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Estaciones de la Pasión de Cristo

7522 palabras

Estaciones de la Pasión de Cristo

El sol de Semana Santa en Taxco caía como plomo derretido sobre mi piel morena, mientras el olor a incienso y sudor se mezclaba en el aire cargado de murmullos devotos. Yo, Ana, con mi huipil blanco ceñido al cuerpo por el calor, caminaba en la procesión de las estaciones de la Pasión de Cristo. Cada estación era un recordatorio de sufrimiento, pero en mi mente traviesa, se transformaba en algo más carnal, más vivo. Miraba de reojo a aquel moreno alto, Javier, que cargaba una cruz de madera tallada. Sus músculos se tensaban bajo la camisa empapada, y sus ojos negros me devoraban cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Neta, wey, este pendejo me pone caliente, pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que nada tenía que ver con la fe.

La primera estación, Jesús condenado, y él estaba ahí, frente a mí, con esa sonrisa pícara que prometía pecados. Cuando la multitud se arrodillaba, susurró: "

¿Quieres vivir tus propias estaciones conmigo, mija?
" Su voz ronca me erizó la piel, como si su aliento caliente ya lamiera mi cuello. Asentí, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Nos escabullimos por un callejón angosto, oliendo a jazmín silvestre y tierra húmeda, dejando atrás los cantos lúgubres.

Nos metimos en una capillita abandonada al borde del pueblo, con vitrales rotos que filtraban luz roja sobre el altar polvoriento. Ahí empezó nuestra primera estación privada: el beso de la condena. Javier me acorraló contra la pared fría de adobe, sus manos grandes palpando mis caderas. "Te voy a chingar como Cristo en su pasión", murmuró, y yo reí bajito, jalándole la camisa. Nuestros labios se chocaron, saboreando sal del sudor y dulzor de chicle de tamarindo que masticaba él. Su lengua invadió mi boca, explorando como fiel devoto, mientras yo gemía suave, sintiendo mi panocha humedecerse ya.

Segunda estación: recibe la cruz. Javier se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por el trabajo en las minas de plata. Yo tomé su "cruz" entre mis manos, esa verga dura que palpitaba bajo el pantalón. La saqué despacio, oliendo su aroma macho, a jabón rudo y deseo puro. "

Esta es tu cruz, Ana, cárgala conmigo
", dijo con voz grave. La acaricie, sintiendo las venas hinchadas como cuerdas tensas, el calor quemándome las palmas. Él jadeó, y yo lamí la punta, probando el sabor salado de su pre-semen, mientras el eco de saetas lejanas nos envolvía como bendición prohibida.

La tensión crecía con cada paso. Tercera estación: primera caída. Nos dejamos caer sobre un banco de madera astillosa, él encima de mí, su peso delicioso aplastándome los senos. Mis pezones se endurecieron contra su pecho velludo, rozando como fuego lento. ¡Qué chingón se siente esto!, pensé, arqueando la espalda. Javier besó mi cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas como estigmas. Sus dedos bajaron mi huipil, exponiendo mis tetas al aire fresco, y chupó un pezón con hambre, succionando hasta que grité bajito, el placer punzando como espinas dulces.

Cuarta: Jesús se encuentra con su madre. Yo evoqué a la Virgen en mi mente, pero aquí era Javier quien me "consolaba". Se arrodilló entre mis piernas, subiendo mi falda. El olor de mi excitación lo invadió, y él inhaló profundo: "

Hueles a paraíso, carnala
". Su lengua trazó mi carne interior del muslo, lenta, torturándome. Cuando llegó a mi clítoris, lo lamió en círculos, saboreando mis jugos como néctar sagrado. Yo me retorcía, manos en su cabello negro revuelto, el sonido de mis gemidos mezclándose con el viento que silbaba por las grietas.

El calor subía, el sudor nos unía como pegamento vivo. Quinta estación: Simón ayuda a cargar la cruz. Yo tomé control, montándome a horcajadas sobre él. Su verga erecta rozó mi entrada húmeda, y descendí despacio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Diosito, qué rica! Grité internamente, mientras cabalgaba rítmica, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. Él gruñía, manos en mi cintura, guiándome más hondo.

Sexta: Verónica enjuga el rostro. Javier me volteó, de espaldas, y su boca besó mi nuca mientras sus dedos jugaban con mi ano, lubricado por mis propios fluides. Introdujo uno despacio, y el placer doble me hizo temblar. "Estás tan apretadita, mi reina", susurró. Yo empujaba contra él, el roce de su verga contra mi clítoris desde atrás enviando chispas por mi espina.

La procesión afuera seguía su curso, pero nosotros estábamos en nuestro vía crucis erótico. Séptima estación: segunda caída. Exhaustos, nos desplomamos, pero el deseo renació fierro. Él me penetró de nuevo, esta vez de lado, pierna mía sobre su cadera. El ángulo perfecto rozaba mi punto G, y cada embestida era un latigazo de éxtasis. Olía a sexo puro, a piel sudada y pasión desbocada. Mis uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos como llagas gloriosas.

Octava: Jesús consuela a las mujeres. Ahora era mi turno de dominar. Lo empujé al suelo polvoriento, sentándome sobre su cara. Su lengua devoró mi panocha con fervor, bebiendo mis chorros mientras yo me mecía, tetas rebotando libres.

¡Chúpame más, cabrón, no pares!
Le ordené, y él obedeció, dedos en mi culo acelerando el clímax que se avecinaba.

Novena: tercera caída. Perdimos el ritmo en un frenesí, rodando por el piso, cuerpos enredados. Su verga entraba y salía errática, golpeando profundo, mis paredes contrayéndose alrededor. El polvo se pegaba a nuestro sudor, pero no importaba; el tacto áspero intensificaba todo.

Décima estación: Jesús despojado de sus vestiduras. Nos desnudamos del todo, piel con piel bajo la luz mortecina. Sus manos exploraron cada curva mía, pellizcando, masajeando. Yo tracé su six-pack con la lengua, bajando hasta sus bolas pesadas, chupándolas con devoción.

Undécima: clavado en la cruz. Javier me levantó contra la pared, piernas enroscadas en su cintura, y me folló con fuerza brutal pero consentida. Cada embestida era un clavo, martillando placer. Grité su nombre, el sonido rebotando en las paredes como oración pecaminosa. Su aliento caliente en mi oreja: "Vente conmigo, Ana, en esta cruz de pasión".

Duodécima: agonía en la cruz. El clímax nos azotó como tormenta. Sentí las contracciones primero, mi panocha ordeñando su verga, chorros calientes salpicando. Él rugió, llenándome de semen espeso, pulsando dentro. Ondas de éxtasis nos sacudieron, piernas temblando, respiraciones entrecortadas.

Decimotercera: descenso de la cruz. Nos deslizamos al suelo, abrazados, su semen goteando de mí, mezclándose con sudor. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el afterglow salado.

Decimocuarta: sepulcro. Yacimos en silencio, cuerpos entrelazados, el corazón latiendo al unísono. Estas fueron nuestras estaciones de la Pasión de Cristo, pensé, sonriendo. Afuera, la procesión terminaba con aleluyas, pero nuestro éxtasis perduraba, un secreto ardiente en la noche mexicana.

Nos vestimos despacio, miradas prometiendo más. Salimos a la calle fresca, el aroma a copal aún flotando, pero ahora con nuestro olor a sexo impregnado en la piel. Javier me tomó la mano: "

Vuelve mañana, mi santa pecadora
". Y yo supe que sí, que esta pasión renacería con cada estación de nuestra vida.

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