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Pasiones Desenfrenadas en la Semana de la Pasión de Cristo

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Pasiones Desenfrenadas en la Semana de la Pasión de Cristo

En el corazón de un pueblo jalisciense durante la Semana de la Pasión de Cristo, el aire olía a incienso quemado y a jazmines marchitos bajo el sol abrasador. Las calles empedradas vibraban con el eco de las matracas y los cantos lúgubres de los penitentes. Sofía caminaba en la procesión del Viernes Santo, su morena piel perlada de sudor bajo el huipil negro ajustado que realzaba sus curvas generosas. Llevaba una vela temblorosa en la mano, pero su mente no estaba en las imágenes sagradas que desfilaban. No, sus ojos buscaban a él.

Marco, el carpintero del pueblo, alto y moreno como un tezontle, con brazos fuertes de tanto labrar madera. Lo vio entre la multitud, su camisa blanca pegada al pecho musculoso por el bochorno. Sus miradas se cruzaron como un rayo en la penumbra de la tarde. Sofía sintió un cosquilleo en el vientre, ese calor traicionero que subía desde sus muslos. ¿Qué chingados estoy pensando? Es Semana Santa, pendeja, se regañó en silencio, apretando las piernas mientras el sudor le resbalaba entre los senos.

Pero su verga gruesa, esa que sentí una vez hace años en el pajar del rancho... Ay, Virgen, no pienses en eso ahora.

La procesión avanzaba lenta, los pasos de los nazarenos resonando como latidos ahogados. Marco se acercó, fingiendo ajustar su vela. —Órale, Sofía, qué caliente está esta pinche semana, ¿no? murmuró con voz ronca, su aliento cálido rozándole la oreja. Ella asintió, mordiéndose el labio, el pulso acelerado como el tambor de la banda lejana.

El deseo era un fuego lento que había ardido desde su juventud. Habían sido amantes en secreto antes de que ella se casara con un hombre soso que nunca la hacía volar. Ahora viuda, Sofía se sentía libre, pero la culpa religiosa la atenazaba. Sin embargo, en esa Semana de la Pasión de Cristo, con el Cristo yaciendo en su tumba de flores, algo en el aire la impulsaba a pecar gloriosamente.

Al final de la procesión, cuando la gente se dispersaba hacia las posadas con olor a mole y tamales, Marco la tomó de la mano. —Ven, carnala, vámonos a la capilla vieja del cerro. Nadie nos ve. Ella dudó un segundo, el corazón martilleando, pero el roce de sus dedos callosos en su palma fue suficiente. Asintió, y corrieron riendo bajito por el sendero polvoriento, el viento nocturno trayendo aromas de tierra húmeda y eucalipto.

La capilla abandonada era un refugio perfecto: paredes de adobe agrietado, velas olvidadas en el altar, y un colchón de heno fresco que Marco había preparado días antes. La luna se colaba por las ventanas rotas, bañando todo en plata. Sofía entró temblando de anticipación, su huipil pegajoso contra la piel. Marco cerró la puerta con un tablón, girándose hacia ella con ojos hambrientos.

—Te he extrañado, mi reina, dijo, acercándose lento. Sus manos grandes subieron por sus brazos, erizándole la piel. Sofía jadeó, oliendo su sudor masculino mezclado con el jabón de lavanda. Lo miró fijo, empoderada en su deseo.

—Pues demuéstramelo, güey. Hazme tuya esta noche santa.

Se besaron con furia contenida, labios carnosos chocando, lenguas danzando como en una procesión prohibida. El sabor salado de su boca, el roce áspero de su barba incipiente contra su mejilla suave. Marco deslizó las manos bajo su huipil, amasando sus nalgas redondas, apretando hasta que ella gimió contra su boca. Qué rico se siente su calor, pensó ella, mientras sus pezones se endurecían rozando el tejido.

Esto es pecado, pero qué pecado tan chido. La Pasión de Cristo nos perdona, ¿o nomás me lo invento?

Él la despojó del huipil con reverencia, exponiendo sus senos plenos, oscuros pezones erectos como ofrendas. Sofía lo empujó contra el altar, quitándole la camisa con urgencia. Su pecho velludo brillaba a la luz lunar, músculos tensos bajo sus uñas. Bajó la mano a su pantalón, sintiendo la verga dura como palo santo palpitando bajo la tela. —Estás listo pa' mí, cabrón, susurró, mordiéndole el cuello.

Se tumbaron en el heno, el crujido seco bajo sus cuerpos mezclándose con sus respiraciones agitadas. Marco besó su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus senos. Chupó un pezón con hambre, succionando fuerte mientras su mano exploraba entre sus piernas. Sofía arqueó la espalda, el aire fresco del cerro erizándole la piel desnuda. Sus dedos encontraron su concha empapada, resbaladiza de jugos calientes.

—Estás chorreando, mi amor. Tan mojada por mí. Ella gruñó, abriendo las piernas, guiando su mano más adentro. El roce de sus dedos gruesos en su clítoris hinchado era eléctrico, oleadas de placer subiendo por su espina. Olía a su propia excitación almizclada, a heno seco y a vela apagada. Gemía bajito, ¡Ay, qué rico, no pares!, mientras él metía dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca.

La tensión crecía como la marea de la Semana Santa. Sofía quería más, necesitaba su verga dentro. Lo volteó, montándose a horcajadas, su cabello negro cayendo como cascada. Le bajó el pantalón, liberando esa polla gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso furioso bajo su palma. Marco jadeaba, ¡Métetela, Sofía, fóllame!

Ella se posicionó, restregando la punta contra sus labios vaginales, untándola de su humedad. Bajó despacio, centímetro a centímetro, estirándose deliciosamente alrededor de su grosor. Dios mío, qué llena me deja, pensó, mientras sus paredes lo apretaban. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel resonando en la capilla. Marco la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo, sus bolas golpeando su culo.

El clímax se acercaba como el Domingo de Resurrección. Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, sus cuerpos sudados pegándose, el olor a sexo impregnando el aire. Sofía clavó uñas en su espalda, ¡Más duro, pendejo, rómpeme! Marco aceleró, gruñendo como animal, su verga golpeando su cervix con precisión brutal. Ella sintió la ola romper: espasmos violentos, concha contrayéndose ordeñando su polla, chorros de placer mojando el heno.

¡Me corro! ¡Sí, cabrón! gritó, el éxtasis cegándola. Marco la siguió segundos después, hinchándose dentro, eyaculando chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. Colapsaron jadeantes, su peso reconfortante sobre ella, corazones latiendo al unísono con el viento del cerro.

En el afterglow, yacían enredados, pieles pegajosas enfriándose. Marco besó su frente, —Eres mi pasión eterna, Sofía. Ni Cristo nos juzga esta noche. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho, el aroma de sus jugos mezclados flotando dulce.

La Semana de la Pasión de Cristo no era solo de sufrimiento. Era de resurrección, de cuerpos reviviendo en éxtasis puro. Y yo, renacida en sus brazos.

Salieron al amanecer, manos entrelazadas, listos para enfrentar el mundo con su secreto ardiente. La procesión del Sábado Santo los esperaba, pero ahora Sofía caminaba ligera, empoderada, sabiendo que la verdadera pasión era suya para reclamar.

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