Pasión Capítulo 39 Fuego en las Venas
Ana sintió el calor del sol de Puerto Vallarta filtrándose por las cortinas de encaje de su habitación en el hotel. El aroma salino del mar se mezclaba con el perfume de las flores tropicales que adornaban el balcón. Hacía semanas que no veía a Diego, su carnal en todo el sentido de la palabra, y cada día sin él había sido una tortura dulce. Esta vez, lo habían planeado todo: un fin de semana para ellos solos, lejos del ajetreo de la Ciudad de México. Pasión Capítulo 39, pensó ella con una sonrisa pícara, imaginando su historia como una telenovela ardiente donde cada encuentro era un capítulo más intenso.
Se miró en el espejo, ajustando el vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa. Sus pechos se elevaban con cada respiración, y el escote dejaba ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. "Neta, hoy lo voy a volver loco", murmuró para sí misma, pasando la lengua por sus labios carnosos. El sonido de las olas rompiendo en la playa le aceleraba el pulso, como si el mar mismo supiera lo que vendría.
¿Y si esta vez es diferente? ¿Y si por fin nos soltamos del todo?
El timbre de la puerta la sacó de sus pensamientos. Abrió y ahí estaba Diego, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho, pantalones ajustados que marcaban su paquete de manera descarada. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo.
"Mamacita, estás para comerte cruda", dijo él con esa voz ronca que le erizaba la piel. La abrazó fuerte, sus manos grandes recorriendo su espalda baja, deteniéndose en sus nalgas. Ana inhaló su colonia fresca mezclada con su olor natural, ese que la ponía húmeda al instante.
Salieron a la terraza privada, donde una mesa esperaba con mariscos frescos, guacamole cremoso y una botella de tequila reposado. El sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y la brisa jugaba con el cabello de Ana. Brindaron, el cristal tintineando como un preludio.
"Por nosotros, wey. Por este capítulo 39 de nuestra pasión", susurró Diego, guiñándole el ojo. Ana rio, pero su risa se convirtió en un jadeo cuando él le rozó el muslo bajo la mesa. Sus dedos subían lentos, trazando círculos en su piel suave, cada vez más cerca de su entrepierna. Ella apretó las piernas, sintiendo ya la humedad empapando sus bragas de encaje.
Comieron despacio, saboreando cada bocado: el camarón jugoso explotando en la boca, el limón ácido despertando los sentidos, el tequila quemando la garganta como un fuego que bajaba directo al vientre. Hablaron de todo y nada, pero la tensión crecía. Diego la miraba como si quisiera desnudarla con los ojos, y Ana sentía sus pezones endureciéndose contra la tela del vestido.
Después de la cena, pusieron música ranchera moderna, esa que invita a bailar pegadito. Diego la tomó de la cintura, pegando su cuerpo al suyo. Sus caderas se movían al ritmo, frotándose sutilmente. Ana sentía la dureza de su verga presionando contra su vientre, gruesa y lista. "Estás bien puesto, cabrón", le susurró al oído, mordisqueándole el lóbulo. Él gruñó, sus manos bajando a apretar sus nalgas con fuerza posesiva pero tierna.
El baile se volvió más intenso, sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el sonido de las guitarras. Ana deslizó una mano por su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón. "Te extrañé tanto, Diego. Cada noche soñaba con esto". Él la besó entonces, un beso hambriento, lenguas enredándose, saboreando el tequila y el deseo mutuo. Sus labios eran suaves pero exigentes, chupando, mordiendo, dejando un rastro de saliva brillante.
La llevó adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. La tumbó con cuidado, pero sus ojos ardían. "Déjame verte, mi reina". Ana se incorporó, quitándose el vestido despacio, como un striptease privado. Primero los hombros, luego los pechos rebotando libres, pezones oscuros y erectos. Diego jadeó, su verga saltando en los pantalones. Ella se bajó las bragas, revelando su panocha depilada, ya reluciente de jugos.
"Qué chingona estás", murmuró él, quitándose la ropa a toda velocidad. Su cuerpo atlético brillaba bajo la luz tenue: abdomen marcado, verga venosa y curvada hacia arriba, goteando precúm. Ana se lamió los labios, el olor almizclado de su excitación llenando la habitación.
Esto es lo que necesitaba. Su piel contra la mía, su calor invadiéndome.
Diego se arrodilló entre sus piernas, besando sus muslos internos, lamiendo despacio hacia arriba. Ana temblaba, sus manos enredándose en su cabello negro. Cuando su lengua tocó su clítoris, gritó de placer. "¡Sí, ahí, pendejo delicioso!". Él lamía con hambre, chupando sus labios mayores, metiendo la lengua dentro, saboreando su miel dulce y salada. Sus dedos se unieron, dos adentro curvándose contra su punto G, mientras su boca succionaba el botón hinchado. Ana arqueaba la espalda, el sonido de sus succiones obscenas mezclándose con sus gemidos. El orgasmo la golpeó como una ola, su panocha contrayéndose, squirtando un chorrito que Diego bebió con gusto.
"Ahora tú, mi amor", dijo ella, empujándolo a la cama. Se montó sobre su pecho, bajando hasta su verga. La tomó en la mano, sintiendo su grosor palpitante, venas saltando. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el precúm salado. Diego gruñó, sus caderas subiendo. Ana se la tragó entera, garganta profunda, babas corriendo por el eje. Lo mamaba con ritmo, una mano en sus huevos pesados, la otra masajeando su perineo. "¡Chin, Ana, me vas a hacer venir!", rugió él.
Pero ella se detuvo, sonriendo maliciosa. "Aún no". Se posicionó encima, frotando su entrada húmeda contra su punta. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba por completo. "¡Ay, verga qué rica!". Empezó a cabalgar, pechos rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Diego la agarraba de las caderas, embistiéndola desde abajo, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas. Olía a sexo puro: sudor, jugos, almizcle.
Cambiaron posiciones. Él la puso a cuatro patas, admirando su culo redondo. Entró de nuevo, profundo, golpeando su cervix con cada estocada. Ana gritaba, "¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!". Sus manos amasaban sus chichis, pellizcando pezones. El placer subía en espiral, sus paredes apretándolo como un puño. Diego aceleró, sus bolas chocando contra su clítoris. "Me vengo, Ana... ¡juntos!". El orgasmo los sacudió: ella convulsionando, él llenándola de leche caliente, chorros potentes que desbordaban.
Colapsaron, jadeantes, cuerpos enredados. Diego la besó suave, lamiendo el sudor de su cuello. El aire olía a ellos, a pasión consumada. Ana sentía su semen goteando entre sus piernas, una marca de su unión.
Capítulo 39 cerrado con broche de oro. ¿Qué vendrá en el 40?
Se quedaron así, escuchando el mar, corazones latiendo al unísono. En ese afterglow, Ana supo que su pasión era eterna, como las olas que nunca cesaban.