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Pasión Prohibida Capítulo 17 Parte 2

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Pasión Prohibida Capítulo 17 Parte 2

La noche en la hacienda de mi familia ardía como un volcán a punto de estallar. El aire olía a jazmín mezclado con el humo de las parrillas donde asaban carnitas jugosas, y el sonido de las rancheras retumbaba desde los altavoces, haciendo vibrar el piso de terracota. Yo, Laura, de treinta y dos años, con mi vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de mi cuerpo maduro y deseoso, no podía quitarle los ojos a Diego, el carnal de mi esposo, ese wey alto moreno con ojos que prometían pecados inolvidables.

Mi matrimonio con Raúl era una rutina chafa, llena de besos fríos y noches solitarias. Pero Diego... ay, Diego, desde que lo vi por primera vez en esa boda familiar hace meses, supe que nuestra pasión prohibida iba a consumirme. Era el capítulo 17 parte 2 de nuestra historia secreta, la continuación de aquella noche en el motel de la carretera a Puebla donde nos dimos el primer revolcón salvaje. Hoy, con la familia distraída en la fiesta del quinceañero de mi sobrina, él me había mandado un mensajito: "Ven al cobertizo atrás de la alberca. No mames, te necesito ya". Mi corazón latió como tamborazo zacatecano.

¿Qué chingados estoy haciendo? —me dije mientras caminaba sigilosa entre las sombras de los naranjos—. Raúl está allá riendo con sus cuates, y yo voy a traicionarlo otra vez. Pero neta, Diego me pone la piel chinita, me hace mojarme con solo pensarlo.

El cobertizo olía a madera húmeda y cloro de la alberca cercana. La puerta crujió al abrirse, y ahí estaba él, sin camisa, con el pecho sudado brillando bajo la luz de la luna que se colaba por las rendijas. Sus músculos se tensaban como cuerdas de guitarra, y ese bultito en sus jeans me dejó sin aliento.

—Wey, llegaste —murmuró con voz ronca, jalándome adentro y cerrando la puerta con llave—. No aguanto más verte con ese vestido, pareces una diosa del inframundo.

Sus manos grandes y callosas me rodearon la cintura, y sentí su calor penetrando la tela fina. Mi piel se erizó al instante, y un gemido se me escapó cuando sus labios rozaron mi cuello, oliendo a tequila y hombre puro. Lo empujé contra la pared de madera áspera, mis uñas clavándose en su espalda mientras nuestras bocas se devoraban. Sabía a sal y deseo, su lengua explorando la mía con urgencia hambrienta.

Acto uno de nuestra noche prohibida acababa de empezar, pero ya el fuego nos consumía. Le arranqué el cinturón, mis dedos temblando de anticipación. Esto es lo que necesito, no las caricias tibias de Raúl, pensé mientras bajaba el zipper y liberaba su verga dura, gruesa, palpitante. Olía a macho excitado, ese aroma almizclado que me volvía loca.

—Métemela ya, Diego —le supliqué, mi voz entrecortada por la respiración agitada.

Pero él, pícaro como siempre, me frenó con una sonrisa lobuna.

—No tan rápido, carnala. Quiero saborearte primero, como en nuestro capítulo anterior.

Me levantó en vilo y me sentó en una mesa vieja cubierta de una manta raída. El roce de la madera contra mis muslos desnudos me hizo jadear. Subió mi vestido hasta la cintura, exponiendo mis tangas empapadas. Con dientes y dedos, las deslizó por mis piernas, besando cada centímetro de piel. El aire fresco del cobertizo contrastaba con el calor de su aliento en mi entrepierna.

Acto dos: la escalada. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con maestría, chupando suave al principio, luego con fuerza voraz. Sentí cada roce como electricidad, mis caderas moviéndose solas contra su boca.

¡Qué rico, wey! Me estás volviendo loca, no pares
, grité en mi mente mientras mis manos se enredaban en su pelo negro revuelto. El sonido húmedo de su succión se mezclaba con mis gemidos ahogados, temiendo que alguien en la fiesta nos oyera. Sudor perló mi frente, goteando entre mis pechos que subían y bajaban como olas del Pacífico.

—Estás deliciosa, Laura, como tamal oaxaqueño recién hecho —gruñó él, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

Mi cuerpo se convulsionó, el orgasmo building como tormenta en el desierto sonorense. Grité su nombre, mordiéndome el labio para no delatarme, mientras jugos calientes corrían por sus dedos. Él se lamió los labios, ojos brillando de triunfo.

—Ahora sí, mi reina —dijo, poniéndose de pie y alineando su verga con mi entrada resbaladiza.

Me penetró de un solo empujón profundo, llenándome por completo. Sentí cada vena, cada pulso de su miembro dentro de mí, estirándome deliciosamente. Nos movimos en ritmo frenético, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, urgiéndolo más hondo. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el jazmín que entraba por las grietas.

Esto es nuestra pasión prohibida, capítulo 17 parte 2, pensé en éxtasis, mientras él me besaba los pechos, succionando mis pezones duros como piedras de obsidiana. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque, mis tetas rebotando, su verga tocando lo más profundo. Sudor nos unía, resbaloso y caliente.

—¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo! —le exigí, usando ese slang juguetón que nos excita.

Él obedeció, manos en mis caderas guiándome, gruñendo como toro bravo. La tensión creció, mis músculos internos apretándolo, hasta que explotamos juntos. Su leche caliente me inundó, mi segundo orgasmo me dejó temblando, piernas flojas, visión borrosa. Colapsamos en la manta, jadeantes, corazones latiendo al unísono.

Acto tres: el afterglow. Acaricié su pecho, escuchando su respiración calmarse, oliendo nuestra mezcla de fluidos. La fiesta seguía allá afuera, risas lejanas como ecos de otro mundo.

—Neta, Laura, esto no puede parar —susurró, besándome la frente—. Eres mi vicio, mi pasión prohibida.

Sé que es riesgoso, que Raúl podría enterarse y armar pedo. Pero en este momento, con su cuerpo pegado al mío, siento paz, empoderada, viva. ¿Vale la pena? Chingen a todos, sí vale
, reflexioné mientras el sol empezaba a asomarse, tiñendo el cielo de rosa.

Nos vestimos a prisa, robándonos besos robados. Salí primero, arreglándome el pelo, con la sonrisa de quien guarda el mejor secreto. Diego me guiñó el ojo desde las sombras.

De vuelta en la fiesta, Raúl me abrazó distraído, ajeno a todo. Pero yo sabía: este capítulo 17 parte 2 de nuestra pasión prohibida solo era el preludio de más noches de fuego. Mi cuerpo aún vibraba, recordándome que el deseo verdadero no se apaga con promesas vacías.

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