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Pasión por el Transporte

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Pasión por el Transporte

Desde chiquita, siempre sentí esta pasión por el transporte que me erizaba la piel. No era solo ver los camiones rugir por las avenidas de la Ciudad de México, era algo más profundo, como si el metal caliente y el olor a diesel me llamaran con un susurro carnal. Cada fin de semana, me escapaba al patio de la terminal de autobuses en la Norte, donde esos fierros viejos descansaban como bestias dormidas. El sol pegaba fuerte en los cromados, haciendo que brillaran como sudor en la piel de un amante. El aire cargado de aceite quemado y caucho caliente me hacía mojarme sin tocarme.

Ahí lo vi por primera vez. Diego, el mecánico, con su overol manchado de grasa, camisa abierta dejando ver el pecho moreno y tatuado. Estaba debajo de un tráiler viejo, ajustando algo con una llave inglesa que manejaba como si fuera una extensión de su verga. Órale, qué hombre, pensé, mientras mis pezones se endurecían contra la blusa ligera. Me quedé mirando, fingiendo interés en un autobús destartalado, pero neta era él quien me tenía clavada.

¿Qué onda, morra? ¿Buscas algo o nomás te late ver los camiones? —me gritó desde abajo, con esa voz ronca que retumbaba como un motor arrancando.

Me acerqué, sintiendo el calor del asfalto subir por mis sandalias. —Neta me apasionan estos fierros. Ese tráiler de allá parece que te está hablando, ¿no?

Se limpió las manos en un trapo sucio y se paró, alto, con olor a hombre trabajado. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas que asomaban jugosas. —Sí, carnala. Yo vivo por esto. Pasión por el transporte, ¿le dices? Ven, te enseño uno chido que restauré.

Mi corazón latía fuerte, como pistones acelerados. Lo seguí al fondo del patio, donde un autobús antiguo, un Flecha Roja de los setenta, esperaba reluciente. El interior olía a cuero viejo y limón de limpiador, con asientos mullidos que invitaban a sentarse... o más.

Entramos, el espacio cerrado amplificando nuestros alientos. Diego encendió el motor solo para presumir, y el rugido grave vibró por todo mi cuerpo, haciendo que mi clítoris palpitara. —Siente eso, ¿ves? Es como un latido vivo. Su mano rozó mi muslo al pasar, un toque eléctrico que me dejó jadeando.

No seas pendeja, Ana, piénsalo. Pero qué rico se siente esa vibración subiendo por mis piernas, directo a mi entrepierna. Quiero más.

Nos sentamos en los asientos del fondo, los más privados. Hablamos de motores, de viajes imaginarios por la carretera a Acapulco, pero la tensión crecía como presión en un tanque. Sus rodillas se tocaron las mías, y yo no me moví. —Tú también sientes esta pasión, ¿verdad? No solo por los camiones. —murmuró, su aliento caliente en mi cuello.

Sí, wey. Me traes loca con ese olor a máquina y sudor. —Le tomé la mano y la puse en mi pecho. Sus dedos ásperos apretaron suave, y gemí bajito. El motor seguía ronroneando, enviando ondas que nos mecían.

Acto dos, la cosa se puso intensa. Diego me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca como un pistón bien lubricado. Sabía a café y tabaco, delicioso. Mis manos bajaron a su entrepierna, sintiendo la verga dura como barra de acero bajo el overol. —Quítatelo, ándale. —le ordené, empoderada por el deseo.

Se desvistió rápido, su cuerpo fibroso brillando de sudor. Yo me saqué la blusa, tetas libres rebotando, pezones duros pidiendo atención. Él los chupó con ganas, succionando fuerte mientras yo arqueaba la espalda contra el respaldo mullido. El cuero crujía bajo nosotros, oliendo a sexo inminente. Mis dedos se colaron en su bóxer, agarrando esa polla gruesa, venosa, que palpitaba en mi palma. Qué chingona, justo lo que necesitaba.

Chúpamela, morra. —pidió, y yo obedecí de rodillas en el pasillo angosto. La tomé en la boca, salada y caliente, lamiendo desde la base hasta la punta mientras él gemía agarrándome el pelo. El sabor era puro macho, mezclado con el aroma metálico del bus. Él me levantó, me quitó el short y las tangas, exponiendo mi panocha mojada, labios hinchados brillando.

Me sentó en el tablero del conductor, piernas abiertas, el volante rozándome la espalda. Diego se arrodilló, lengua experta lamiéndome el clítoris, chupando mis jugos como si fueran miel. —Estás riquísima, neta. —gruñó, metiendo dos dedos gruesos que me abrían, curvándose en mi punto G. Grité, el eco rebotando en las ventanas empañadas. El calor del motor subía, sudor resbalando por mis tetas, por su pecho.

Esto es la pasión por el transporte en su máxima, joder. Cada vibración me lleva al borde, su boca me come viva.

La intensidad subió cuando me volteó sobre un asiento, nalgotas en alto. Su verga empujó lento al principio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. —¡Sí, cógeme duro! —le supliqué, y él obedeció, embistiendo con ritmo de máquina, bolas chocando contra mi clítoris. El bus se mecía con nosotros, resortes chirriando como gemidos. Sudor goteaba, mezclándose con mis fluidos que chorreaban por mis muslos. Olía a sexo crudo, a cuero caliente, a nosotros fundidos.

Cambié de posición, montándolo en el asiento del chofer. Yo arriba, controlando, rebotando en esa polla mientras él me amasaba las tetas. Mis caderas giraban, frotándome justo donde dolía rico. —¡Me vengo, pendejo! ¡No pares! —grité, orgasmo explotando en olas, coño apretándolo como tornillo.

Él se vino segundos después, chorros calientes llenándome, gruñendo mi nombre. Colapsamos jadeantes, piel pegada, el motor apagado pero nuestro pulso retumbando.

En el afterglow, recostados en el piso mullido del bus, fumamos un cigarro compartido. El sol se colaba por las cortinas raídas, pintando rayas doradas en su piel. —Esta pasión por el transporte nunca fue tan chida hasta ti. —le dije, trazando sus tatuajes con el dedo.

Es nuestra ahora, Ana. Cada fin de semana, aquí o en la carretera. Te llevo a donde quieras, pero siempre acabamos así. —Me besó suave, prometiendo más.

Salimos al atardecer, piernas temblorosas, sonrisas picas. El patio vacío testigo de nuestro secreto. Caminé a casa con el olor a él y a máquina impregnado en mi piel, sabiendo que esta pasión acababa de encenderse para siempre. Qué vida, wey. Qué pasión.

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