Pasión y Poder Capítulo 117 El Susurro del Deseo
En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de Reforma parpadeaban como estrellas caídas, Daniela pisó el penthouse de Arturo con el fuego de la discusión aún ardiendo en sus venas. El aire estaba cargado del aroma a cuero nuevo y café recién molido, mezclado con el perfume masculino que él siempre usaba, ese que le erizaba la piel sin remedio. Pasión y poder capítulo 117, pensó ella, como si su vida con Arturo fuera una telenovela interminable, llena de giros ardientes y traiciones que terminaban en camas revueltas.
Arturo, el rey indiscutible de la empresa familiar, se recargaba en su escritorio de caoba, con la camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. Sus ojos negros la devoraban, como siempre. "Qué onda, nena", dijo con esa voz grave que vibraba en el estómago de Daniela. "Sigues pensando que me vas a tumbar en la junta, ¿verdad?"
Ella soltó su bolso sobre el sofá de piel, el sonido seco rompiendo el silencio. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, elegido esa mañana para provocarlo. "No es pensar, wey, es saberlo. Tu imperio se tambalea porque eres un pendejo arrogante que no ve más allá de su verga". Las palabras salieron afiladas, pero su cuerpo la traicionaba: los pezones endurecidos rozando la tela, el calor subiendo por sus muslos.
Él se acercó despacio, como un jaguar acechando. El olor de su colonia invadió el espacio entre ellos, almizcle y sándalo, haciendo que Daniela tragara saliva. "Ven aquí", murmuró, tomándola por la cintura. Sus manos grandes, callosas por años de manejar el poder, se posaron en sus caderas. Ella quiso empujarlo, pero en cambio se pegó más, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre.
¿Por qué siempre termino rindiéndome? Es el maldito poder que tiene sobre mí, esta pasión que nos quema vivos.
La boca de Arturo rozó su cuello, dientes rozando la piel sensible. "Admítelo, Dani. Me deseas tanto como yo a ti". Ella jadeó cuando su lengua trazó una línea húmeda hasta su oreja, el aliento caliente enviando chispas por su espina. El skyline de la ciudad brillaba a través de los ventanales, testigo mudo de su guerra eterna.
Daniela giró el rostro, capturando sus labios en un beso feroz. Lenguas batallando como en la sala de juntas, pero ahora con sabor a victoria y rendición. Él la levantó sin esfuerzo, sentándola en el escritorio, papeles volando al suelo con un susurro de derrota. Sus manos subieron por sus muslos, arrugando el vestido hasta la cintura. "Estás mojada, chula", gruñó contra su boca, dedos rozando la tela húmeda de sus panties. Ella arqueó la espalda, el tacto áspero de sus yemas haciendo que sus paredes internas se contrajeran de anticipación.
"Cállate y fóllame ya", exigió ella, voz ronca, tirando de su corbata para acercarlo. Arturo rio bajo, ese sonido gutural que la deshacía. Deslizó los panties a un lado, un dedo explorando su calor resbaladizo. El sonido húmedo de su entrada la avergonzó y excitó a partes iguales. Qué neta, este hombre sabe tocarme como nadie. Él introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que la hacía ver estrellas. Daniela clavó las uñas en sus hombros, el dolor placentero sacando un gemido de él.
El ritmo aumentó, su pulgar frotando el clítoris hinchado en círculos lentos, torturadores. El aire se llenó del aroma almizclado de su excitación, mezclado con el sudor que perlaba sus frentes. "Mírame", ordenó Arturo, ojos fijos en los de ella mientras la llevaba al borde. Daniela obedeció, perdida en ese abismo oscuro, el poder que él ejercía ahora no era de juntas, sino de puro dominio carnal.
Pero ella no era de rendirse fácil. Bajó del escritorio, empujándolo contra la pared de vidrio. El frío del cristal contrastó con el calor de su piel cuando ella se arrodilló. "Mi turno, pendejo", susurró, desabrochando su pantalón. La verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm que ella lamió con deleite. Sabor salado, masculino, adictivo. Arturo siseó, mano enredándose en su cabello negro. "¡Órale, Dani! Chúpamela como se debe".
Ella lo tomó profundo, garganta relajándose para tragarlo entero, labios estirados alrededor de su grosor. El sonido obsceno de succión llenó la habitación, junto con los gemidos roncos de él. Subía y bajaba, lengua girando en la cabeza sensible, manos masajeando sus bolas pesadas. Arturo temblaba, caderas empujando instintivo.
Lo tengo en mis manos, literalmente. Este poder es mío ahora.Lo sintió hincharse, pero se apartó justo antes, sonriendo con malicia. "No tan rápido, mi rey".
La levantó de un tirón, girándola contra el vidrio. El skyline se reflejaba en sus ojos nublados de lujuria mientras él levantaba su vestido y embestía de una vez. "¡Ay, cabrón!", gritó ella, el estiramiento glorioso llenándola hasta el fondo. Paredes internas apretándolo como un guante, jugos resbalando por sus muslos. Arturo la tomó por las caderas, embestidas profundas y salvajes, piel chocando con piel en un ritmo primitivo.
"Eres mía, Dani. Toda mía", gruñó él, una mano subiendo a pellizcar un pezón endurecido. El dolor se fundió en placer, ondas eléctricas bajando directo a su centro. Ella empujó hacia atrás, encontrando cada thrust, clítoris frotándose contra la base de su verga. El sudor corría por sus espaldas, el aroma de sexo impregnando el aire. "¡Más fuerte! ¡Chíngame como hombre!", exigió, voz quebrada.
Él obedeció, acelerando, bolas golpeando su trasero. Un dedo encontró su ano, presionando suave, enviando chispas nuevas. Daniela se deshizo primero, el orgasmo rugiendo como tormenta. "¡Me vengo! ¡Sí, Arturo!", chilló, visión explotando en colores, cuerpo convulsionando alrededor de él. El apretón lo llevó al límite; con un rugido gutural, se vació dentro, chorros calientes pintando sus paredes.
Se derrumbaron juntos al suelo, alfombra persa amortiguando la caída. Arturo la abrazó por detrás, verga aún semi-dura dentro, pulsando residual. El corazón de ella latía desbocado contra su pecho, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El sabor de él persistía en su boca, el olor de sus fluidos mezclados en su piel.
"Pasión y poder capítulo 117", murmuró Daniela, riendo suave. "Esta vez ganamos los dos". Él besó su hombro, mano acariciando su vientre. "Siempre será así, nena. Tú y yo contra el mundo". En la quietud post-coital, con la ciudad rugiendo abajo, supieron que su historia continuaría, un capítulo más de fuego y dominio compartido.