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Football Is My Passion En El Calor Del Vestidor

8017 palabras

Football Is My Passion En El Calor Del Vestidor

El estadio retumbaba con los gritos de la afición, el olor a zacate fresco mezclado con el sudor de los jugadores que corrían como demonios por la cancha. Yo, Ana, estaba en la primera fila, con mi camiseta ajustada del equipo local, el corazón latiéndome a mil por hora. El fútbol es mi pasión, siempre lo ha sido. Pero en inglés, lo llevo grabado en el alma: football is my passion. Lo tengo tatuado justo debajo de la clavícula, una frase que me recuerda por qué vivo, por qué mi piel se eriza con cada gol.

Era el clásico contra los Pumas, y el América iba ganando por dos a cero. Javier, el delantero estrella, corría como un rayo, sus muslos marcados bajo los shorts, el sudor chorreando por su pecho moreno. Lo vi acercarse a la banda, pidiendo el balón, y nuestros ojos se cruzaron. No mames, güey, qué guapo está el cabrón, pensé, sintiendo un calor que no era solo del sol de mediodía en el Azteca. Me gritó algo, pero el ruido lo ahogó. Le respondí con un gesto, alzando el pulgar, y él sonrió, esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin permiso.

Al final del partido, el América ganó tres a uno. La gente enloquecía, yo saltaba como loca, mi coleta rebotando contra mi espalda sudada. Bajé a la zona de prensa, como siempre hago, con mi credencial de fanática empedernida que me conseguí a base de chamba en la radio deportiva. Ahí estaba él, Javier, firmando autógrafos, con el pelo revuelto y la camiseta pegada al torso como segunda piel. Olía a victoria, a hombre en su elemento: tierra, sudor salado y un toque de colonia barata que lo hacía más real, más mexicano.

—¡Órale, reina! ¿Tú eres la que grita más fuerte? —me dijo, con esa voz ronca del esfuerzo, acercándose tanto que sentí su aliento cálido en mi oreja.

—¡Claro que sí, carnal! Football is my passion, ¿sabes? —le contesté, girándome para que viera el tatuaje asomando por el escote. Sus ojos bajaron lentos, hambrientos, y supe que la había cagado... o no, que la había armado bien.

Me invitó a la fiesta post-partido en un antro de Polanco, de esos con luces neón y reggaetón retumbando. ¿Ir o no ir? Esto huele a problema chido, me dije mientras me arreglaba en el baño del estadio, pasándome labial rojo y soltándome el pelo. Fui. En la fiesta, el aire estaba cargado de humo de cigarros electrónicos y risas ebrias. Javier me encontró entre la multitud, me pasó un trago de tequila reposado que quemó dulce en mi garganta.

—Cuéntame de ese tatuaje, Ana. ¿Por qué en inglés? —preguntó, su mano rozando mi cintura como por accidente, pero qué accidente ni qué madres, era fuego puro.

—Porque suena más cabrón, más universal. El fútbol es mi pasión en cualquier idioma, pero en inglés me hace sentir invencible. Como tú en la cancha, pendejo —le guiñé el ojo, juguetona, y él rio, bajito, sexy.

Hablamos horas, de jugadas legendarias, de Chicharito y Hugo Sánchez, de cómo el fútbol te hace sentir viva. Su pierna presionaba la mía bajo la mesa, un roce casual que mandaba chispas por mi espina. Quiere lo mismo que yo, lo juro por la virgencita. La tensión crecía, el tequila aflojaba lenguas y cuerpos. Cuando el antro empezó a vaciarse, me jaló al pasillo oscuro.

—Ven conmigo al vestidor del equipo. Está vacío ahora —susurró, su aliento con sabor a tequila y menta, sus labios tan cerca que casi me besa ahí mismo.

¿Vestidor? Ay, nanita, esto va a estar perrísimo. Asentí, el pulso acelerado, las bragas ya empapadas de anticipación.

