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La Pasión Es Un Sentimiento que Arde

6681 palabras

La Pasión Es Un Sentimiento que Arde

La noche en Guadalajara estaba viva, con el aire cargado de mariachi lejano y el olor a tacos al pastor flotando desde las esquinas. Yo, Ana, acababa de llegar a la fiesta de mi carnala Lupe, una de esas reuniones donde la chela corre como agua y la gente se suelta sin pendejadas. Llevaba un vestido rojo ajustado que me hacía sentir chida, como si mi cuerpo gritara por atención. No buscaba nada, neta, solo bailar y olvidar el pinche estrés del trabajo en la oficina.

Ahí lo vi. Javier, con su sonrisa de pendejo confiado y esos ojos cafés que parecían prometer travesuras. Estaba recargado en la barra improvisada, platicando con unos cuates, pero su mirada se clavó en mí como si ya supiera mi secreto.

¿Qué carajos me pasa? Este wey me prende con solo verme
, pensé mientras me acercaba por otra chela. Nuestras manos se rozaron al pasar la botella, y sentí un chispazo, como electricidad estática en la piel sudada por el calor de la noche.

—Órale, preciosa, ¿vienes a conquistar o nomás a tomar? —me dijo con esa voz ronca, juguetona, que me erizó los vellos de la nuca.

Reí, coqueta. —A ver qué traes tú, guapo. No me vengan con cuentos.

Empezamos a platicar, de todo y nada: de la vida en la perla tapatía, de cómo el tequila nos hace valientes. Bailamos al ritmo de unos corridos tumbados que sonaban en los bocinas. Su mano en mi cintura era firme pero suave, y cada roce despertaba un calor en mi vientre. Olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, un aroma que me mareaba. La pasión es un sentimiento que te agarra desprevenida, pensé, mientras su aliento cálido rozaba mi oreja susurrándome tonterías.

La tensión crecía con cada canción. Sus dedos trazaban círculos en mi espalda baja, bajando un poquito más cada vez, y yo no me apartaba. Al contrario, me pegaba más, sintiendo la dureza de su cuerpo contra el mío. El corazón me latía como tamborazo, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera que delataba mi calentura.

La fiesta se desvanecía a nuestro alrededor. Lupe nos vio y guiñó el ojo, como diciendo échale ganas, chava. Javier me jaló a un rincón más oscuro del jardín, donde las luces de colores pintaban nuestras caras. Nuestros labios se encontraron por fin, un beso hambriento, con lengua explorando, saboreando el tequila en su boca. Gemí bajito cuando su mano subió por mi muslo, rozando el borde de mi tanga. —Neta, me traes loco —murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave.

—Llévame de aquí —le pedí, con la voz temblorosa de deseo.

Salimos en su troca, el viento nocturno azotando mi pelo mientras íbamos a su depa en la colonia Americana. El trayecto fue eterno, con sus caricias en mi pierna subiendo peligrosamente. Llegamos y apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared. Sus besos eran fuego, bajando por mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Le quité la camisa, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, oliendo su piel tostada por el sol mexicano.

Eres una diosa —dijo, arrodillándose para subir mi vestido. Sus labios besaron mi ombligo, bajando lento, torturándome. Sentí su aliento caliente en mi monte de Venus, y arqueé la espalda cuando su lengua rozó mi clítoris a través de la tela húmeda.

¡Qué chingón se siente esto! Cada lamida es como un rayo de placer
, pensé, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto.

Lo jalé arriba para desvestirlo del todo. Su verga estaba dura, palpitante, y la tomé en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Él jadeó, y yo saboreé la gota salada de su pre-semen con la lengua, provocándolo. —A huevo que sabes lo que haces —gruñó, levantándome en brazos como si no pesara nada.

Me llevó a la cama king size, con sábanas frescas que contrastaban con nuestra piel ardiente. Nos tendimos desnudos, explorándonos con manos ávidas. Sus dedos entraron en mí, curvándose justo donde dolía la necesidad, mientras chupaba mis pezones endurecidos. Gemía su nombre, Javier, Javier, sintiendo el roce áspero de su barba en mi pecho. El cuarto olía a sexo incipiente, a lubricación y deseo crudo. Mi pulso retumbaba en mis oídos, sincronizado con sus embestidas digitales que me llevaban al borde.

Pero no quería correrme aún. Lo empujé sobre su espalda y me subí encima, frotando mi coño mojado contra su polla. —Quiero sentirte todo —le dije, mirándolo a los ojos. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme, estirándome deliciosamente. Era grueso, caliente, y cada vena pulsaba dentro de mí. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo el roce en mis paredes internas, el slap slap de piel contra piel.

Él agarró mis caderas, guiándome, pero yo marcaba el ritmo. Sudábamos juntos, perlas de transpiración resbalando por mi espalda, goteando en su pecho. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando suave, y yo aceleré, cabalgándolo como una amazona enloquecida. Esto es puro fuego, pensé, mientras el placer se acumulaba en mi bajo vientre como una tormenta.

Cambié de posición, de rodillas, y él se puso atrás. Entró de nuevo, profundo, con una mano en mi clítoris frotando en círculos. Cada embestida era un trueno: el sonido húmedo de follada intensa, sus bolas golpeando mi culo, mis gritos ahogados contra la almohada. Olía a nuestro sudor mezclado con el perfume de jazmín del jardín que entraba por la ventana abierta. —¡Más fuerte, pendejo! —le exigí, y él obedeció, poseyéndome con fuerza consentida, mutua.

La tensión llegó al límite. Sentí el orgasmo subir como ola gigante, contrayendo mis músculos alrededor de él. —¡Me vengo! —grité, temblando, olas de placer sacudiendo mi cuerpo. Él gruñó, embistiendo unas veces más antes de correrse dentro, caliente, llenándome con su leche espesa. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel.

En el afterglow, nos quedamos abrazados, su corazón latiendo contra mi oreja como un mariachi cansado. Besó mi frente, suave. —La pasión es un sentimiento que no se apaga fácil —murmuró, y yo sonreí, sabiendo que tenía razón.

Nos duchamos juntos después, con risas y caricias bajo el agua tibia que lavaba el sudor pero no el recuerdo. Salimos a desayunar tamales en un puesto callejero al amanecer, platicando de volver a vernos. No era solo sexo; era conexión, esa chispa mexicana que prende y no suelta. Caminé a mi casa con las piernas flojas, pero el alma plena.

Neta, la vida sabe a gloria cuando la pasión manda
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