Pasión de Gavilanes Capítulo 32 Fuego en las Entrañas
Jimena se recostó en el amplio sillón de la sala de su hacienda en las afueras de Guadalajara, con el control remoto en la mano y una copa de vino tinto entre los dedos. El aire olía a jazmín fresco del jardín y a la cena que acababa de preparar: enchiladas suizas con un toque de crema que aún flotaba en el ambiente. Afuera, el sol se ponía tiñendo el cielo de naranja y rosa, como si el mundo entero conspirara para encender su piel. Tenía treinta y dos años, curvas que volvían locos a los hombres del pueblo y un fuego interno que su marido, Óscar, avivaba cada noche desde que se casaron hace cinco años.
Encendió la tele y sintonizó el canal de telenovelas. Pasión de Gavilanes capítulo 32, leyó en la pantalla. Óscar estaba en el establo atendiendo a los caballos, pero ella sabía que volvería pronto, oliendo a cuero y sudor fresco. La historia de los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo siempre la ponía al borde, con sus miradas cargadas de deseo y venganzas que terminaban en besos robados. En este capítulo, Gaviota y Franco se enfrentaban en una cabaña remota, el aire cargado de tensión, sus cuerpos casi tocándose mientras discutían.
Jimena sintió un cosquilleo en el vientre.
¿Por qué carajos me prende tanto esta novela wey?pensó, cruzando las piernas. El vestido ligero de algodón se le pegaba a los muslos por el calor de la tarde. Bebió un sorbo de vino, saboreando el roble y las cerezas, y se imaginó a sí misma como Gaviota, fuerte y apasionada.
La puerta principal se abrió con un chirrido suave. Óscar entró, alto y moreno, con la camisa entreabierta dejando ver el pecho velludo y marcado por el trabajo. Olía a heno, a tierra mojada y a ese jabón de lavanda que usaba después de asearse. Sus ojos cafés se clavaron en ella de inmediato.
—Órale, mami, ¿qué onda con esa carita? —dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel—. ¿Ya cenaste sin mí?
Jimena sonrió, sintiendo el pulso acelerarse. —Pasión de Gavilanes capítulo 32 está cañón, carnal. Mira, Gaviota y Franco a punto de explotar. Neta, me dan ganas de... ya sabes.
Óscar se acercó, quitándose el sombrero vaquero y lanzándolo al perchero. Se paró frente a ella, tan cerca que podía oler su aliento a menta del chicle que masticaba. —Ah, ¿sí? ¿Y qué es lo que te dan ganas, eh, chula?
El capítulo avanzaba: en la pantalla, los amantes se besaban con furia, manos explorando bajo la ropa, gemidos ahogados por la música dramática. Jimena sintió su centro humedecerse, un calor líquido que se extendía por sus piernas. Óscar notó su respiración agitada y se arrodilló frente al sillón, sus manos grandes posándose en sus rodillas.
—Dime, Jimena. ¿Quieres que te haga lo mismo que ese pendejo de Franco? —susurró, subiendo las manos por sus muslos, rozando la piel suave con las yemas callosas.
Ella asintió, mordiéndose el labio. El deseo inicial era como una brisa caliente: sutil, pero imposible de ignorar. Sus dedos se enredaron en el pelo negro de él, tirando suavemente. —Sí, cabrón. Pero hazlo mejor. Hazme tuya como en la novela, pero de verdad.
Óscar rio bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. La levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo la camisa. La llevó al sofá grande, donde los cojines olían a su perfume mezclado con el de ella. La recostó con cuidado, pero sus ojos ardían de hambre. El beso empezó lento: labios rozándose, lenguas tanteando como en un baile. Sabía a menta y a vino, un contraste que la mareaba. Sus manos bajaron el tirante del vestido, exponiendo un seno pleno, el pezón endureciéndose al aire fresco de la sala.
Jimena jadeó cuando su boca lo capturó, chupando con succiones húmedas que enviaban descargas directas a su clítoris.
