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Corazón de Pasión Desatada

7127 palabras

Corazón de Pasión Desatada

El sol de Guadalajara se ponía como un fuego naranja sobre los techos de teja, tiñendo el cielo de un rojo intenso que me hacía sentir viva, como si mi piel absorbiera ese calor. Caminaba por la plaza de los Mariachis, con el olor a tacos al pastor flotando en el aire, mezclado con el aroma dulce de las flores de bugambilia que adornaban las fachadas. Llevaba un vestido rojo ajustado que rozaba mis muslos con cada paso, y mis tacones resonaban contra las losas desgastadas. Hacía meses que no salía así, desde que mi ex me dejó por una tipa más "tranquila", pero esta noche quería sentirme mujer, sentir ese cosquilleo en el estómago que anuncia algo chido.

Allá, en la terraza de un bar con luces de neón parpadeantes, lo vi. Javier, con su camisa negra desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno y musculoso que tanto me gustaba. Sus ojos oscuros me atraparon al instante, como si me reconociera del pasado que compartimos en la uni.

"¿Ana? ¿Eres tú, nena? ¡Órale, qué güey soy, ni te había visto llegar!"
Su voz grave, con ese acento tapatío que siempre me erizaba la piel, me envolvió como un abrazo cálido. Me acerqué, sintiendo cómo mi corazón latía más fuerte, pum-pum, contra mis costillas.

Javier, carnal, ¿qué onda? Sigues igual de guapo, ¿eh? —le respondí con una sonrisa pícara, rozando su brazo al sentarme a su lado. El contacto fue eléctrico, su piel caliente bajo mis dedos, oliendo a colonia fresca y un toque de sudor masculino que me mareaba.

Charlamos de todo y nada: de los viejos tiempos en la fiesta de la independencia, de cómo la vida nos había separado con trabajos y movidas. Pero debajo de las risas, había una tensión, un corazón de pasión latiendo entre nosotros, invisible pero palpable. Pedí un tequila reposado, el líquido ámbar quemándome la garganta con un sabor ahumado que se extendía por mi pecho. Él me miró fijamente, su mano rozando la mía al pasarme el limón. ¿Por qué carajos siento esto tan fuerte? Como si nunca nos hubiéramos separado, pensé, mientras el mariachi empezaba a tocar "Cielito Lindo" y el bullicio de la plaza nos envolvía en risas y aplausos.

La noche avanzaba, y el alcohol nos soltaba la lengua. Bailamos en la pista improvisada, sus caderas pegadas a las mías al ritmo de un son jalisciense. Sentía su verga endureciéndose contra mi vientre, dura y caliente, y yo me apretaba más, mis pezones rozando su pecho a través de la tela fina. Qué rico se siente esto, pendeja, no pares. Sudábamos juntos, el olor de nuestros cuerpos mezclándose con el humo de las parrillas cercanas. Sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con fuerza posesiva pero tierna, y yo gemí bajito en su oído.

—Vamos a mi depa, Ana. No aguanto más —murmuró, su aliento caliente contra mi cuello, enviando escalofríos por mi espina.

Asentí, el deseo ardiendo en mi corazón de pasión. Tomamos un taxi, besándonos como locos en el asiento trasero. Sus labios eran suaves pero exigentes, saboreando a tequila y a mí, su lengua explorando mi boca con hambre. Mis manos se colaban bajo su camisa, sintiendo los músculos tensos de su abdomen, el vello áspero que me raspaba las palmas. Llegamos a su departamento en la colonia Americana, un lugar chido con balcón y vistas a las luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, sus besos bajando por mi cuello, mordisqueando la piel sensible hasta hacerme jadear.

Te deseo tanto, nena —gruñó, mientras sus dedos desabrochaban mi vestido, dejándolo caer al suelo. Quedé en lencería negra, mis tetas subiendo y bajando con cada respiración agitada. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando más, inhalando mi aroma íntimo que ya estaba húmedo de anticipación. Su nariz rozando mi panocha a través de las bragas, qué delicia. Lamía la tela, succionando mi clítoris hinchado, y yo enredaba mis dedos en su pelo negro, tirando suave.

Lo jalé arriba, quitándole la camisa con urgencia. Su torso desnudo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, pectorales firmes que lamí con deleite, saboreando la sal de su piel. Bajé su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el prepucio suave deslizándose sobre el glande rosado.

"Métetela en la boca, mi reina"
, suplicó con voz ronca. Obedecí, chupándola despacio al principio, saboreando el precum salado, luego más rápido, mi lengua girando alrededor de la cabeza mientras él gemía, "¡Qué chingón, Ana, no pares!"

Pero quería más. Lo empujé al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Me quité las bragas, montándome a horcajadas sobre él. Su verga rozaba mi entrada húmeda, lubricada por mis jugos que goteaban. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande está! Mi coño lo aprieta como guante. Empecé a moverme, arriba y abajo, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones duros como piedras.

El ritmo aumentó, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas, el sonido ecoando en la habitación junto a nuestros jadeos. Sudor perlando su frente, cayendo en gotas sobre mi pecho. Olía a sexo puro, a panocha mojada y verga excitada. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas en el sofá, embistiéndome desde atrás. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada estocada profunda, y yo gritaba de placer, corazón de pasión latiendo desbocado en mi pecho.

"¡Más fuerte, Javier, rómpeme, pendejo!"

Sus dedos encontraron mi ano, rozándolo juguetón, untado con mis propios fluidos, mientras su otra mano frotaba mi clítoris en círculos rápidos. La tensión crecía, una espiral de fuego en mi vientre, mis muslos temblando. No aguanto, viene el orgasmo, qué rico. Él aceleró, gruñendo como animal, su verga hinchándose dentro de mí.

Explotamos juntos. Mi coño se contrajo en espasmos violentos, ordeñando su polla mientras chorros calientes de semen me inundaban, resbalando por mis piernas. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro, pulsos retumbando en mis oídos, piel erizada. Él se derrumbó sobre mi espalda, besando mi nuca sudorosa, nuestros corazones galopando al unísono.

Nos quedamos así un rato, jadeando, cuerpos entrelazados en el sofá revuelto. El aire olía a nuestro clímax compartido, almizclado y embriagador. Me volteó con ternura, acurrucándome en su pecho, su mano acariciando mi cabello revuelto.

—Eso fue... el corazón de pasión que siempre supe que teníamos, Ana —susurró, besando mi frente.

Sonreí, sintiendo una paz profunda, como si hubiéramos encajado piezas perdidas. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en ese depa, habíamos encontrado nuestro ritmo. Me dormí en sus brazos, sabiendo que esto era solo el principio de noches ardientes por venir, con ese fuego que no se apaga fácil en Guadalajara.

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