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La Pasión Desbordante de Beatrice 1987

7056 palabras

La Pasión Desbordante de Beatrice 1987

El sol de Puerto Vallarta en 1987 caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena. Tenía veinticinco años, el cuerpo firme de quien baila salsa hasta el amanecer y un corazón que latía con la fuerza de las olas rompiendo en la playa. Me llamaba Beatrice, y ese verano, la pasión de Beatrice 1987 iba a escribirse en las páginas invisibles de mi vida. Caminaba por la arena caliente, el olor a sal y coco flotando en el aire húmedo, mis pies hundiéndose en la arena tibia que me hacía cosquillas entre los dedos. Llevaba un bikini rojo que apenas contenía mis curvas generosas, y sentía las miradas de los turistas gringos y locales clavadas en mí como flechas de deseo.

Ahí lo vi por primera vez. Javier, un chavo alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo el sol. Era pescador, con brazos musculosos por jalar redes y un pecho ancho que asomaba bajo una camisa guayabera desabotonada. Me sonrió desde su lancha en la orilla, esa sonrisa pícara que dice "neta, mami, te quiero comer con los ojos". Mi pulso se aceleró, un calor subía desde mi vientre, mezclándose con el sudor que perlaba mi escote. ¿Por qué no?, pensé. Hacía meses que no sentía esa chispa, esa hambre que te hace mojar las bragas sin tocarte.

La pasión de Beatrice 1987 empieza aquí, en esta playa, con ese wey que me mira como si fuera su reina azteca.

Me acerqué, contoneando las caderas al ritmo de un cumbia lejana que sonaba en un bar cercano. "¿Qué onda, guapo? ¿Me das un aventón en tu lancha?", le dije con voz ronca, lamiéndome los labios para probar el salitre. Él rio, una carcajada grave que vibró en mi pecho. "Órale, Beatrice, sube. Pero agárrate fuerte, que el mar está bravo como mi deseo por ti". ¿Cómo supo mi nombre? En Vallarta, los rumores vuelan como gaviotas. Subí, mi muslo rozando el suyo al sentarme, piel contra piel, áspera por el sol y suave por el sudor. El motor rugió, y salimos mar adentro, el viento azotando mi cabello, oliendo a mar y a hombre.

La primera noche, cenamos mariscos en una palapa con techo de palmas. El sabor del camarón fresco explotaba en mi boca, jugoso y picante con limón y chile. Javier me contaba historias de capturas épicas, sus manos grandes gesticulando, rozando las mías accidentalmente. Cada toque era electricidad: sus dedos callosos contra mi palma suave, enviando ondas hasta mi centro. Quiero que me toque más abajo, que me abra como una ostra, gemía mi mente. Hablamos de todo: de rancheras de José Alfredo que nos ponían la piel chinita, de sueños de viajar a la Riviera Maya. Su mirada se clavaba en mis labios, en el valle entre mis senos, y yo sentía mi concha hincharse, húmeda, rogando atención.

Al despedirnos en mi hotel, un beso en la mejilla que duró demasiado. Su aliento cálido olía a tequila y menta, su barba incipiente raspando mi piel sensible. "Mañana te espero en la playa al amanecer, Beatrice. No falles, que ya me tienes bien puesto". Me fui a la cama, el cuerpo ardiendo. Me quité el vestido, me miré en el espejo: pezones duros como piedras, piel erizada. Me toqué despacio, dedos deslizándose en mi humedad, imaginando su verga gruesa entrando en mí. Gemí bajito, el sonido ahogado por las olas lejanas, pero no terminé. Quería guardarme para él.

El amanecer llegó rosado y tibio. Javier estaba ahí, con una manta y frutas frescas. Desayunamos mangos jugosos, el dulce meloso goteando por mi barbilla. Él lo lamió con la lengua, un roce fugaz que me dejó temblando. "Eres una diosa, Beatrice. Tu piel sabe a paraíso". Paseamos por la playa desierta, manos entrelazadas, el sol subiendo y calentando todo. En una cala escondida, nos sentamos. Sus dedos trazaron mi espalda desnuda, bajando hasta mis nalgas. "Dime si quieres parar", murmuró, voz ronca. "Ni madres, Javier. Tócalo todo".

La tensión explotó. Me volteó boca arriba en la manta, su boca devorando la mía. Lenguas danzando, sabor a mango y sal, dientes mordisqueando labios hinchados. Sus manos amasaron mis tetas, pulgares girando pezones que dolían de placer. Olía a sudor masculino, a arena caliente, a mi propia excitación almizclada. Bajó besos por mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula, hasta mamar mis chichis con hambre. ¡Qué rico, cabrón! Chingame ya, suplicaba en silencio. Desató mi bikini inferior, exponiendo mi concha depilada, brillando de jugos.

"Estás chingona mojada, mi amor", gruñó, metiendo un dedo grueso que me hizo arquear. Entró y salió despacio, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca. Agregó otro, bombeando, mientras su pulgar frotaba mi clítoris hinchado. Gemía fuerte, el sonido perdido en el rugido del mar. "¡Más, Javier, no pares, pendejo delicioso!". Él rio, bajando la cabeza. Su lengua plana lamió mi raja de abajo arriba, saboreando mis fluidos dulces y salados. Chupó mi botón como caramelo, sorbiendo, mientras dedos follaban mi interior resbaloso. El orgasmo me golpeó como ola gigante: visión borrosa, cuerpo convulsionando, chillidos agudos escapando de mi garganta.

Pero no paró. Se quitó la ropa, revelando su verga tiesa, venosa, cabezona y reluciente de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi palma. "Qué mamalona, wey. Es mía". La chupé despacio, lengua girando la cabeza, saboreando su esencia salada y varonil. Él jadeaba, manos en mi pelo, caderas empujando suave. "¡Beatrice, me vas a hacer venir!". Lo detuve, montándome a horcajadas. Froté su punta contra mi entrada empapada, bajando centímetro a centímetro. Me llenó por completo, estirándome delicioso, tocando lo más hondo.

Cabalgaba como en éxtasis, tetas botando, sudor chorreando entre nos. Él agarraba mis nalgas, guiando, embistiendo arriba. Sonidos obscenos: piel chapoteando, jugos chorreando, gruñidos animales. Olía a sexo puro, a mar y pasión. Cambiamos: él encima, piernas sobre sus hombros, penetrando profundo. Cada estocada rozaba mi G, fuego subiendo. "¡Te amo así, Beatrice! ¡Córrete conmigo!". El clímax nos barrió: yo gritando, paredes apretándolo, él rugiendo, semen caliente inundándome en chorros potentes.

Caímos exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados, el sol calentando nuestra piel sensible. Besos suaves, risas cansadas. "Fue la mejor follada de mi vida, mi reina". Yo sonreí, dedo trazando su pecho. El mar lamía la orilla, como testigo de la pasión de Beatrice 1987. Ese verano no terminó ahí; hubo noches de amor en su choza con hamaca, mañanas de sexo lento bajo las palmas. Pero esa primera vez, en la playa, marcó mi alma. Aprendí que la pasión no se busca, se enciende con un roce, un mirada, un sabor. Y Javier, mi chingón, me enseñó a arder sin quemarme.

Años después, revivo esos recuerdos en la quietud de mi casa en Guadalajara, y aún siento el fantasma de su toque, el eco de mis gemidos. La pasión de Beatrice 1987 vive eterna en mí, un fuego que nadie apaga.

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