Pasión Capítulo 31 El Susurro Ardiente
La noche en Polanco se sentía como un velo de seda caliente sobre mi piel. Estaba en mi departamento, ese rincón chido con vistas al skyline de la Ciudad de México, donde las luces parpadeaban como promesas lejanas. Me había puesto ese vestido negro ajustado que tanto le gustaba a Javier, el que se pegaba a mis curvas como una caricia prohibida. Neta, cada vez que lo veía, mi cuerpo se encendía solo de pensarlo. Habían pasado dos semanas desde nuestra última noche, y el deseo me carcomía por dentro. Esta era nuestra pasión capítulo 31, como yo lo llamaba en mi diario secreto, cada encuentro un capítulo más intenso que el anterior.
Escuché el timbre, un sonido agudo que me erizó la piel. Abrí la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Olía a colonia fresca mezclada con el humo leve de la ciudad, un aroma que me hacía agua la boca.
Órale, Ana, contrólate, me dije, pero mis ojos ya recorrían su camisa blanca desabotonada lo justo para ver el vello oscuro en su pecho. Este wey me va a volver loca.
—Mi reina —dijo Javier con esa voz grave, como ronroneo de jaguar—. Te extrañé tanto que casi me corro en el camino.
Reí bajito, cerrando la puerta tras él. Lo abracé fuerte, sintiendo su calor filtrarse por la tela delgada de mi vestido. Sus manos bajaron a mi cintura, apretando con esa posesión juguetona que me encantaba. —Nel, carnal, ahorita no. Primero cenamos —le contesté, mordiéndome el labio.
La mesa estaba lista: tacos de arrachera jugosos, con ese olor a carbón y limón que invadía el aire, guacamole cremoso y unas chelas frías. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas rozándose bajo la mesa. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de su nuevo tattoo en el brazo —una serpiente enroscada que gritaba peligro y sexo—, de cómo yo había estado pensando en él cada noche, tocándome sola con sus recuerdos.
—Neta, Ana, eres mi adicción —me dijo, sus ojos oscuros clavados en los míos mientras untaba salsa en un taco—. Cada capítulo de nosotros es más cabrón que el anterior.
Mi pulso se aceleró. Pasión capítulo 31, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Terminamos de comer rápido, como si el hambre de comida fuera solo un pretexto. Javier se levantó, me tomó de la mano y me llevó al sofá de piel suave, ese que crujía bajo nuestro peso.
Acto primero de la noche: los besos. Sus labios se estrellaron contra los míos, saboreando a cerveza y a hombre. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, explorando con hambre. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando el vestido, y yo arqueé la espalda, presionándome contra él. Olía a su sudor fresco, mezclado con mi perfume de jazmín, un cóctel embriagador que me nublaba la mente.
—Quítate esto, mi amor —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Obedecí, deslizando el vestido por mis hombros. Quedé en lencería roja, tetas firmes asomando por el encaje. Él gruñó de aprobación, sus dedos trazando círculos en mis pezones endurecidos.
Ay, Dios, qué rico se siente su toque. Cada roce es fuego líquido en mis venas.
La tensión crecía como una tormenta. Javier me recostó en el sofá, su cuerpo cubriendo el mío. Sentí su verga dura presionando contra mi muslo, gruesa y palpitante a través del pantalón. Le desabroché el cinturón con dedos temblorosos, liberándola. Era hermosa, venosa, con esa gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, acariciándola lento, sintiendo su pulso acelerado sincronizarse con el mío.
—Chíngame con la mirada, Ana —dijo ronco, mientras bajaba mi tanga. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo jadear. Lamio mis labios hinchados, saboreando mi humedad salada y dulce. Neta qué chido, su lengua era experta, girando alrededor del clítoris, chupando con succiones que me hacían arquear las caderas. El sonido húmedo de su boca en mi coño llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados.
El segundo acto se encendía. Lo empujé hacia arriba, queriendo devolvérsela. Me arrodillé entre sus piernas, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas. Tomé su verga en la boca, saboreando la sal de su piel, el músculo tenso deslizándose por mi garganta. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome con gentileza, gimiendo —¡Pinche ricura! Sigue así, mi reina—. El olor almizclado de su excitación me volvía loca, y yo aceleré, chupando con hambre hasta que sus caderas se movieron involuntarias.
Pero no queríamos acabar así. Javier me levantó como si no pesara nada, cargándome al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel caliente. Me tiró sobre ella, quitándose la ropa rápido. Su cuerpo desnudo era un templo: músculos definidos por horas en el gym, piel bronceada, verga erguida lista para mí.
—Te quiero adentro, ya —le supliqué, abriendo las piernas. Él se posicionó, frotando la punta contra mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Órale qué grande! Gemí fuerte cuando me llenó por completo, su pelvis chocando contra la mía. El sonido de carne contra carne empezó rítmico, slap-slap-slap, mientras él embestía profundo.
Sus manos everywhere: apretando mis tetas, pellizcando pezones, bajando a mi clítoris para frotar en círculos. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, oliendo su sudor mezclado con el mío. Nuestros jadeos se volvían gritos: —Más duro, wey, chíngame fuerte—. Él obedecía, acelerando, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el placer acumulándose como una ola gigante.
Esta es nuestra pasión, capítulo 31, y nunca termina, pensé en medio del éxtasis, mientras mi cuerpo se tensaba.
El clímax nos golpeó juntos. Yo llegué primero, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, un grito gutural escapando de mi garganta. —¡Me vengo, Javier!—. Él gruñó, embistiendo una última vez profundo, llenándome con chorros calientes de su leche. Colapsamos, sudorosos, entrelazados, el aire cargado de nuestro olor a sexo crudo y satisfecho.
En el afterglow, yacíamos quietos, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón latir desbocado. Acaricié su pelo húmedo, sintiendo la paz post-orgásmica invadirnos. —Eres lo mejor que me ha pasado, Ana —murmuró, besando mi piel salada.
—Y tú mi fuego eterno, carnal. Esto es solo el principio del capítulo 32 —le respondí, sonriendo en la penumbra.
La ciudad zumbaba afuera, pero dentro, solo existíamos nosotros, envueltos en esa pasión que no se apagaba. Neta, qué chingón era sentirme tan viva, tan mujer, tan suya.