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Pasión Prohibida Novela Turca

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Pasión Prohibida Novela Turca

La noche en mi depa de la Condesa estaba pesada, con ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Me tiré en el sillón con el ventilador zumbando como loco, y abrí Pasión Prohibida Novela Turca, esa joya que una amiga me prestó. Neta, las novelas turcas son otro nivel: amores imposibles, miradas que queman y cuerpos que se buscan a escondidas. Leí un capítulo donde la prota se rinde al galán en un bazar lleno de especias, oliendo a canela y deseo. Sentí un cosquilleo entre las piernas, el aire cargado de mi propia humedad. ¿Por qué carajos no tengo algo así en mi vida? pensé, mientras mi mano bajaba sola por mi panza.

Emir, el tipo de la novela, con ojos negros como el petróleo y manos que prometían arrasar todo. ¿Dónde está mi Emir?

Al día siguiente, salí a caminar por Ávenida Ámsterdam, con el sol quemando la banqueta y el olor a tacos de canasta flotando. Entré al nuevo café kebab que abrió en la esquina, un local chido con luces tenues y música oud de fondo. Ahí estaba él: alto, moreno, con barba recortada y una sonrisa que te deshace. Órale, neta parecía sacado de pasión prohibida novela turca. Pidió un ayran y yo un latte, pero terminamos platicando porque notó mi libro en la mesa.

"¿Pasión Prohibida? ¡Esa es mi favorita! Mi abuela me la leía de morrillo en Estambul", dijo con acento suave, mexicano-turco, porque vive aquí desde hace años. Se llamaba Emir, qué coincidencia pendeja. Sus ojos me clavaron, olía a especias exóticas, shawarma y algo más, como almizcle puro. Me contó de Turquía, de bazares y amores que no se pueden, y yo sentí el pulso acelerado, las nalgas apretadas contra la silla de madera dura.

Nos vimos tres días seguidos. Cada plática era un fuego lento: él rozaba mi mano al pasar el azúcar, yo reía bajito con sus chistes en spanglish. Esto es prohibido, me decía la voz en mi cabeza. Prohibido porque acababa de salir de una relación tóxica con un wey que me controlaba, y mi carnal me juraba que no debía enredarme con "extranjeros". Pero neta, ¿quién le hace caso a eso? El deseo crecía como levadura, hinchándome el pecho y mojándome las bragas cada vez que lo veía.

La cuarta noche, lo invité a mi depa. "Ven a ver una serie turca, como las de pasión prohibida novela turca", le dije por Whats, con el corazón en la garganta. Llegó con una botella de raki y baklava casero, oliendo a jazmín y hombre. Nos sentamos en el sofá, la tele echando una escena hot de amantes escondidos en un hammam. El vapor subía en la pantalla, y el aire entre nosotros se espesó. Su pierna rozó la mía, cálida, firme. Lo miré: pupilas dilatadas, labios entreabiertos.

No lo hagas, Mariana, es muy pronto. Pero joder, lo quiero tanto...

"¿Sabes? En la novela, se besan así, robados", murmuró, su aliento caliente en mi oreja. Me volteé y lo besé, duro. Sus labios sabían a miel y alcohol anisado, la barba raspándome la piel suave. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el bra con un chasquido experto. Gemí bajito, el sonido ahogado en su boca. Me quitó la blusa, lamiendo mi cuello, bajando a los pechos. Sentí su lengua caliente en mis pezones, duros como piedras, y un jadeo se me escapó. "Eres preciosa, canım", dijo, que significa vida en turco. Olía su sudor mezclado con mi perfume de vainilla, embriagador.

Lo empujé al sillón, montándome encima. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando la carne bajo el short de mezclilla. Desabroché su camisa, besando su pecho velludo, saboreando sal y especias. Bajé la cremallera, saqué su verga gruesa, palpitante, con venas marcadas. La tomé en la mano, suave terciopelo sobre acero, y la chupé despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. Él gruñó, "Ay, wey, qué rico", mezclando idiomas como nosotros. El sabor era almizcle salado, adictivo. Lamí la punta, succionando, mientras él enredaba los dedos en mi pelo.

Pero quería más. Me paré, me quité el short y las bragas, empapadas. Me abrió las piernas, su lengua explorando mi concha depilada, lamiendo el clítoris hinchado. ¡Madre mía! El placer era eléctrico, ondas desde el ombligo hasta los dedos de los pies. Gemí fuerte, "¡Chíngame con la lengua, Emir!", y él obedeció, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos adentro. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo, y olía a sexo puro, a mi excitación floreciendo.

Esto es la pasión prohibida de verdad, no solo novela turca. Lo prohibido sabe mejor.

Lo jalé arriba, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Sí, toda, pendejo!", le ordené juguetona. Empujó hondo, llenándome, y empezamos a movernos. El sofá crujía, piel contra piel chapoteando, nuestros jadeos mezclados con la música turca de fondo. Sus caderas chocaban las mías, el sudor nos pegaba, resbaloso. Lo cabalgaba fuerte, pechos rebotando, uñas clavadas en su espalda. Él me volteó, de perrito, embistiéndome desde atrás. Sentí sus bolas golpeando mi clítoris, el placer acumulándose como tormenta.

"¡Me vengo, Emir! ¡Córrete conmigo!", grité. Él aceleró, gruñendo en turco, y explotamos juntos. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, chorros calientes llenándome. El orgasmo me dejó temblando, visión borrosa, olor a semen y sudor impregnando todo. Colapsamos, él aún dentro, besándome la nuca.

Después, en la cama con sábanas revueltas, comimos baklava pegajoso, riendo. Su mano acariciaba mi muslo, suave ahora. "Esto fue como la novela, pero mejor, prohibida solo por lo intensa", dijo. Yo asentí, el cuerpo lánguido, satisfecho. Por primera vez, sentí esa paz profunda, como si el deseo hubiera encontrado su hogar.

Desde esa noche, pasión prohibida novela turca se volvió nuestro código secreto. No hay prohibiciones que valgan cuando dos almas se encienden así. Y neta, la vida es chida cuando imitas el arte... pero lo haces tuyo.

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