El vestidor del Azteca era un templo profano: lockers metálicos fríos, bancas de madera gastada, el eco de risas pasadas. Olía a jabón viril, a desodorante Axe y a ese sudor rancio que queda después de la batalla. Javier cerró la puerta con llave, el clic resonando como un disparo. Me acorraló contra los lockers, su cuerpo grande, duro, presionando el mío. Sus manos en mi cintura, subiendo lentas por mis costados, rozando los lados de mis chichis.

—Te vi en la tribuna, gritando mi nombre. Me pusiste duro desde entonces —gruñó, mordisqueándome el lóbulo de la oreja, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna.

Le quité la playera de un jalón, revelando su abdomen marcado, vello oscuro bajando en una línea tentadora hacia su short. Lamí su piel salada, saboreando el sudor seco, inhalando su olor macho que me mareaba. Qué rico huele, como a victoria fresca. Sus manos desabrocharon mi blusa, liberando mis tetas, y chupó un pezón con hambre, la lengua áspera girando, dientes rozando justo lo suficiente para que gimiera alto.

—¡No mames, Javier, qué chingón besas! —jadeé, metiendo la mano en su short, encontrando su verga tiesa, gruesa, palpitando en mi palma. La apreté, sintiendo las venas, el calor que irradiaba.

Me levantó como si no pesara nada, sentándome en la banca larga. Me quitó los jeans con prisa, pero yo lo frené, queriendo saborear. Lo empujé al suelo, me arrodillé entre sus piernas abiertas. Su verga saltó libre, morena, cabezona, brillando de precum. La lamí desde la base, lenta, saboreando el gusto salado-musgoso, subiendo hasta la punta donde succioné suave. Él gemía, —¡Ay, pinche Ana, me vas a matar!, sus caderas empujando, dedos enredados en mi pelo.

Pero quería más. Me puse de pie, me quité las panties de encaje rojo, mojadas hasta la mierda. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi panocha húmeda contra su pija dura. El roce era eléctrico, mis jugos lubricándolo, el olor a sexo llenando el aire, espeso, embriagador. Lo quiero dentro, ya, carajo.

—Clávamela, Javier. Hazme tuyayour gol —le rogué, y él obedeció, guiando su verga a mi entrada. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Grité, el placer punzante, mis paredes apretándolo como guante. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose, su pubis rozando mi clítoris hinchado. El sonido era obsceno: piel mojada chocando, jadeos roncos, el locker traqueteando con cada embestida.

Aceleramos, él tomándome las nalgas, clavando dedos en mi carne suave, marcándome. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Su calor dentro, su aliento en mi cuello, todo es perfecto. Le mordí el hombro, saboreando sal, mientras él lamía mi tatuaje: football is my passion, murmurando —Esta pasión es nuestra ahora.

Cambié de posición, él me puso en cuatro sobre la banca, mi culo en pompa, expuesta. Entró por atrás, profundo, golpeando mi punto G con cada estocada. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, el placer acumulándose como tormenta. Olía a nosotros, a sexo crudo, a deseo mexicano puro. ¡Ya vengo, cabrón! grité, y exploté, mi coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por mis muslos.

Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó, sacándola para venirse en mi espalda, chorros calientes pintando mi piel, el olor almizclado subiendo. Colapsamos juntos, riendo entre jadeos, su cuerpo pesado sobre el mío, protector.

Después, en la ducha del vestidor, el agua caliente nos limpió, pero no el recuerdo. Jaboné su pecho, él besó mi tatuaje de nuevo. —Football is my passion, pero tú, Ana, eres mi MVP —dijo, y nos besamos lento, saboreando la paz post-orgasmo.

Salimos de ahí de madrugada, el estadio silencioso ahora, testigo mudo de nuestra pasión. Caminamos por Insurgentes, mano en mano, el alba tiñendo el cielo de rosa. El fútbol es mi pasión, sí, pero esto... esto es algo más grande, más vivo. Javier me dejó su número, prometiendo otro "entrenamiento". Sonreí, sabiendo que volvería por más. Porque en la cancha o en la cama, la vida se vive a golazos.

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