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Detrás de la Fachada de la Pasión

7056 palabras

Detrás de la Fachada de la Pasión

En el corazón de la Condesa, donde las calles empedradas susurran secretos bajo las luces neón de los bares, vivo en un departamento que parece sacado de una revista de diseño. Todo es perfecto: el piso de madera pulida, las plantas colgantes que filtran la luz del sol poniente, y yo, con mi fachada de la pasión intacta. Soy Laura, treinta y tantos, ejecutiva en una agencia de publicidad, siempre con el cabello impecable, sonrisa profesional y un guardarropa que grita éxito. Pero por las noches, cuando el silencio del edificio me envuelve, siento ese vacío que ni el tequila más fino puede llenar.

Él se mudó hace un mes al departamento de enfrente. Alejandro, lo llaman. Alto, moreno, con esa barba recortada que le da un aire de galán de telenovela, pero con ojos que queman como chile habanero. Siempre saluda con un "buenas tardes, vecina" cortés, cargando bolsas del súper o saliendo en su traje ajustado rumbo a quién sabe qué oficina fancy. Neta, cada vez que lo veo en el elevador, el aire se carga de electricidad. Mi piel se eriza, y tengo que morderme el labio para no imaginar sus manos grandes recorriéndome.

La tensión empezó de verdad en la fiesta del edificio. El administrador organizó una carnita asada en el roof garden, con mariachis tocando El Son de la Negra y olor a cebolla caramelizada flotando en el viento fresco. Yo llevaba un vestido negro ceñido que acentuaba mis curvas, sintiéndome poderosa con tacones que resonaban como promesas. Ahí estaba él, platicando con los vecinos, riendo con esa voz grave que vibra en el pecho. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas.

"¿Qué pasa, Laura? ¿Todo bien?"
me dijo acercándose con una chela en la mano. Su colonia, un aroma amaderado con toques cítricos, me invadió los sentidos.

—Órale, Alejandro, aquí ando, fingiendo que soy la reina de la fiesta —respondí, juguetona, mientras el calor de su cuerpo cerca del mío me hacía sudar un poquito.

Charlamos toda la noche. Me contó que es arquitecto, diseña hoteles de lujo en la Riviera Maya. Yo le hablé de mis campañas publicitarias, de cómo vendo sueños a la gente. Pero debajo de las palabras, había algo más. Sus ojos se demoraban en mis labios, y yo notaba cómo su camisa se tensaba sobre sus pectorales cuando se reía. Esa noche, al despedirnos en el pasillo, su mano rozó la mía. Un toque fugaz, pero suficiente para encender la mecha.

Los días siguientes fueron un martirio delicioso. Lo veía por la ventana, fumando un cigarro en su balcón, con el skyline de la ciudad de fondo. Yo me duchaba con la cortina entreabierta, sabiendo que quizás me espiaba, imaginando el agua resbalando por mi piel. Mi fachada de la pasión empezaba a agrietarse. En la oficina, distraída, garabateaba su nombre en las notas. ¿Qué chingados me pasa? Soy una mujer independiente, no una quinceañera, me regañaba en silencio. Pero el deseo crecía como humedad en la piel después de la lluvia.

Una tarde de viernes, el destino jugó su carta. Lluvia torrencial sobre la ciudad, truenos retumbando como tambores prehispánicos. Yo llegaba empapada del gym, el legging pegado a mis muslos, la blusa transparente revelando el encaje de mi bra. Él abrió su puerta justo cuando yo forcejeaba con las llaves.

"Entra, Laura, vas a resfriarte como pendeja. Te presto una toalla."

No pude decir que no. Su departamento era un reflejo del mío: minimalista, con arte mexicano en las paredes y una botella de mezcal abierta en la barra. Me envolvió en una toalla tibia que olía a él, y el roce de sus dedos en mi hombro fue como una descarga. Nos sentamos en el sofá, con tacos de la taquería de la esquina que había pedido. La lluvia golpeaba las ventanas, creando un ritmo hipnótico.

—Neta, Alejandro, siempre tan caballero. ¿Cuál es tu secreto? —le pregunté, sorbiendo el mezcal que quemaba dulce en la garganta.

Él se acercó, su rodilla tocando la mía. —Mi secreto es que no tengo fachada, Laura. Lo que ves es lo que hay. Pero tú... tú pareces llevar una máscara de perfección que me intriga.

El aire se espesó. Sus labios rozaron mi oreja al susurrar: "Quiero verte sin ella". Mi corazón latía desbocado, el pulso acelerado en las sienes. Lo miré, y en sus ojos vi el mismo hambre que me consumía. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabía a mezcal y a promesas rotas. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desatando la toalla, dejando mi piel expuesta al aire fresco.

La escalada fue gradual, como un buen mole que se cocina a fuego lento. Me levantó en brazos, llevándome a su cama king size con sábanas de algodón egipcio que crujieron bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer que me arquearon. Olía a su sudor limpio mezclado con mi aroma floral de ducha. Esto es real, carajo, no un sueño, pensé mientras mis uñas se clavaban en su espalda musculosa.

—Eres una chulada, Laura —gruñó, quitándome el legging con urgencia controlada. Sus dedos trazaron mis muslos, abriéndolos con ternura. Lamí su pecho, saboreando la sal de su piel, mientras él gemía bajito, un sonido ronco que vibraba en mi clítoris.

La intensidad subió. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, sus manos amasando mis nalgas. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome con un calor que me hizo jadear. "¡Ay, cabrón, sí!" escapó de mis labios. El ritmo se aceleró, piel contra piel en palmadas húmedas, el colchón rebotando al compás de nuestros cuerpos. Sudor perlando frentes, pechos agitados, el olor almizclado del sexo impregnando la habitación. Sus embestidas profundas tocaban ese punto que me volvía loca, mientras yo me mecía contra él, empoderada, guiando el placer mutuo.

En el clímax, el mundo se redujo a nosotros. Grité su nombre cuando el orgasmo me atravesó como un rayo, olas de éxtasis contrayendo mis músculos alrededor de él. Él se derramó dentro, un rugido gutural escapando de su garganta, colapsando sobre mí en un enredo de extremidades temblorosas.

Después, en el afterglow, yacimos envueltos en las sábanas revueltas. La lluvia había cesado, dejando un goteo rítmico en las canaletas. Su mano acariciaba mi cabello, y yo trazaba círculos en su pecho, sintiendo su corazón ralentizarse.

Detrás de la fachada de la pasión, hay algo verdadero aquí —murmuró, besando mi sien.

Sonreí, por primera vez sin máscara. —Neta, Alejandro, rompiste mi caparazón. Y me encanta lo que hay debajo.

Afuera, la ciudad palpitaba con sus luces eternas, pero adentro, habíamos encontrado nuestro propio ritmo. No era el fin, solo el comienzo de algo crudo, apasionado y sin fachadas. Me acurruqué contra él, inhalando su esencia, sabiendo que el deseo renacería con el amanecer.

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