¡Qué rico, pinche Óscar, no pares!Su piel olía a sal y a deseo, el sudor perlando su frente mientras lamía y mordisqueaba. Ella arqueó la espalda, las uñas clavándose en sus hombros anchos.
La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Óscar deslizó el vestido hasta su cintura, besando el camino: cuello, clavícula, vientre suave. Llegó a sus bragas de encaje, ya empapadas. Las olió primero, inhalando profundo su aroma almizclado, femenino, que lo volvía loco. —Hueles a miel, mi reina, gruñó, quitándoselas con los dientes. Su lengua la encontró de inmediato, lamiendo la humedad de los labios mayores, saboreando el néctar salado y dulce.
Jimena gimió alto, las caderas moviéndose solas contra su boca. El sonido de su lengua chapoteando era obsceno, mezclado con sus jadeos y el zumbido lejano del televisor donde la novela seguía. Pasión de Gavilanes capítulo 32 ahora mostraba a los amantes desnudos, cuerpos entrelazados en éxtasis. Ella lo miró de reojo, pero ya no importaba; esto era real, suyo.
Óscar metió un dedo grueso dentro de ella, curvándolo para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Luego dos, estirándola, preparándola. Su pulgar frotaba el clítoris hinchado en círculos lentos, torturantes. —Estás chorreando, mamacita. ¿Tanto te prende la novela o soy yo?
—Tú, siempre tú, pendejo —respondió ella entre gemidos, riendo ahogada—. No pares, órale, más rápido.
La intensidad subía. Él se desvistió rápido, la ropa cayendo al suelo con susurros suaves. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. Jimena la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero. La masturbó despacio, saboreando el poder de verlo retorcerse, sus abdominales contrayéndose.
Se puso de rodillas sobre el sofá, ofreciéndole la vista de su culo redondo. Óscar se posicionó atrás, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entró de un solo empujón suave, llenándola hasta el fondo. Ambos gruñeron: él por lo apretado y caliente que era, ella por la plenitud deliciosa que la estiraba.
Empezaron un ritmo lento, sensual: embestidas profundas que rozaban cada nervio. El sonido de carne contra carne llenaba la sala, slap-slap húmedo, mezclado con sus respiraciones entrecortadas. Sudor corría por sus espaldas, oliendo a sexo puro. Jimena se tocaba el clítoris, acelerando su placer.
¡Ya casi, Dios, qué chingón se siente!
Óscar la agarró de las caderas, clavando los dedos en la carne suave. —Voy a llenarte, Jimena. Dime que sí.
—Sí, cabrón, dame todo —suplicó ella, el orgasmo construyéndose como una ola.
La velocidad aumentó: golpes duros, rápidos, sus bolas chocando contra su clítoris. Ella explotó primero, el coño contrayéndose en espasmos, chorros de jugo empapando sus muslos. Gritó su nombre, el mundo volviéndose blanco. Óscar la siguió segundos después, gruñendo como animal, su semen caliente inundándola en chorros potentes.
Colapsaron juntos en el sofá, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El corazón de él latía contra su espalda, fuerte y constante. Besos suaves en la nuca, caricias perezosas en el vientre. La tele seguía con créditos rodando, pero Pasión de Gavilanes capítulo 32 ya era olvidado.
Jimena giró la cara, besándolo profundo, saboreando sus labios hinchados. —Eres lo máximo, mi rey. Neta, mejor que cualquier novela.
Óscar sonrió, abrazándola más fuerte. —Y tú mi reina, siempre. Mañana vemos el 33, ¿va? Pero prometo que lo superamos.
Se quedaron así, en afterglow perfecto, el aire ahora cargado de su aroma compartido: sexo, amor, pasión eterna. Afuera, las estrellas salpicaban el cielo jalisciense, testigos mudos de su unión. Jimena cerró los ojos, sintiendo el semen goteando lento entre sus piernas, un recordatorio delicioso.
Esto es vida, pinche suerte la mía, pensó, durmiéndose en sus brazos con una sonrisa satisfecha.