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Tan Grande Es Mi Pasion Como Eterna Tu Existencia

6496 palabras

Tan Grande Es Mi Pasion Como Eterna Tu Existencia

La brisa salada de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras caminaba por la playa al atardecer. El sol se hundía en el Pacífico como una bola de fuego, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas. Yo, Ana, una chilanga de treinta y tantos que había huido del pinche tráfico de la CDMX para desconectarme, sentía el arena caliente entre los dedos de los pies. Llevaba un bikini rojo que me hacía sentir chida, poderosa, lista para lo que fuera. Pero nada me preparó para él.

Lo vi de lejos, recostado contra una palmera, con el torso desnudo brillando bajo el sol poniente. Su piel morena parecía tallada por los dioses aztecas, músculos definidos como si hubiera nacido de las olas mismas. Ojos negros profundos, cabello revuelto por el viento, y una sonrisa que prometía pecados deliciosos. Me detuve, el corazón latiéndome como tambor en una fiesta de pueblo. ¿Quién es este pendejo tan guapo? pensé, mordiéndome el labio.

Se acercó con pasos lentos, confiados, como si la playa le perteneciera. Habló primero, voz grave como el rumor del mar en la noche.

Neta, güey, pareces una diosa salida del mar. ¿Me das chance de invitarte un mezcal?

Solté una risa, el calor subiéndome por el cuello. Sí, carnal, respondí, y así empezó todo. Nos sentamos en la arena, el mezcal quemándonos la garganta con su ahumado dulce, mientras las gaviotas chillaban sobre nosotros. Se llamaba Diego, o eso dijo, originario de algún rincón olvidado de Oaxaca, pero con un acento que mezclaba lo costeño con algo antiguo, eterno. Hablaba de viajes por el mundo, de lunas llenas en pirámides mayas, de pasiones que no mueren. Yo le contaba de mi vida en la ciudad, del estrés que me ahogaba, de cómo necesitaba sentirme viva de nuevo.

La noche cayó como un velo negro salpicado de estrellas. La playa se llenó de música: cumbia rebajada retumbando desde un bar cercano, risas de turistas y locales mezclándose con el romper de las olas. Bailamos, sus manos en mi cintura, mi cuerpo pegado al suyo. Sentía su calor a través de la tela fina, el roce de su pecho contra mis pechos, el olor a sal y hombre que me mareaba. Tan grande es mi pasión, susurré en mi mente, mientras sus labios rozaban mi oreja.

Ven conmigo, murmuró, y no pude decir que no. Caminamos hasta su cabaña en la playa, una choza de palapa con velas parpadeando en el viento. Adentro, el aire olía a coco y jazmín, la cama king size cubierta de sábanas blancas como espuma de mar. Me besó entonces, lento, profundo, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Sabía a mezcal y deseo puro. Mis manos recorrieron su espalda, uñas clavándose en la carne firme, mientras él desataba mi bikini con dedos expertos.

Caímos en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando chispas de placer por mi espina. Gemí bajito, ay, Diego, qué rico, y él rio contra mi clavícula. Sus manos grandes, callosas de quién sabe qué aventuras, amasaban mis senos, pulgares rozando los pezones endurecidos. El roce era eléctrico, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna, donde ya sentía la humedad traicionera.

Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor salado que perlaba mi piel. Olía a mar y a mí, a esa esencia femenina que enloquece a los hombres. Sus dedos se colaron entre mis muslos, encontrando mi centro palpitante. Estás empapada, mi reina, gruñó, y yo arqueé la cadera, pidiendo más. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y el lejano rumor del océano.

Pero no era solo físico. En mi cabeza, pensamientos arremolinados: Este hombre no es de este mundo. Hay algo en él, algo eterno. Me volteó de nuevo, sus ojos clavados en los míos, y mientras me penetraba con la mirada primero, confesó:

Tan grande es mi pasión como eterna tu existencia, Ana. He vivido siglos, amado y perdido, pero tú... tú eres mi eternidad.

¿Inmortal? ¿Vampiro de leyendas mexicanas, un nahual quizás? No importaba. Su verga, dura como piedra prehispánica, se presionó contra mi entrada. La sentí gruesa, caliente, latiendo con vida propia. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité de placer, uñas en su espalda, piernas envolviéndolo. El olor a sexo nos rodeaba, almizcle y sudor, mientras él empujaba profundo, llenándome por completo.

El ritmo empezó lento, sensual, como una ranchera ardiente. Cada embestida rozaba mi clítoris interno, enviando olas de éxtasis. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, pechos aplastados contra su torso. Lo monté entonces, cabalgándolo como amazona en yegua salvaje. Mis caderas giraban, su verga golpeando justo en el fondo, mis gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Más, cabrón, dame más! Él gruñía, manos en mis nalgas, azotando suave, el sonido carnoso acelerando mi pulso.

La tensión crecía, como tormenta en el Golfo. Sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en el vientre, pulsos acelerados en oídos. Él aceleró, follándome con furia contenida, sus bolas chocando contra mi culo. Vente conmigo, jadeó, y exploté. El clímax me sacudió como terremoto en la Ciudad, paredes contrayéndose alrededor de su polla, jugos chorreando por mis muslos. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándome, su rugido primal vibrando en mi pecho.

Colapsamos, entrelazados, el sudor enfriándose en la brisa nocturna. Su cabeza en mi seno, mi mano en su cabello. El mar cantaba arrullo, velas danzando sombras en las paredes. Tan grande es mi pasión como eterna tu existencia, repetí en susurro, besando su frente. No sé si era verdad su eternidad, pero esa noche, nuestro amor lo era. Me sentía completa, empoderada, viva como nunca.

Al amanecer, el sol nos despertó con rayos dorados filtrándose por la palapa. Preparamos café de olla, humeante y con canela, riendo de tonterías. Qué chido fue anoche, mi amor, dije, y él sonrió, esa sonrisa eterna. No sé si lo veré de nuevo, pero llevo su esencia en la piel, en el alma. Puerto Vallarta ya no es solo playa; es el inicio de algo inmortal.

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