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Noche Ardiente en el Motel Pasion Cuautla

6575 palabras

Noche Ardiente en el Motel Pasion Cuautla

El sol del mediodía caía a plomo sobre las calles de Cuautla, pero yo solo sentía el calor que me subía por el pecho al pensar en él. Me llamaba Ana, una morra de veintiocho años que trabajaba en una tiendita de abarrotes en el centro, pero esa tarde había cerrado temprano con una excusa chueca. Mi carnala me cubría, bendita sea. Javier, mi amante secreto, me había mandado un mensajito esa mañana: "Te espero en el Motel Pasion Cuautla a las tres. No tardes, mi reina." Mi corazón latió como tambor de banda mientras manejaba mi vochito viejo por la carretera polvorienta. El aire olía a tierra mojada por la llovizna de anoche y a las flores de cempasúchil que vendían en el mercado.

Estacioné frente a la entrada discreta del motel, ese lugar legendario en Cuautla donde las parejas van a desahogarse sin que nadie meta las narices. El letrero neón parpadeaba Motel Pasion Cuautla, aunque todavía era de día, prometiendo noches de fuego. Pagué la hora en recepción sin mirarle a la cara al recepcionista, un viejo cascarrabias que seguramente había visto de todo. Me dieron la llave de la habitación 12, la que tiene jacuzzi y espejos en el techo, perfecta para lo que venía.

Entré y el olor a desinfectante mezclado con incienso barato me golpeó. La cama king size estaba cubierta de sábanas rojas satén, y las luces tenues ya encendidas creaban sombras juguetones en las paredes. Me quité los huáraches y caminé descalza sobre la alfombra mullida, sintiendo el fresco del piso en mis pies sudorosos.

¿Y si no llega? ¿Y si me deja plantada como pendeja?
me dije, pero el zumbido del aire acondicionado me calmó los nervios. Me miré en el espejo del baño: mi blusa escotada dejaba ver el encaje negro de mi brasier, y la falda corta marcaba mis caderas anchas. Me sentía chida, poderosa, lista para devorarlo.

La puerta se abrió de golpe y ahí estaba Javier, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Llevaba una playera ajustada que dejaba ver sus pectorales tatuados y unos jeans que no disimulaban nada. "¡Mi amor!" gruñó, cerrando con llave y abrazándome fuerte. Su cuerpo olía a sudor fresco y colonia barata, esa que me volvía loca. Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando hasta mis nalgas, y yo gemí bajito contra su cuello.

"Te extrañé tanto, cabrón", le susurré, mordiéndole la oreja. Nos besamos como animales hambrientos, lenguas enredadas, saliva dulce y salada mezclándose. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como fierro, y un cosquilleo me subió por las piernas.

Esto es lo que necesitaba, este pinche fuego que solo él enciende en mí.
Lo empujé hacia la cama, riéndome mientras él tropezaba juguetón.

Nos quitamos la ropa con prisa, pero sin brusquedad, saboreando cada botón desabrochado, cada prenda que caía al suelo con un plop suave. Su piel morena brillaba bajo las luces, músculos tensos por el deseo. Yo me quedé en tanga, él en bóxer, y nos miramos como si fuera la primera vez. "Eres una diosa, Ana", dijo, voz ronca, y me tendió en la cama. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, chupando mis tetas hasta que los pezones se pusieron duros como piedras. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el olor de mi propia excitación llenando el aire, ese aroma almizclado que nos volvía locos.

Él se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, mi monte de Venus. "Déjame probarte, mi vida". Rasgó la tanga con los dientes, y su lengua caliente se hundió en mi concha húmeda. ¡Ay, Dios! El roce áspero de su barba contra mis muslos, el chasquido húmedo de su boca devorándome, me hizo gritar.

Me tiene en la palma de su mano, este pendejo sabe exactamente cómo hacerme volar.
Mis jugos le corrían por la barbilla, y él lamía con hambre, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El placer subía en olas, mi clítoris hinchado palpitando bajo su lengua experta.

Pero no quería correrme todavía. Lo jalé del pelo y lo subí encima. "Ahora yo, papi". Le quité el bóxer y su verga saltó libre, venosa, goteando precum que lamí como miel. Sabía salado, masculino, y la chupé profundo, garganta abajo, mientras él jadeaba "¡Chingada madre, qué rica boca!". Mis manos masajeaban sus huevos pesados, y él se movía despacio, follándome la cara con ternura salvaje. El sonido de succión y gemidos llenaba la habitación, el espejo reflejando todo: mi culo en pompa, su cara de éxtasis.

La tensión crecía como tormenta. "Fóllame ya, Javier, no aguanto", rogué, abriendo las piernas. Él se colocó, la punta rozando mis labios hinchados, y empujó lento, centímetro a centímetro. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. "¡Sí, así, cabrón!" grité, uñas clavadas en su espalda. Empezó a bombear, primero suave, piel contra piel chapoteando, olor a sexo puro invadiendo todo. Luego más rápido, la cama crujiendo, nuestros cuerpos sudados resbalando.

Nos volteamos, yo encima, cabalgándolo como reina. Mis tetas rebotaban, él las amasaba gruñendo.

Esto es mío, este placer es nuestro, nadie nos lo quita.
El jacuzzi nos llamaba, así que nos metimos sin parar, el agua caliente burbujeando alrededor. Me sentó en el borde, piernas abiertas, y me penetró de pie, salpicando agua, mis gemidos ecoando en las baldosas. El vapor subía, mezclándose con nuestro sudor, y él me besaba el cuello mientras me daba duro.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones: perrito frente al espejo, viéndonos follar como pornstars. Su mano en mi clítoris, frotando círculos, y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus muslos. "¡Me vengo, pinche amor!" Él no tardó, sacándola y eyaculando en mi espalda, chorros espesos y calientes que corrían como lava.

Nos desplomamos en la cama, jadeando, cuerpos pegajosos. El aire olía a semen, sudor y satisfacción. Javier me abrazó, besándome la frente. "Eres lo mejor que me ha pasado, Ana". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

En este Motel Pasion Cuautla encontramos nuestro paraíso, y volveremos mil veces.
Afuera, el sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo, pero nosotros flotábamos en el afterglow, listos para la próxima ronda cuando el cuerpo lo pidiera.

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