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Pasión de Cristo Consuélame Oh Buen Jesús Óyeme

7212 palabras

Pasión de Cristo Consuélame Oh Buen Jesús Óyeme

En la penumbra de la iglesia de San Judas Tadeo, durante la Semana Santa en mi querido Guadalajara, el aire estaba cargado de incienso y murmullos devotos. Yo, Sofia, de treinta y tantos, con mi falda recatada y mi blusa blanca ajustada que no podía ocultar del todo mis curvas generosas, me arrodillaba frente al altar. El sacerdote recitaba las oraciones de la Pasión, y entre el eco de las velas parpadeantes, una frase se me clavó en el pecho como un clavo ardiente: "Pasión de Cristo, consuélame. Oh buen Jesús, óyeme". La repetí en voz baja, pero mi mente divagaba. No hacia el sufrimiento del Señor, sino hacia él, Antonio, el voluntario que organizaba las procesiones. Alto, moreno, con ojos que brillaban como el tequila bajo la luna llena y manos callosas de tanto trabajar en su taller de carpintería.

Lo había visto esa mañana, cargando una cruz de madera pesada, el sudor perlando su frente y empapando su camisa hasta marcarle los músculos del pecho.

¿Por qué carajos me mojo así nomás de verlo, Virgen santa? Soy una mujer decente, casada con un pendejo que ni me toca ya
, pensé, sintiendo un calor traicionero subir por mis muslos. Mi marido, el contador aburrido, prefería su cerveza y el fut a mis besos. Pero Antonio... ay, Antonio me hacía sentir viva, como si mi cuerpo gritara por ser tocado de nuevo. Después de la misa, mientras recogíamos las flores marchitas, nuestras manos se rozaron. Su piel áspera contra la mía suave fue como una descarga eléctrica. "Gracias por ayudar, Sofia", me dijo con esa voz grave que vibraba en mi vientre. Sonreí, mordiéndome el labio. "Es un gusto, carnal. Tú siempre tan servicial". Nuestras miradas se engancharon, y supe que no era solo devoción lo que ardía ahí.

Al día siguiente, en la casa parroquial donde guardaban los mantos bordados, me invitó a "ayudar con las velas". El sol del mediodía entraba a raudales por las ventanas altas, tiñendo todo de oro. El olor a cera derretida y a madera vieja me envolvía, pero nada comparado con el aroma masculino de él: sudor limpio, jabón de sabila y un toque de colonia barata que me mareaba. "Sofia, ¿estás bien? Te ves... inquieta", murmuró, acercándose tanto que sentí su aliento cálido en mi cuello. Mi corazón latía como tambor en kermés.

Si me toca ahora, me rindo. Que Dios me perdone, pero lo necesito
. "Es el calor, Antonio. O tal vez... tú", confesé, mi voz un susurro ronco. Él tragó saliva, sus pupilas dilatándose. "No soy santo, mi reina. Te he visto en misa, meneando esas caderas al caminar, y me pones como diablo". Sus palabras eran fuego puro, mexicanas y crudas, como un grito en el tianguis.

Nos besamos ahí mismo, contra la mesa llena de crucifijos. Sus labios gruesos devoraron los míos con hambre acumulada, saboreando a sal y a deseo. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. "Antonio, ay güey, qué rico besas", jadeé entre lengüetazos. Él me alzó como si no pesara nada, sentándome en la mesa. Sus dedos fuertes subieron por mis piernas, arrugando la falda hasta mi tanga empapada. El roce de sus yemas callosas en mi piel sensible era tortura exquisita, enviando chispas directas a mi centro palpitante. Olía a él por todos lados, ese musc de hombre que me hacía salivar. "Estás chorreando, Sofia. ¿Quieres que te consuele?", ronroneó, su aliento caliente contra mi oreja.

Lo empujé suave, juguetona. "No tan rápido, pendejo. Quiero saborearte primero". Me bajé, arrodillándome como en oración, pero esta vez ante su bulto endurecido. Desabroché su pantalón con dientes, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó libre oliendo a masculinidad pura. La lamí desde la base, saboreando la piel salada y el gusto almizclado de su pre-semen. Él gruñó, agarrándome el pelo. "Chingada madre, qué boca tan bendita tienes". Chupé con devoción, mi lengua girando en la cabeza hinchada, tragando hasta que me ahogaba un poco, lágrimas de placer en los ojos. El sonido húmedo de mi succión llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos como rezos paganos.

Pero el deseo crecía como tormenta en mayo. Me levantó, quitándome la blusa de un tirón. Mis tetas grandes rebotaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana. Él las devoró, mamando fuerte, mordisqueando hasta que grité de placer-dolor. "¡Sí, carnal, así! Métetelas todas!". Sus manos amasaron mi culo redondo, colándose bajo la tanga para meter dos dedos en mi panocha resbalosa. Estaba tan mojada que chapoteaban, rozando mi clítoris hinchado.

Esto es pecado, pero qué pecado tan chido. Pasión de Cristo, consuélame. Oh buen Jesús, óyeme
, recé en mi mente mientras mi cuerpo se arqueaba. El olor de mi propia excitación, dulce y almizclado, se mezclaba con el incienso lejano de la iglesia.

Me tendió en el suelo sobre un tapete viejo, el piso fresco contra mi espalda ardiente. Se quitó todo, su cuerpo esculpido por el trabajo brillando de sudor. Se colocó entre mis piernas abiertas, frotando su verga dura contra mi entrada. "Dime que lo quieres, mi amor. Dime que eres mía". "¡Sí, Antonio! Clávamela ya, hazme tuya", supliqué, clavando uñas en su espalda. Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. Gemí largo, mis paredes apretándolo como guante caliente. Él empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos en fiesta.

La tensión subía como río crecido. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en fricción perfecta. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas para clavármela más hondo. "¡Qué nalgas tan ricas, Sofia! Eres mi diosa". Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como yegua salvaje, mis tetas balanceándose pesadas. El placer se acumulaba en espiral, mi clítoris rozando su saco con cada choque.

Oh Dios, no aguanto más. Pasión de Cristo, consuélame. Oh buen Jesús, óyeme
, repetí en voz alta ahora, la oración saliendo entre gemidos como mantra erótico. Él aceleró, gruñendo "Me vengo, reina", y eso me lanzó al borde.

Explotamos juntos. Mi orgasmo fue un terremoto: olas de fuego desde mi panocha irradiando al cerebro, jugos chorreando por mis muslos, grito ahogado contra su mano. Él se derramó dentro, chorros calientes pintando mis paredes, su cuerpo temblando sobre el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegada a piel, el olor a sexo crudo impregnando el aire como ofrenda prohibida.

Después, en el afterglow, yacimos abrazados bajo la luz menguante. Su mano acariciaba mi pelo, suave como brisa de lago Chapala. "Eso fue... chido, Sofia. Más que misa de medianoche". Reí bajito, besando su pecho salado.

¿Pecado? Tal vez. Pero me siento viva, consolada, oída por algo divino
. No hubo culpas, solo paz carnal. Salimos de ahí renovados, prometiendo más encuentros en secreto. La Pasión no solo era de Cristo; ahora era nuestra, ardiente y eterna.

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