Capítulo Final de Pasión Desenfrenada
Ana sintió el calor pegajoso de la noche de Puerto Vallarta envolviéndola como un amante impaciente. El aire olía a sal marina mezclada con el dulzor de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes del hotel. Habían pasado una semana entera en ese paraíso, ella y Javier, dos extraños que se encontraron en la playa y terminaron enredados en sábanas revueltas noche tras noche. Pero esta era la última. Mañana, su avión despegaba de vuelta a la Ciudad de México, y él se quedaría aquí, en su rancho cerca de Guadalajara. El capítulo final de pasión, pensó ella, mientras se arreglaba frente al espejo del balcón. Su vestido rojo ceñido acentuaba las curvas que Javier tanto adoraba, y el perfume de vainilla que se aplicó en el cuello hacía que su piel vibrara de anticipación.
Javier la esperaba en el restaurante del hotel, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Vestía una guayabera blanca que dejaba entrever el bronceado de su pecho musculoso, y sus ojos cafés la devoraban desde lejos. "¡Mamacita, estás para comerte viva!", le dijo al oído cuando se acercó, su aliento cálido rozándole la oreja y erizándole la piel. Ana rio, un sonido ronco y juguetón, mientras se sentaba a su lado. Pidieron tacos de mariscos frescos, con limón y salsa macha que picaba en la lengua como un beso ardiente. Cada bocado era una excusa para que sus dedos se rozaran, para que sus miradas se enredaran en promesas silenciosas.
La música de mariachi flotaba en el aire, guitarras y trompetas que aceleraban el pulso. Javier la tomó de la mano y la llevó a la pista. Bailaron pegados, sus caderas moviéndose al ritmo de un son jalisciense. Ella sentía la dureza de su erección presionando contra su vientre, y un jadeo se le escapó cuando él le mordisqueó el lóbulo de la oreja. "Netamente, esta noche va a ser la buena", murmuró él, su voz grave como el rugido del mar. Ana lo miró, el deseo ardiendo en su pecho. ¿Y si no era solo sexo? ¿Y si era algo más? Pero no, esto era temporal, un fuego que se apagaría con el amanecer.
¿Por qué duele tanto saber que es el final? Esta pasión nos ha cambiado, pero el capítulo final de pasión tiene que escribirse con todo.
De vuelta en la habitación, el elevador parecía eterno. Javier la acorraló contra la pared, besándola con hambre, sus labios salados por el tequila que habían bebido. Sus lenguas danzaban, probando el sabor picante de la salsa y el dulce de sus bocas. Ana enredó los dedos en su cabello negro, tirando suavemente, mientras sus manos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas firmes. "Te necesito, wey", susurró ella, y él gruñó en respuesta, levantándola en brazos como si no pesara nada.
La puerta se cerró con un clic, y el mundo se redujo a esa suite con vista al Pacífico. La luna plateaba las olas, pero ellos no la veían. Javier la depositó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Se quitó la guayabera de un tirón, revelando el torso esculpido por años de trabajo en el rancho. Ana se incorporó, besando cada centímetro de su pecho, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Olía a hombre, a tierra mojada y loción de sándalo. Sus pezones se endurecieron bajo su lengua, y él gimió, un sonido gutural que vibró en su clítoris.
"Quítate eso, mi reina", ordenó él, tirando del vestido rojo. Ana se lo sacó despacio, provocándolo, quedando en encaje negro que apenas cubría sus senos llenos y su monte de Venus depilado. Javier se arrodilló frente a ella, besando su ombligo, bajando por el abdomen tembloroso. Sus manos grandes separaron sus muslos, y ella jadeó al sentir su aliento caliente en la concha húmeda. "Estás chorreando, carnala", dijo con voz ronca, y hundió la lengua en su calor. Ana arqueó la espalda, el placer como electricidad recorriéndole la espina. Lamía despacio, saboreando sus jugos dulces y salados, chupando el clítoris hinchado hasta que ella gritó, clavando las uñas en sus hombros.
Pero no la dejó correrse aún. Se levantó, quitándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precúm. Ana la tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. "Qué rica verga tienes, pendejo", bromeó ella, y él rio, empujándola de espaldas. Se colocó entre sus piernas, frotando la cabeza contra su entrada resbaladiza. "Dime que la quieres", exigió.
"¡Sí, métemela toda!", suplicó Ana, y él obedeció de un solo embiste. La llenó por completo, estirándola deliciosamente. Empezaron a follar con ritmo lento, saboreando cada roce. El sonido de sus cuerpos chocando era obsceno, piel contra piel húmeda, mezclada con gemidos y el crujir de la cama. Javier la besaba el cuello, mordiendo suave, mientras sus caderas giraban, tocando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. Ana arañaba su espalda, oliendo su sudor mezclado con el suyo, probando el salado en su lengua cuando lo lamió.
Esto es el clímax, el capítulo final de pasión que nunca olvidaré. Cada embestida es una declaración, cada jadeo un adiós.
La intensidad creció. Javier la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo mientras la penetraba de nuevo. Sus bolas golpeaban su clítoris con cada estocada profunda, y ella empujaba hacia atrás, queriendo más. "¡Más fuerte, cabrón!", gritó, y él la complació, follando como poseído. El cuarto olía a sexo crudo, a fluidos y deseo desatado. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre. Javier le metió un dedo en el ano, lubricado por sus jugos, y eso la llevó al borde.
"¡Me vengo!", aulló ella, y su concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo en espasmos. El placer la cegó, luces explotando detrás de sus párpados, el cuerpo temblando como en un terremoto. Javier no se detuvo, prolongando su éxtasis con embestidas precisas. Luego, gruñendo como animal, se corrió dentro de ella, chorros calientes inundándola, su verga palpitando. Colapsaron juntos, sudorosos y jadeantes, el corazón de él latiendo contra su espalda.
Se quedaron así un rato, enlazados, el mar susurrando afuera como testigo. Javier la besó la nuca, suave ahora. "Esto no tiene que ser el final, Ana. Vente conmigo al rancho. Hagamos de esta pasión algo eterno". Ella giró, mirándolo a los ojos, lágrimas de emoción brotando. El capítulo final de pasión se transformaba en promesa. "Sí, mi amor. Netamente, empecemos el siguiente capítulo".
Durmieron pegados, el amanecer tiñendo el cielo de rosa. Al despertar, el sabor de él aún en su boca, Ana supo que su vida acababa de volverse una novela sin fin. El deseo no se apagaba; renacía, más fuerte, en los brazos de su jalisciense.