Pasión Prohibida Capítulo 7
El viento salado de Acapulco me azotaba el rostro mientras bajaba del taxi en la playa de Punta Diamante. La noche era espesa, cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si cada poro estuviera esperando una caricia. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco, ceñido a mis curvas, sin nada debajo, porque neta, sabía que esta noche no habría vuelta atrás. Diego me había mandado el mensaje esa tarde: "Ven a la casa de la playa. Nadie nos interrumpirá. Quiero sentirte de una vez". Mi corazón latía como tambor en fiesta, un bum-bum que retumbaba en mis oídos por encima del romper de las olas.
La villa era un sueño: luces tenues en la terraza, piscina infinita que se fundía con el mar negro, olor a jazmín y coco flotando en el aire. Él salió a recibirme, descalzo, con una camisa de lino abierta que dejaba ver su pecho moreno y musculoso, forjado en gimnasios caros y carreras por la Costera. "Ana, mi reina", murmuró, su voz ronca como tequila reposado. Me tomó de la cintura, y su tacto fue eléctrico, piel contra piel, caliente y firme. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, ese aroma que me volvía loca desde el primer día en la oficina de Polanco.
Esto es mi Pasión Prohibida Capítulo 7, pensé, mientras sus labios rozaban mi cuello. Cada beso es una página que no puedo borrar.
Entramos a la casa sin decir mucho, solo miradas que decían todo. La sala era amplia, con ventanales al mar, muebles de mimbre y cojines mullidos. Puso música suave, algo de Carlos Rivera, romántico pero con ese toque ranchero que nos une a los mexicanos. Me sirvió un ron con cola de coco, helado, y brindamos. "Por nosotros, wey", dijo riendo, y yo solté una carcajada nerviosa. Pero el deseo ya ardía. Sus ojos cafés me devoraban, bajando por mis pechos, mi vientre, hasta mis muslos. Sentí un cosquilleo húmedo entre las piernas, mi cuerpo traicionándome deliciosamente.
Acto primero: la tensión. Nos sentamos en el sofá, charlando de la oficina, de su esposa que ya no estaba en su vida más que en papeles, de cómo desde el Capítulo 1 de esto –aquel café inocente– todo había escalado. "Eres mi vicio, Ana. No puedo dejar de pensar en ti", confesó, su mano subiendo por mi muslo. Yo temblaba, no de miedo, sino de pura anticipación. ¿Y si alguien nos ve? ¿Y si mañana en la junta actúo normal? Pero su dedo trazó un círculo en mi piel, y todo eso se evaporó. Lo besé primero, harta de esperar. Sus labios eran suaves, con sabor a ron dulce y hombre. Nuestras lenguas danzaron, lentas al principio, explorando sabores: sal del mar en su boca, miel en la mía.
El beso se profundizó, sus manos en mi espalda bajando el zipper del vestido. Lo dejé caer, quedando desnuda ante él. "Estás cañón, chula", gruñó, admirándome. Sus ojos recorrieron mis senos firmes, pezones duros como piedras por el aire fresco, mi monte de Venus depilado reluciendo bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Me levantó en brazos, fuerte y seguro, y me llevó a la recámara. La cama king size con sábanas de hilo egipcio, olor a lavanda fresca. Me recostó con gentileza, pero su mirada era de depredador juguetón.
Acto segundo: la escalada. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados, vello oscuro bajando a su pantalón. Lo desabroché yo, ansiosa, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. Qué chingona, pensé, lamiéndome los labios. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. "Chúpamela, mi amor", pidió, y yo obedecí con gusto. Me arrodillé, el piso de madera fresca contra mis rodillas, y la metí en mi boca. Sabía a sal y deseo puro, su prepucio deslizándose sobre mi lengua. Lo succioné despacio, girando, oyendo sus jadeos: "¡Ay, pinche Ana, qué rica!". Mi saliva chorreaba, lubricándola, mientras mi mano masajeaba sus huevos pesados.
Pero no era solo físico; en mi mente giraban tormentas. Esto es prohibido, pero nos hace libres. Él el jefe, yo la secretaria ambiciosa. ¿Y qué? Nos queremos de verdad. Me levantó, me besó con furia, y caímos en la cama. Sus labios bajaron a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Placer punzante, como rayos directos a mi entrepierna. Lamí su cuello, mordí suave su oreja, inhalando su sudor almizclado. Sus dedos encontraron mi coño empapado, resbaloso de jugos. "Estás chorreando, puta mía", dijo juguetón, y yo reí: "Por ti, pendejo". Introdujo dos dedos, curvándolos en mi punto G, y gemí alto, arqueándome. El sonido de mis fluidos chapoteando, el squish-squish obsceno, me ponía más caliente.
Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi clítoris hinchado. Lo lamió despacio, lengua plana, saboreándome como mango maduro. "Deliciosa, con tu sabor a mar y miel", murmuró. Chupó mi botón, dedos entrando y saliendo, y el orgasmo empezó a construirse, olas crecientes. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, mis uñas en su cabello. "¡No pares, cabrón! ¡Ya vengo!", grité, y exploté. Un estallido de luz, mi coño contrayéndose, chorros calientes en su boca. Él lo bebió todo, sonriendo triunfante.
Ahora mi turno de dominar. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga apuntaba al techo, reluciente de mi saliva. Me acomodé, rozándola en mi entrada, torturándolo. "Dámela ya, porfa", suplicó, y bajé lento, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome deliciosamente. "¡Qué verga tan rica, Diego! Me parte en dos". Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena frotando mis paredes. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, un cachetazo juguetón que resonó. El slap-skin contra piel, mis tetas botando, su olor a sexo invadiendo la habitación.
Aceleramos. Yo rebotando fuerte, él embistiendo desde abajo, pum-pum-pum como tambores aztecas. Sudor perlando nuestras pieles, resbaloso, facilitando el glide. "Te amo, Ana. Esto es nuestro", jadeó entre gemidos. Yo respondí con besos salvajes, mordiendo su labio. El clímax se acercaba otra vez, mi clítoris rozando su pubis. "¡Córrete conmigo, mi rey!", ordené, y lo hizo. Su verga hinchándose, chorros calientes inundándome, mi coño ordeñándolo. Grité su nombre, olas de placer rompiendo, visión borrosa, cuerpo temblando.
Acto tercero: el afterglow. Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos, olor almizclado mezclándose con jazmín. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante slowing down. "Esto fue el Capítulo 7 perfecto de nuestra Pasión Prohibida", susurré, trazando círculos en su piel. Él besó mi frente: "Y hay más, mi vida. Mañana volvemos a la realidad, pero esto nos mantiene vivos".
Nos duchamos juntos, agua caliente lavando pecados, jabón espumoso en curvas y músculos. Secos, en la terraza, vimos el amanecer teñir el Pacífico de rosa. Tomamos café negro, fuerte como nuestro lazo. No había culpas, solo empoderamiento. Yo, la mujer que toma lo que quiere; él, el hombre que elige libremente. Caminamos por la playa, arena fría entre dedos, olas lamiendo pies. El futuro era incierto –oficina, miradas robadas, quizás divorcio– pero esta noche nos había unido para siempre.
En el taxi de regreso, escribí en mi celular: Pasión Prohibida Capítulo 7: Entrega Total. Fin... por ahora. Sonreí, sabiendo que el deseo prohibido solo crecía.