Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Secreta Netflix Desatada Pasión Secreta Netflix Desatada

Pasión Secreta Netflix Desatada

6584 palabras

Pasión Secreta Netflix Desatada

Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Era viernes por la noche, y como buena chilanga, me tiré en el sofá con mi laptop abierta en Netflix. Scrolleé sin rumbo hasta que me topó Pasión Secreta, una serie que prometía drama y morbo a reventar. La sinopsis hablaba de amores prohibidos y deseos ocultos, justo lo que necesitaba para desconectar del pinche estrés del trabajo. Le di play, y desde el primer capítulo, el calor me subió por el cuerpo. La prota, una morra despampanante, se enredaba con su vecino en escenas que me hicieron apretar las piernas sin darme cuenta.

De repente, timbró la puerta. Era Luis, mi carnal del gym, el wey que siempre me sacaba una sonrisa con su cara de pendejo simpático. Alto, moreno, con esos brazos tatuados que se veían riquísimos bajo la playera ajustada. "¿Qué onda, Ana? ¿Sola y aburrida?" dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Le invité a pasar, y sin pensarlo dos veces, le ofrecí chelas del refri. "Justo estaba viendo Pasión Secreta en Netflix, ¿la cachas?" le pregunté, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Él se rio, "Neta no, pero si tú dices que está chida, me apunto." Se sentó juntito a mí en el sofá, su muslo rozando el mío, y el aroma de su colonia fresca invadió el espacio, mezclado con un toque de sudor del día que me volvió loca.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo Luis, el wey con el que platico de todo. Pero esa cercanía... ay, wey, no manches.

La serie avanzó, y las escenas se pusieron intensas. La pareja en pantalla se besaba con hambre, manos explorando cuerpos, gemidos suaves que retumbaban en los bocinas. Sentí el calor entre mis piernas crecer, mi respiración agitada. Miré de reojo a Luis: sus ojos fijos en la pantalla, pero la mandíbula tensa, las manos apretando el control remoto. "Está cabrona esta serie, ¿no?" murmuró, su voz ronca. Asentí, mordiéndome el labio. Nuestras miradas se cruzaron, y ahí fue: esa chispa, la pasión secreta que ambos escondíamos desde hace meses. Sus dedos rozaron mi mano accidentalmente, pero no la retiró. En cambio, la entrelazó con la mía, suave, cálida, enviando ondas de electricidad por mi espina.

El episodio terminó, pero ninguno se movió. El silencio era espeso, cargado de tensión. "Ana... neta que me estás volviendo loco con esto de Pasión Secreta en Netflix", confesó, girándose hacia mí. Su aliento cálido en mi cuello, oliendo a chela y deseo. "Yo también, carnal. Siempre he querido... esto", susurré, mi voz temblorosa. Se acercó más, su nariz rozando mi mejilla, y me besó. Dios, qué beso. Sus labios carnosos, suaves al principio, luego urgentes, lengua danzando con la mía, sabor salado y dulce a la vez. Gemí bajito, mis manos subiendo por su pecho firme, sintiendo los músculos contraerse bajo mis palmas.

La tensión explotó ahí. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a mi recámara, donde la luz tenue de la lámpara pintaba sombras sensuales en las paredes. Me tiró en la cama con cuidado, su cuerpo cubriendo el mío, peso delicioso que me aplastaba contra las sábanas frescas. "Eres tan chingona, Ana", murmuró mientras besaba mi cuello, chupando suave, dejando marcas húmedas que ardían de placer. Olía a su piel morena, a macho sudado, mezclado con mi perfume de vainilla. Mis uñas se clavaron en su espalda, arañando juguetona, mientras él bajaba mi blusa, exponiendo mis tetas al aire. Las lamió con devoción, lengua girando en los pezones duros, succionando hasta que arqueé la espalda, gimiendo "¡Ay, Luis, no pares, pendejo!"

Su boca es fuego puro. Cada roce me moja más, siento el calor bajando, empapando mis calzones. Quiero que me coma entera.

Le quité la playera, admirando su torso esculpido, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Mis manos bajaron a su pantalón, desabrochando el cinto con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura como piedra, gruesa, venosa, latiendo contra mi palma. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él gruñó, un sonido animal que me erizó toda. "Te la chupas tan rico, mi reina", jadeó cuando me arrodillé, lamiendo la punta, sabor salado y almizclado invadiendo mi boca. La tragué profunda, lengua jugando en el tronco, sus caderas empujando suave, manos enredadas en mi pelo. Gemía mi nombre, "Ana, carajo, qué boca", y yo me sentía poderosa, empoderada, controlando su placer.

Me levantó, volteándome de espaldas, y bajó mis jeans con urgencia. Sus dedos encontraron mi concha empapada, resbalosos, frotando el clítoris en círculos perfectos. "Estás chorreando, morra", dijo con voz juguetona, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía ver estrellas. Grillé, empujando contra su mano, el sonido húmedo de mi excitación llenando la habitación junto a nuestros jadeos. El olor a sexo crudo, almizcle y sudor, nos envolvía como niebla espesa. Me penetró lento al principio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. "¡Sí, así, carnal! Más duro", supliqué, y él obedeció, embistiéndome con ritmo creciente, piel chocando contra piel, slap slap slap ecoando.

Cambié de posición, montándolo como amazona, sus manos en mis caderas guiándome. Lo cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. Lo veía desde arriba, ojos oscuros clavados en mí, labios entreabiertos gimiendo. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, placer acumulándose como tormenta. "Vente conmigo, Ana, neta", rugió, y exploté. El orgasmo me sacudió entera, olas de fuego desde el centro hacia afuera, chillando su nombre, concha apretándolo como vicio. Él se vino segundos después, caliente adentro, gruñendo, cuerpo tenso bajo el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos, mientras el olor a sexo persistía, mezclado con nuestros sudores. "Esto era nuestra pasión secreta, ¿verdad? Como en esa serie de Netflix", dijo riendo bajito. Sonreí contra su pecho, escuchando su corazón latir fuerte aún. "Sí, wey. Y no va a ser la última vez". El afterglow nos envolvió, paz profunda, conexión real. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en mi cama, habíamos desatado algo eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.