Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Actrices Pasión y Poder Actrices Pasión y Poder

Actrices Pasión y Poder

6810 palabras

Actrices Pasión y Poder

Isabella sintió el calor sofocante del estudio de Televisa en San Ángel, donde las luces de los reflectores quemaban como el sol de mediodía en el DF. El aire estaba cargado de ese olor a maquillaje fresco, sudor y café recién hecho que siempre flotaba en los sets de Actrices Pasión y Poder, la telenovela que la había catapultado al estrellato. Ella era la nueva, la morra ambiciosa que interpretaba a la villana seductora, y cada día pisaba el terreno de Valentina Ruiz, la reina indiscutible del melodrama mexicano.

Valentina, con sus curvas que desafiaban la gravedad y unos ojos negros que hipnotizaban a la cámara, exudaba poder. A sus treinta y cinco, había conquistado foros desde Monterrey hasta Guadalajara, y ahora dominaba este proyecto como si fuera su reino personal. Isabella, de veintiocho, la admiraba en secreto, pero en la superficie solo lanzaba miradas de fuego. ¿Por qué me mira así, como si quisiera devorarme? se preguntaba Isabella mientras se ajustaba el escote de su vestido rojo ajustado, sintiendo cómo la tela rozaba sus pezones endurecidos por el aire acondicionado defectuoso.

La escena de hoy era intensa: un enfrentamiento entre sus personajes, lleno de celos y promesas rotas. "¡Eres una pendeja que no sabe lo que quiere!", gritó Valentina desde el otro lado del set, su voz ronca retumbando contra las paredes acolchadas. Isabella respondió con un empujón fingido, pero sus manos se demoraron un segundo de más en los hombros de la otra, sintiendo la piel cálida y suave bajo la blusa de seda. El director gritó "¡Corte!", y el equipo aplaudió. Pero entre ellas, la electricidad no se apagó.

En el camerino compartido —porque el productor, ese tacaño, no había asignado privados—, Isabella se quitó los tacones con un suspiro. Sus pies dolían como demonios después de doce horas de tomas. Valentina entró sin llamar, cerrando la puerta con un clic que sonó como una sentencia. "Órale, Isabella, qué buena escena, wey. Pero en la vida real, no me empujes tan fuerte, ¿eh? Me pusiste la piel chinita."

Isabella levantó la vista, el corazón latiéndole como tambor en las costillas. Valentina se había desabrochado los primeros botones, dejando ver el valle entre sus senos, perfumados con esa colonia cara que olía a jazmín y deseo prohibido. Neta, esta mujer me enloquece. ¿Será que siente lo mismo? "Fue el personaje, Valentina. Pero si te dolió, te masajeo, ¿no?" dijo Isabella, con un tono juguetón, mexicano puro, como esas rancheras que cantan de amores imposibles.

Valentina se rio, un sonido gutural que vibró en el aire denso. Se acercó, invadiendo el espacio personal de Isabella, y le rozó el brazo con los dedos. "Eres una chingona, ¿sabes? En Actrices Pasión y Poder, tú y yo somos el alma de esto. Pero fuera de cámaras... ¿qué pasa entre nosotras?" Sus ojos se clavaron en los de Isabella, y el mundo se redujo a ese camerino: el zumbido del ventilador, el eco distante de risas del crew, el pulso acelerado en sus gargantas.

Isabella no respondió con palabras. Se puso de pie, tan cerca que sus pechos se rozaron, enviando chispas por su espina dorsal. El olor de Valentina la mareaba: sudor mezclado con perfume, un afrodisíaco natural. "Prueba y ve", murmuró Isabella, y Valentina no esperó. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando como en una coreografía salvaje. Manos explorando: Isabella deslizó las suyas por la espalda de Valentina, sintiendo los músculos tensos bajo la seda, mientras Valentina le apretaba las nalgas, un gemido escapando de su boca.

Esto es poder de verdad, pensó Isabella mientras Valentina la empujaba contra el espejo, el vidrio frío contrastando con el fuego de sus cuerpos. Se desvistieron con urgencia, blusas volando al piso, faldas cayendo como pétalos marchitos. La piel de Valentina era seda caliente, sus pezones oscuros y erectos pidiendo atención. Isabella los lamió, saboreando el salado de su sudor, oyendo los jadeos roncos que llenaban el cuarto. "¡Ay, cabrona, no pares!", gruñó Valentina, arqueando la espalda.

Valentina tomó el control, como la diva que era. Arrodilló a Isabella en el sofá raído del camerino, separándole las piernas con manos expertas. El aire fresco rozó la humedad entre sus muslos, haciendo que Isabella temblara.

"Mírate, tan mojada por mí. Eres mía ahora."
La lengua de Valentina era un torbellino: lamidas lentas al principio, saboreando el néctar dulce y salado, luego rápidas, chupando el clítoris hinchado. Isabella se aferró al cabello negro, uñas clavándose, el placer subiendo como una ola en el Pacífico. Gemidos ahogados, el sonido húmedo de lenguas y carne, el olor almizclado de su excitación impregnando todo.

Pero Isabella no era de las que se rinden fácil. La volteó, empujándola boca abajo sobre el sofá. "Mi turno, reina", susurró, mordisqueando el lóbulo de su oreja. Sus dedos encontraron la entrada resbaladiza de Valentina, deslizándose adentro con facilidad, curvándose para tocar ese punto que la hacía gritar. "¡Más, pendeja, dame más!", suplicó Valentina, su voz quebrada, caderas moviéndose al ritmo. Isabella añadió un dedo, luego la lengua, lamiendo desde atrás mientras frotaba el clítoris con el pulgar. El cuerpo de Valentina se convulsionó, un orgasmo rugiendo como trueno, jugos empapando las manos de Isabella.

No pararon ahí. Se enredaron en el piso, alfombra áspera contra sus espaldas, besos salados de sudor y placer. Valentina sacó un juguete de su bolso —un vibrador discreto, negro y brillante—, y lo encendió con un zumbido bajo. "Para ti, mi estrella en ascenso", dijo, presionándolo contra el interior de Isabella. La vibración la atravesó como corriente eléctrica, pezones rozando pechos, bocas devorándose. Isabella cabalgó el placer, caderas girando, hasta que explotó en un clímax que la dejó temblando, gritando el nombre de Valentina al techo.

Agotadas, se derrumbaron una sobre la otra, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El camerino olía a sexo crudo, a victoria compartida. Valentina acarició el rostro de Isabella, suave como pluma. Esto no es solo pasión, es poder compartido, reflexionó Isabella, besando su cuello. "En Actrices Pasión y Poder, ganamos juntas", murmuró Valentina, riendo bajito. "Y fuera del set, también. ¿Lista para más escenas privadas?"

Isabella sonrió, el corazón lleno, el cuerpo saciado pero ya anhelando la próxima toma. Salieron del camerino tomadas de la mano, discretas pero empoderadas, dos actrices que habían reescrito su guion personal. El set seguía bullendo, luces eternas, pero ahora ellas llevaban el verdadero fuego dentro.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.