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Pasión SW Desenfrenada

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Pasión SW Desenfrenada

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos, pero adentro del club Pasión SW el ambiente era puro fuego. Yo, Ana, de treinta y cinco tacos, con mi marido Marco a un lado, sentía el corazón latiéndome como tamborazo en quinceañera. Habíamos hablado de esto por meses, wey, de abrir la mente y el cuerpo a algo nuevo. "Si no lo probamos, siempre nos vamos a quedar con las ganas", me dijo él una noche mientras me comía a besos. Y aquí estábamos, vestidos de gala casual: yo con un vestido negro ceñido que me marcaba las curvas, él con camisa guayabera abierta en el pecho.

El lugar olía a perfume caro mezclado con sudor fresco, y la música electrónica retumbaba suave, invitando a mover las caderas. Luces neón parpadeaban en rojo y morado, iluminando parejas que se rozaban en las sombras. Tomamos unas chelas frías en la barra, y Marco me apretó la mano. ¿Estás segura, mi reina? Sus ojos brillaban con esa mezcla de nervios y morbo que me ponía la piel chinita.

"Sí, carnal, vamos a ver qué pinta. Pero si no nos late, salimos volando."

Nos movimos a la pista, bailando pegaditos. Sentí su verga endureciéndose contra mi nalga, y yo me mojé al instante, recordando cómo me la metía con ganas en la cama. Pero esa noche era diferente. