Pasión Capítulo 14 Fuego en la Piel
La brisa del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa al atardecer. El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. Hacía meses que no veía a Mateo, mi chulo de siempre, el que me hacía temblar con solo una mirada. Habíamos quedado en encontrarnos aquí, en esta villa con vista al Pacífico, para revivir lo que el tiempo había intentado apagar. Mi corazón latía fuerte, como tambores de un mariachi lejano, anticipando su toque.
Llegué a la terraza donde él ya me esperaba, recargado en la barandilla, con una cerveza en la mano. Su camisa blanca abierta dejaba ver el vello oscuro de su pecho, y esos ojos cafés que siempre me desarmaban. Órale, nena, dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Ven pa'cá. Me acerqué despacio, sintiendo la arena aún pegada a mis pies descalzos, el olor salino mezclándose con su colonia fresca, como madera y cítricos.
—Te extrañé, Sofía —murmuró, atrayéndome hacia él. Sus manos grandes rodearon mi cintura, y presioné mi cuerpo contra el suyo, sintiendo el calor que emanaba de su piel morena. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, explorando, recordando sabores olvidados: el suyo a tequila y limón, el mío a gloss de vainilla. La tensión que había acumulado en estos meses de separación se encendía como una chispa en pólvora.
Esto es Pasión Capítulo 14, pensé, mientras sus dedos se enredaban en mi cabello suelto. Cada encuentro nuestro era un capítulo nuevo, pero este se sentía como el clímax de nuestra historia.
Entramos a la villa sin dejar de besarnos, tropezando con los muebles de mimbre. La habitación principal olía a sábanas frescas de algodón egipcio y a jazmín del jardín. Mateo me quitó el vestido floreado con urgencia, pero sin prisa, dejando que la tela rozara mi piel sensible. Quedé en ropa interior de encaje negro, y él se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando despacio. Qué rica estás, mi amor, susurró, su aliento caliente contra mi vientre.
Me tendí en la cama king size, las sábanas frías contrastando con el fuego que ardía en mí. Mateo se desvistió, revelando su cuerpo atlético, marcado por horas en el gimnasio y caminatas por la sierra. Su verga ya dura, palpitante, me hacía salivar. Lo jalé hacia mí, queriendo sentir su peso encima. Nuestras pieles se unieron, sudorosas ya, resbalosas. Sus manos expertas masajeaban mis senos, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito, un sonido gutural que solo él provocaba.
—Dame todo, Mateo —le rogué, arqueando la espalda. Él sonrió pícaro, ese gesto de pendejo encantador que me volvía loca. Bajó su boca a mi cuello, mordisqueando suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. Luego, sus labios viajaron a mis pechos, chupando, lamiendo, mientras una mano se colaba entre mis muslos. Sentí sus dedos rozando mi panocha húmeda, abriéndome como un secreto bien guardado. Neta, estás chorreando, dijo riendo, y yo solo pude jadear.
El ritmo se aceleraba. Introdujo un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos que me hacían apretar las sábanas. El sonido de mi humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con mis ay cabrón ahogados. Olía a sexo puro, a deseo crudo, ese aroma almizclado que nos envolvía como niebla. Mi clítoris palpitaba bajo su pulgar, y subí las caderas, rogando más. Ahí, justo ahí, mi rey.
Pero él se detuvo, juguetón. Se puso de pie, y yo lo miré con ojos vidriosos de necesidad. Tomó un cubo de hielo de la mesita —había planeado esto, el memo—. Lo pasó por mi piel, desde el cuello hasta el monte de Venus, haciendo que mi cuerpo se convulsionara. Frío y calor en guerra deliciosa. Luego, lo metió en su boca y lo deslizó por mis labios vaginales, derritiéndose en ríos que me enfriaban y calentaban a la vez. ¡Qué chingón! grité, agarrando su cabello.
No aguanté más. Lo empujé sobre la cama y me subí encima, cabalgándolo como una diosa. Su verga gruesa me llenó por completo, estirándome hasta el límite placentero. Empecé a moverme lento, sintiendo cada vena, cada pulso. Él gemía, ¡Sí, mámacita, rómpeme!, sus manos en mis caderas guiándome. El slap-slap de carne contra carne resonaba en la habitación, junto al rumor de las olas afuera.
Aceleré, mis senos rebotando, sudor goteando entre nosotros. El olor de su axila masculina me embriagaba, primitivo. Lamí su pecho salado, mordí su pezón, y él gruñó como fiera. Mi orgasmo se acercaba, una ola gigante formándose en mi vientre. Voy a venirme, carnal, le advertí, y él redobló el empuje desde abajo, golpeando mi punto G sin piedad.
Exploté primero, un grito largo y ronco que seguramente oyeron los vecinos. Mi panocha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, jugos calientes empapando sus bolas. Mateo me siguió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí hasta el alma. ¡Sí, toma todo, Sofía! rugió, su cuerpo temblando bajo el mío.
Colapsamos juntos, jadeantes, enredados. El aire estaba cargado de nuestro olor, sexo y sudor, íntimo y adictivo. Besé su frente perlada, sintiendo su corazón martillando contra mi pecho. Te amo, pendejito, le dije, y él rio bajito.
Nos quedamos así un rato, escuchando el mar, el viento susurrando promesas. Pedimos room service: tacos de mariscos frescos, con limón y salsa picosa que quemaba la lengua como nuestro fuego. Comimos desnudos en la terraza, riendo de tonterías, planeando el Capítulo 15. La noche caía estrellada, y su mano en mi muslo prometía más rondas.
En ese momento, supe que nuestra pasión no tenía fin. Cada capítulo era mejor, más profundo, más nuestro. Pasión Capítulo 14 había sido fuego en la piel, pero el siguiente sería incendio en el alma.