lléname!

Él rugió, embistiendo salvaje, y explotó primero: chorros calientes inundando tu interior, el pulso de su verga ordeñándote. Eso te llevó al borde, tu coño convulsionando, ordeñándolo a él mientras corrías de nuevo, piernas temblando, visión borrosa.

Se derrumbaron juntos, él aún dentro, besos lentos y pegajosos. El horno se enfriaba, el aroma de pasteles y sexo impregnando el aire. Te abrazó, sus manos acariciando tu espalda sudorosa.

—Vuelve cuando quieras, mi pasión. Aquí siempre hay más dulce para ti.

La Pasión Pastelería Oaxaca no es solo un nombre... es un vicio que no dejaré.

Saliste al atardecer, piernas flojas, sonrisa boba, sabiendo que regresarías por más de esa pasión pastelera.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.