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Pasión Ardiente en la Orden Passionista

6723 palabras

Pasión Ardiente en la Orden Passionista

Ana bajó del camión polvoriento en las afueras de Querétaro, el sol del mediodía pegándole en la cara como un beso caliente. El convento de la Orden Passionista se erguía al fondo del camino empedrado, con sus muros blancos reluciendo bajo el cielo azul mexicano. Olía a tierra húmeda y jazmines silvestres, mezclado con el humo lejano de algún asado dominical. Venía a visitar a su tía Lupe, que llevaba años sirviendo ahí como hermana laica, pero algo en el aire la ponía nerviosa, como si el viento le susurrara promesas prohibidas.

La recibió Hermano Javier en la puerta principal, alto y moreno, con esa sotana negra que no podía ocultar sus hombros anchos ni la curva de sus caderas. Sus ojos cafés brillaban con una calidez que no era solo de bienvenida. Órale, qué guapo el wey, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Bienvenida, prima de la hermana Lupe. Soy Javier, de la Orden Passionista. Pasa, que tu tía te espera", dijo él con voz grave, extendiendo la mano. Su piel era cálida, áspera por el trabajo manual, y al rozarla, Ana sintió un chispazo que le subió por el brazo hasta los pechos.

El convento era un paraíso escondido: jardines con rosas rojas como labios hinchados, fuentes murmurando agua fresca, y el eco distante de cantos gregorianos que vibraban en el pecho. Tía Lupe, postrada por una gripe, la abrazó débilmente. "Ayúdame con las flores, mija. Javier es un sol, pero necesita manos como las tuyas". Ana asintió, pero su mente ya volaba hacia él. Esa noche, cenaron en el refectorio: tortillas calientes, frijoles con queso y chiles que picaban en la lengua como un beso juguetón. Javier se sentó frente a ella, sus rodillas rozándose bajo la mesa de madera. Cada mirada era un roce invisible, y Ana sentía su piel erizarse, el calor subiendo entre sus muslos.

¿Por qué me mira así? Neta, este carnal me trae loca. Pero es de la Orden Passionista, no puedo ni pensarlo. O sí...

Al día siguiente, en el jardín, el sol calentaba sus nucas mientras podaban las enredaderas. Javier se agachó a su lado, su aliento oliendo a menta y algo más primitivo, masculino. "Estas pasionarias son como nosotros, Ana. Fuertes por fuera, pero llenas de néctar adentro", murmuró, rozando su mano al pasarle las tijeras. Ella tragó saliva, notando cómo su camisa se pegaba al sudor, delineando el pecho firme. Me muero por tocarlo, se dijo, mientras el aroma de tierra removida y flores machacadas llenaba el aire.

La tensión crecía como una tormenta de verano. Por las tardes, caminaban por los senderos sombreados, hablando de todo: de la vida en la orden, de sueños rotos, de deseos que la fe no siempre aplacaba. Javier confesó que había entrado joven, huyendo de un amor imposible en Guadalajara. "La Orden Passionista nos enseña a sufrir por amor, pero ¿y si el sufrimiento es no tocar lo que anhelas?" Sus palabras eran fuego, y Ana sentía su pulso acelerarse, los pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. Una vez, al cruzar un puente sobre el riachuelo, el viento levantó su falda, y él la ayudó a bajarla, sus dedos demorándose en su muslo. El toque fue eléctrico, húmedo el calor entre sus piernas.

Esa noche, la tía Lupe empeoró, y Ana veló junto a Javier en la enfermería. La vela parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes. "No duermas, quédate conmigo", susurró él, su mano cubriendo la de ella. El silencio era espeso, roto solo por sus respiraciones agitadas. Ana giró la cara, y sus labios se encontraron en un beso robado, suave al principio, como probar miel. Pero pronto se volvió hambre: lenguas enredándose, sabor a sal y deseo. Javier la atrajo a su regazo, sus manos grandes explorando su espalda, bajando a apretar sus nalgas firmes. "Ana, neta me vuelves loco. Desde que llegaste, sueño con tu cuerpo", gruñó contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.

Ella jadeó, sintiendo su verga dura presionando contra su concha a través de la tela. ¡Qué chingona se siente! Dura como piedra, y toda para mí. Lo besó con furia, desabotonando su sotana para lamer su pecho lampiño, oliendo a jabón y sudor fresco. Javier la recostó en el catre, quitándole la blusa con reverencia. Sus tetas saltaron libres, pezones rosados pidiendo atención. Él los chupó con avidez, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo bajito: "¡Ay, Javier, no pares, wey! Me tienes empapada".

La escalada fue imparable. Javier bajó sus bragas, exponiendo su panocha hinchada, jugosa de miel. "Eres preciosa, como una pasión en flor", dijo, hundiendo la cara entre sus muslos. Su lengua lamió el clítoris con maestría, chupando el botón sensible mientras dos dedos gruesos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ana se retorcía, las uñas clavadas en su pelo, el sonido de succiones húmedas mezclándose con sus gemidos ahogados. Olía a sexo puro, almizcle y jazmín, el aire cargado de su aroma compartido. "¡Cógeme ya, por favor! Te necesito dentro", suplicó ella, la voz ronca.

Javier se quitó la ropa restante, su verga erguida, venosa, goteando precum. La frotó contra su entrada, untándola de sus jugos, antes de empujar lento, centímetro a centímetro. Ana sintió el estiramiento delicioso, llenándose por completo. "¡Qué rica tu verga, cabrón! Tan gruesa", exclamó, envolviendo las piernas en su cintura. Él embistió con ritmo creciente, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando su culo. Sudaban juntos, el catre crujiendo bajo ellos. Javier la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas para clavarse más hondo, una mano bajando a frotar su clítoris. Ana gritó de placer, el orgasmo rompiéndola en olas: músculos contrayéndose, chorros de placer mojando las sábanas.

Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente que goteaba por sus muslos. Colapsaron exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas. Javier la besó la frente, suave ahora. "Esto no fue pecado, Ana. Fue pasión verdadera, como la que predica nuestra orden". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. El afterglow era dulce, pieles pegajosas enfriándose, el corazón latiendo en sintonía.

Al amanecer, con tía Lupe mejorando, Ana y Javier se despidieron en el jardín. "Vendré por ti. Dejaremos la Orden Passionista atrás, juntos", prometió él, besándola una última vez. Ella subió al camión con el cuerpo aún zumbando, el sabor de él en la boca, sabiendo que su vida acababa de encenderse en llamas eternas. El viento traía el eco de jazmines, y en su mente, solo deseo y libertad.

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