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Ministerio Pasión por la Verdad

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Ministerio Pasión por la Verdad

En el corazón de la colonia Roma, donde las calles bullen de vida y los cafés aroman a café de olla, se reunía cada jueves el Ministerio Pasión por la Verdad. Yo, Ana, de veintiocho años, había llegado ahí buscando respuestas. No las de la Biblia nomás, sino las que te revuelven el alma. Javier, el líder, era un tipo de esos que te clavan la mirada y sientes que te lee el pensamiento. Alto, con barba recortada y ojos cafés que brillaban como chocolate derretido. Órale, qué chido era verlo predicar sobre la verdad sin filtros.

La primera vez que lo vi de cerca fue en una sesión de oración. El aire olía a incienso y a las velas que parpadeaban en el altar improvisado. Me senté al fondo, pero él se acercó, con esa sonrisa pícara que no cuadra con un pastor. "Ana, ¿qué verdad buscas tú hoy?", me dijo, su voz grave como un ronroneo. Sentí un cosquilleo en la piel, como si su aliento cálido me rozara el cuello. Le contesté algo mamón, que la verdad era encontrar paz en este desmadre de vida, pero por dentro pensé: Neta, lo que quiero es que me beses ya.

Las semanas pasaron y el ministerio se volvió mi escape. Hablábamos después de las pláticas, solos en la salita contigua a la iglesia. Él me contaba de su divorcio, cómo la verdad lo había liberado. Yo le confesaba mis miedos, de no ser suficiente para nadie. Sus manos grandes rozaban las mías al pasar las biblias, y cada toque era como electricidad. ¿Por qué carajos me prende tanto este carnal?, me preguntaba mientras oía su risa, profunda y contagiosa.

Una noche, después de una dinámica intensa donde todos compartimos secretos, el grupo se fue y nos quedamos recogiendo. El silencio era pesado, cargado de lo no dicho. Javier apagó las luces principales, dejando solo una lámpara que pintaba sombras suaves en las paredes. Olía a su colonia, madera y algo masculino que me mareaba. Se acercó, demasiado cerca. "Ana, en el Ministerio Pasión por la Verdad no hay mentiras. Dime qué sientes de verdad", murmuró, su aliento caliente contra mi oreja.

Mi corazón latía como tamborazo en feria. Lo miré a los ojos, esos pozos oscuros. "Siento que me muero por ti, Javier. Por tu verdad, por tu calor". No sé quién se movió primero, pero sus labios cayeron sobre los míos. Sabían a menta y a deseo reprimido. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo respondí chupando la suya, gimiendo bajito. Sus manos subieron por mi espalda, apretándome contra su pecho duro. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, y un calor líquido se me acumuló entre las piernas.

Esto es pecado, Ana, pero qué chingón pecado, pensé mientras él me cargaba a la mesa de reuniones.

Me sentó ahí, abriéndome las piernas con gentileza. Sus dedos trazaron mi piel bajo la blusa, erizándome los vellos. "Eres hermosa, neta que sí", dijo, besándome el cuello. Mordisqueó mi lóbulo, y yo arqueé la espalda, jadeando. El sonido de nuestras respiraciones era lo único en la habitación, entrecortado, urgente. Desabroché su camisa, lamiendo su pecho salado, oliendo su sudor fresco. Sus pezones duros bajo mi lengua me hicieron mojarme más.

Él bajó mi falda despacio, como desenvolviendo un regalo. Mis panties ya estaban empapadas, y cuando las olió, gruñó: "Hueles a mujer en celo, Ana. Me vuelves loco". Me las quitó con los dientes, rozando mis muslos internos. Su lengua lamió mi clítoris hinchado, chupándolo suave al principio, luego con furia. Gemí fuerte, "¡Ay, Javier, no pares, cabrón!". El placer subía en olas, mis jugos cubriéndole la barba. Metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, y vi estrellas. El slap slap de sus dedos en mi humedad era obsceno, delicioso.

Pero quería más. Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. "Qué pinga tan rica, carnal", le dije, tomándola en la mano. Era caliente, palpitante. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salmuera. Él jadeaba, "Chúpamela, Ana, así, qué buena". La tragué hasta la garganta, sintiéndola pulsar. Sus bolas pesadas las masajeé, oliendo su esencia varonil.

No aguantamos más. Me recargó en la mesa, abriéndome de par en par. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "Estás tan apretada, tan mojada para mí", gruñó. Empezó a bombear, lento al inicio, dejando que sintiera cada vena. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el olor a sexo llenando el aire. Yo clavaba las uñas en su espalda, mordiéndole el hombro para no gritar. Aceleró, sus caderas golpeando mis nalgas, mi clítoris frotándose contra su pubis.

Esto es la verdad, la pasión pura del ministerio, pensé en medio del éxtasis.

El clímax llegó como tsunami. Sentí mis paredes contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándola. "Me vengo, Javier, ¡me vengo!", grité. Él embistió más duro, "Yo también, nena, toma todo". Su semen caliente me inundó, chorro tras chorro, mientras temblábamos juntos. Colapsamos en la mesa, sudorosos, pegajosos, respirando como perros.

Después, nos vestimos en silencio, pero no era incómodo. Me abrazó, besándome la frente. "Esto fue verdad, Ana. No mentiras". Caminamos a la salida, el alba tiñendo el cielo de rosa. En el Ministerio Pasión por la Verdad, habíamos encontrado algo más grande: la pasión de ser libres.

Desde esa noche, cada jueves es distinto. Nuestras miradas se cruzan cargadas de promesas. A veces nos escapamos al baño, rápidas folladas contra la pared, sus manos tapándome la boca para no hacer escándalo. Otras, en su depa cerca de la iglesia, donde exploro cada rincón de su cuerpo con mi lengua, saboreando su sudor después de horas de misionero intenso.

Una vez, en un retiro del ministerio en Cuernavaca, nos perdimos en el jardín. El aroma a jazmín y tierra húmeda nos rodeaba. Me tumbó en la hierba, lamiéndome las tetas bajo la luna. "Eres mi verdad, Ana", dijo mientras me penetraba de lado, su mano en mi clítoris. Venimos juntos, el viento carrying nuestros gemidos.

Pero no todo es sexo. Hablamos de futuro, de dejar las apariencias. Él quiere que sea oficial, yo dudo por la iglesia, pero su pasión me convence. Neta, este pendejo me tiene enganchada.

Ahora, en cada sesión del ministerio, cuando dice "pasión por la verdad", siento su verga dentro de mí de nuevo. Es nuestro secreto, nuestra liberación. Y qué chido se siente ser tan honesta con el cuerpo y el alma.

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