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Pasión Cap 49 El Deseo que Arde

6968 palabras

Pasión Cap 49 El Deseo que Arde

Ana se recargó en la puerta de su departamento en Polanco, con el corazón latiéndole como tamborazo en fiesta de pueblo. El aire de la noche traía ese olor a jazmín del jardín de abajo, mezclado con el humo lejano de unos taquitos asándose en la esquina. Hacía años que no veía a Javier, pero esa pinche llamada de la tarde la había dejado hecha un nudo. "Órale, carnala, ¿sigues tan rica como siempre?", le había dicho con esa voz ronca que todavía le erizaba la piel. Neta, pensó, este wey sabe cómo encender la mecha.

El timbre sonó y ella abrió de un jalón. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba problemas. Vestía una camisa guayabera ajustada que marcaba sus pectorales, y unos jeans que le quedaban como pintados. "¡Mamacita!", soltó él, abrazándola fuerte. Ana sintió su calor contra su cuerpo, el aroma de su colonia terrosa, como tierra mojada después de la lluvia en Guadalajara. Sus manos grandes le rozaron la espalda baja, y un escalofrío le subió por las nalgas.

¿Cuántas veces soñé con esto? Javier siempre ha sido mi vicio, mi pasión cap 49 en esta novela que no termina.

Pasaron al sillón de cuero, con una botella de tequila reposado ya abierta sobre la mesa. El líquido ámbar brillaba bajo la luz tenue de las velas que ella había encendido, pensando en él. Sirvió dos shots y chocaron vasos. "Por las noches que nos debemos, reina", brindó Javier, sus ojos negros clavados en los de ella. Ana bebió, sintiendo el fuego bajar por su garganta, calentándole el estómago y avivando el cosquilleo entre las piernas. Hablaron de todo y nada: del pinche tráfico de Reforma, de su nuevo curro en diseño gráfico, de cómo ella había subido de puesto en la agencia. Pero el aire se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta en el Pacífico.

Él se acercó más, su muslo rozando el de ella. "No mames, Ana, sigues oliendo a vainilla y pecado", murmuró, inhalando profundo cerca de su cuello. Ella rió bajito, pero su cuerpo traicionaba el juego. Sus pezones se endurecieron bajo la blusa de seda, y un calor húmedo se acumulaba en su centro. Javier le tomó la mano, acariciando sus dedos con el pulgar, trazando círculos lentos que la volvían loca. "¿Te acuerdas de aquella vez en la playa de Puerto Vallarta?", preguntó él, su aliento cálido en su oreja. Ana asintió, recordando la arena tibia bajo sus nalgas, el salitre en su piel, sus gemidos ahogados por las olas.

El deseo crecía como lava. Javier se inclinó y la besó, suave al principio, labios carnosos probando los suyos, lengua juguetona pidiendo entrada. Ana se abrió, saboreando el tequila en su boca, el leve dulzor de su saliva. Sus lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Él le subió la blusa, tocando su piel suave del vientre, subiendo hasta los senos. Ella jadeó cuando sus dedos rozaron un pezón, pellizcándolo con delicadeza. "Qué chingón se siente, Javier", susurró ella, arqueando la espalda.

Se levantaron como poseídos, tropezando hacia el cuarto. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas y suaves. Javier la desvistió con calma tortuosa, besando cada centímetro que liberaba: el hombro, el hueco de la clavícula, el ombligo. Ana temblaba, su piel erizada, oliendo su propio aroma de excitación mezclado con el de él. Le quitó la camisa, lamiendo su pecho salado, mordisqueando un pezón oscuro. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho y le llegó directo al clítoris.

Esto es pasión cap 49, el capítulo donde todo explota. No hay vuelta atrás, wey.

Caían sobre la cama, cuerpos enredados. Javier le separó las piernas con las rodillas, besando su interior de muslos, inhalando su esencia almizclada. "Estás empapada, mi amor", dijo, voz ronca de hambre. Su lengua encontró su centro, lamiendo lento, saboreando sus jugos dulces y salados. Ana se arqueó, gimiendo fuerte, manos enredadas en su cabello negro. "¡Ay, cabrón, no pares!", suplicó, caderas moviéndose al ritmo de su boca. Él chupaba su clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su sexo llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y el zumbido del ventilador en el techo.

El clímax la golpeó como ola gigante. Ana gritó, cuerpo convulsionando, pulsos latiendo en su yoni, jugos brotando. Javier lamió todo, prolongando el placer hasta que ella lo jaló arriba. "Te quiero dentro, ya", ordenó, voz entrecortada. Él se quitó los jeans, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. Ana la tomó en mano, sintiendo su calor palpitante, la piel aterciopelada sobre acero. La masturbó lento, oyendo sus gemidos roncos, oliendo su sudor masculino.

Se puso encima, guiándolo a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. "Qué rico, Javier, me partís en dos", gimió ella, comenzando a cabalgar. Sus caderas ondulaban, senos rebotando, él los tomaba, amasándolos, pellizcando pezones. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Javier embestía desde abajo, profundo, golpeando su cervix con cada thrust.

Cambiaron posiciones, él arriba ahora, misionero intenso. La miró a los ojos mientras la penetraba, lento y profundo. "Eres mía, Ana, neta", gruñó, acelerando. Ella clavó uñas en su espalda, piernas enredadas en su cintura, sintiendo cada vena de su polla rozando sus paredes internas. El placer subía en espiral, tensión en su bajo vientre. "Vente conmigo, amor", jadeó él, y ella explotó de nuevo, vagina contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Javier rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándola, su semen mezclándose con sus jugos.

Colapsaron, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Él la abrazó por detrás, su verga semi-dura aún dentro, pulsando suave. Ana sintió el latido de su corazón contra su espalda, el olor de sus cabellos húmedos. Besos perezosos en su cuello, manos acariciando su vientre. "Esto fue pasión cap 49, la mejor hasta ahora", murmuró él, riendo bajito. Ella sonrió, girando para besarlo. "Y habrá cap 50, pendejo. No te me vas."

Se quedaron así, enredados, el mundo afuera olvidado. El tráfico de Insurgentes zumbaba lejano, pero aquí solo existían sus respiraciones calmándose, la piel enfriándose, el sabor salado en sus labios. Ana pensó en lo completo que se sentía, en cómo Javier despertaba esa fuego que nadie más tocaba. Mañana sería otro día de pinches juntas y correos, pero esta noche era suya, pura pasión mexicana, cruda y eterna.

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