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Pasion Prohibida Capitulo 88 El Susurro de la Noche

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Pasion Prohibida Capitulo 88 El Susurro de la Noche

El viento nocturno de Guadalajara me rozaba la piel como una caricia prohibida mientras caminaba por el jardín trasero de la hacienda familiar. Las luces tenues de las farolas iluminaban los rosales en flor, y el aroma dulce de las bugambilias se mezclaba con el humo lejano de una fogata. Tenía veintiocho años, era Ana López, diseñadora de joyería en la empresa de mi familia, y esa noche mi corazón latía desbocado porque sabía que él vendría. Marco Ruiz, el hijo del eterno rival de mi padre en el negocio del mezcal. Nuestras familias se odiaban desde generaciones, pura sangre caliente tapatía, pero entre nosotros ardía algo que no podíamos apagar. Era nuestra pasión prohibida, y este encuentro era como el capítulo 88 de un culebrón que solo nosotros escribíamos.

Me apoyé en la pared de adobe, el vestido negro ceñido a mi cuerpo sudado por la humedad de la noche, mis pezones endurecidos contra la tela fina. ¿Y si nos descubren, wey? pensé, pero el deseo me nublaba la razón. Lo oí llegar antes de verlo: el crujido de las gravelas bajo sus botas, ese paso firme que me hacía temblar las rodillas. Salió de las sombras, alto, moreno, con esa barba incipiente que me raspaba delicioso la piel. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo.

¿Cuánto tiempo más aguantaremos esta mierda de familias en guerra? Solo quiero enterrarme en ti, Ana, hasta que grites mi nombre y olvide todo.

"Órale, mi reina", murmuró con esa voz ronca que me erizaba el vello. Se acercó lento, como si saboreara cada paso, y yo sentí el calor de su cuerpo antes de que me tocara. Sus manos grandes, callosas de tanto manejar barriles de mezcal, me tomaron la cintura. Olía a tierra mojada, a cuero y a ese perfume amaderado que me volvía loca. Nuestros labios se rozaron apenas, un beso fantasma que prometía tormentas.

"Marco, neta que esto es una locura", le dije, mi aliento entrecortado contra su boca. "Si mi carnal me ve aquí contigo, me arma el desmadre del siglo". Él rio bajito, ese sonido grave que vibraba en mi pecho, y me jaló más cerca. Sus dedos se clavaron en mis caderas, y yo arqueé la espalda instintivo, presionando mis tetas contra su torso duro.

La tensión crecía como el fuego de una leñera. Hablamos en susurros, recordando la primera vez que nos vimos en la feria del mezcal, cuando nuestras miradas chocaron como rayos. "Eras un pendejo presumido con tu sombrero charro", le eché en cara, riendo. "Y tú una fresita que no sabía ni paladear un buen raicero", contestó él, mordisqueándome el lóbulo de la oreja. Cada palabra era un pretexto para tocar más, para oler más profundo. Su aliento sabía a tequila reposado, dulce y ardiente, y yo lamí su cuello, saboreando la sal de su sudor.

Nos movimos al rincón del jardín, detrás de un muro cubierto de enredaderas. La luna pintaba su piel de plata, y yo desabroché su camisa con dedos temblorosos. Sus pectorales duros, salpicados de vello negro, se revelaron ante mí. "Qué chingón estás, cabrón", gemí, pasando las uñas por su abdomen marcado. Él gruñó, un sonido animal que me mojó entre las piernas. Me levantó el vestido, sus palmas ásperas subiendo por mis muslos suaves, hasta encontrar mis panties empapadas.

"Estás chorreando por mí, ¿verdad, mi amor?", susurró, frotando mi clítoris por encima de la tela. El roce fue eléctrico, un cosquilleo que me subió por la espina dorsal. Jadeé, aferrándome a sus hombros, mis uñas hundiéndose en su carne. No pares, wey, no pares, rogaba en silencio. Me quitó las bragas de un tirón, el aire fresco lamiendo mi coño expuesto, y metió dos dedos gruesos adentro. Estaban calientes, resbalosos, curvándose justo donde lo necesitaba. El sonido húmedo de mis jugos era obsceno, mezclándose con los grillos y el viento en las hojas.

Mi mente era un torbellino. Esto es prohibido, pero qué rico se siente ser mala. Lo empujé contra el muro, me arrodillé en la grava que me raspaba las rodillas, y desabroché su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. Olía a macho puro, a deseo crudo. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su piel salada, ese gusto almendrado que me hacía salivar. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, gimiendo "Así, Ana, trágatela toda". La chupé profundo, mi garganta relajándose para él, las bolas pesadas golpeando mi barbilla. Sus caderas se movían lento, follándome la boca con ternura feroz.

Pero quería más. Me puse de pie, temblando, y lo besé con furia, compartiendo mi saliva y su sabor. "Cógeme ya, Marco", le supliqué, mi voz ronca de necesidad. Me giró de espaldas, apoyándome en el muro áspero que me erizaba la piel. Su verga dura se frotó contra mis nalgas, caliente como hierro forjado. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Diosito! Grité bajito, el estirón delicioso, mis paredes apretándolo como guante. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pelvis que resonaba en la noche. El sudor nos unía, resbaloso, su pecho contra mi espalda, sus manos amasando mis tetas, pellizcando los pezones duros.

La intensidad subía como el volumen de un mariachi. Aceleró, sus bolas chocando contra mi clítoris hinchado, el placer acumulándose en espiral. "Eres mía, Ana, solo mía", gruñía en mi oído, mordiendo mi hombro. Yo empujaba hacia atrás, follándolo con ganas, mis jugos chorreando por mis muslos. El aroma de sexo flotaba pesado, almizclado, mezclado con jazmín. Mis piernas flaqueaban, el orgasmo acechando como tormenta.

"Métemela más duro, pendejo", le pedí, y él obedeció, clavándome con fuerza salvaje. El muro raspaba mis palmas, el dolor sumándose al éxtasis. Sentí la liberación venir, un nudo deshaciéndose. Grité su nombre, mi coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo. Él rugió, hinchándose dentro, y se corrió profundo, chorros calientes inundándome, goteando por mis piernas.

Nos quedamos unidos, jadeando, el mundo girando lento. Me giró con cuidado, besándome la frente sudorosa, sus ojos brillando con algo más que lujuria. Amor, neta. "No importa las familias, mi vida. Esto es nuestro". Yo asentí, lágrimas de gusto en los ojos, mi cuerpo laxo y satisfecho. El afterglow nos envolvió como niebla tibia, sus dedos trazando círculos en mi espalda, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante calmarse.

Caminamos de regreso tomados de la mano, prometiendo más capítulos. En mi mente, grabé esta noche como el clímax perfecto de nuestra pasión prohibida capítulo 88. Mañana volveríamos a ser extraños en el mercado del mezcal, pero esta llama no se apagaría. Qué chido ser rebelde, pensé, sonriendo en la oscuridad.

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