Juan Pasion de Gavilanes
Lucía bajó del camión polvoriento en la entrada de la hacienda Los Gavilanes, el sol del mediodía pegando como plomo derretido sobre su piel morena. El aire olía a tierra húmeda, a jacarandas en flor y a ese toque salvaje de hierba machacada por los cascos de los caballos. Venía de la ciudad, harta del ruido y el estrés, buscando un respiro en casa de su tía. Pero nada la preparó para él.
Estaba ahí, recargado en la cerca de madera, con su sombrero charro ladeado y una camisa blanca abierta que dejaba ver el pecho bronceado y musculoso, marcado por el trabajo rudo bajo el sol. Juan. Lo supieron de inmediato. Juan, pasión de gavilanes, decían los peones con una risa pícara, por esa forma suya de cazar lo que quería con la ferocidad de un halcón. Sus ojos negros la barrieron de arriba abajo, y Lucía sintió un cosquilleo traicionero entre las piernas, como si el calor no viniera solo del clima.
—¿Y tú quién eres, mamacita? —preguntó con esa voz grave, ronca como el relincho de un potro.
—Lucía, sobrina de doña Rosa. Vengo a pasar unos días —respondió ella, enderezando la espalda, aunque el corazón le martilleaba como tambor de fiesta.
Él sonrió, dientes blancos relampagueando, y le tendió la mano. Su palma era áspera, callosa, y al tocarla, un chispazo eléctrico le subió por el brazo hasta el pecho. Órale, este wey es puro fuego, pensó ella, soltándose rápido para no delatar el temblor.
La tía la recibió con abrazos y tamales calientes, pero Lucía no podía quitarse a Juan de la cabeza. Esa noche, en la cena bajo las estrellas, él se sentó enfrente, contándola con miradas que quemaban más que los chiles en el mole. Hablaba de las tierras, de domar caballos salvajes, de noches en que el cielo parecía tocar la tierra. Cada palabra era una caricia invisible, y ella se imaginaba esas manos fuertes sobre su cuerpo.
No seas pendeja, Lucía. Es un ranchero, tú eres de ciudad. Pero neta, qué chulo es. Me muero por saber cómo sabe.
Al día siguiente, Juan la invitó a cabalgar. —Para que veas las gavilaneras, las mejores yeguas de la región —dijo guiñando un ojo. Montaron juntos en un caballo zaino, su pecho pegado a la espalda de ella. Cada trote era una tortura deliciosa: el roce de sus muslos contra los de ella, el aliento caliente en su nuca, oliendo a tabaco y sudor masculino. El viento les azotaba el rostro, trayendo aromas de eucalipto y tierra fértil.
—Aguántate fuerte, carnalita —murmuró él, y su mano se posó en la cadera de Lucía, firme, posesiva. Ella jadeó bajito, sintiendo cómo su centro se humedecía, traicionándola. Si me toca un poquito más, exploto aquí mismo.
Desmontaron en un claro junto al río, donde el agua corría cristalina entre rocas musgosas. Se sentaron en la orilla, quitándose las botas. Los pies de ella en el agua fresca contrastaban con el calor que le subía por el vientre. Juan la miró fijo, serio de repente.
—Tú no eres como las de aquí, Lucía. Pero desde que te vi, siento que me picó un alacrán en la sangre. Eres fuego puro.
Ella se rio nerviosa, pero el deseo la traicionaba. —¿Y tú eres Juan, pasión de gavilanes? ¿El que no deja escapar nada?
Él se acercó, su rodilla rozando la de ella. —Exacto. Y ahora te quiero cazar a ti. Sus labios rozaron los de ella, suaves al principio, probando. Lucía gimió contra su boca, abriéndose como flor al sol. El beso se volvió voraz, lenguas danzando con sabor a café y miel salvaje. Sus manos exploraron: las de él subiendo por su blusa, palpando pechos turgentes, pezones endurecidos bajo el encaje. Ella metió las uñas en su espalda, oliendo su aroma almizclado, ese que gritaba hombre de campo.
Se tumbaron en la yerba suave, el sol filtrándose entre las ramas. Juan le quitó la ropa con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta. —Qué rica estás, morra. Como para comerte entera —gruñó, lamiendo el sudor salado de su cuello. Lucía arqueó la espalda, el roce de su barba incipiente erizándole la piel. Sus dedos bajaron, encontrando el calor húmedo entre sus muslos. Ella jadeó alto, el sonido ahogado por el rumor del río.
¡Ay, Dios! Este pendejo sabe lo que hace. Me tiene temblando como hoja.
Pero no fue ahí. Juan se detuvo, jadeante. —No aquí, mi reina. Vamos a la casa. Quiero tenerte toda la noche. La cargó en brazos hasta la hacienda, riendo como niños traviesos. En su cuarto, una pieza sencilla con cama de madera y sábanas frescas, la tensión explotó.
Desnudos ya, piel contra piel, el tacto era eléctrico. La piel de Juan áspera y caliente, marcada por cicatrices de espuelas y riendas. Lucía lo besó por todo el cuerpo, saboreando el salado de su abdomen, bajando hasta su verga dura, palpitante. La tomó en la boca, gimiendo al sentirlo crecer, el sabor terroso y varonil llenándole los sentidos. Él gruñó, ¡Órale, qué chingona!, enredando dedos en su cabello negro.
La volteó suave, besando su espalda, bajando a la curva de sus nalgas. Sus dedos jugaron con su clítoris hinchado, círculos lentos que la hicieron retorcerse. —Dime si quieres, mi vida —susurró.
—Sí, Juan, métemela ya. Te necesito adentro —suplicó ella, voz ronca de puro antojo.
Entró despacio, llenándola centímetro a centímetro. El estiramiento delicioso, el roce de su grosor contra sus paredes sensibles. Empezaron lento, meciéndose como olas del río, susurros y gemidos mezclándose con el crujir de la cama. El olor a sexo flotaba pesado, almizcle y sudor. Lucía clavó uñas en sus hombros, sintiendo cada embestida profunda, el choque de pelvis, el slap slap húmedo. Él aceleró, gruñendo su nombre, ¡Lucía, mi pasión!
El clímax la golpeó como tormenta: olas de placer contrayendo su panocha alrededor de él, gritos ahogados en su cuello. Juan la siguió segundos después, derramándose caliente dentro, cuerpo temblando, pulso latiendo contra el suyo.
Se quedaron así, enredados, respiraciones calmándose. El aire fresco de la noche entraba por la ventana, trayendo canto de grillos. Juan la besó la frente, suave. —Eres lo mejor que me ha caído en esta vida de gavilanes, corazón.
Lucía sonrió, trazando círculos en su pecho. Quién iba a decir que en este rincón del mundo encontraría mi propia pasión. No sabía si se quedaría para siempre, pero esa noche, en sus brazos, el mundo era perfecto. El deseo no se había apagado; solo esperaba la siguiente cacería.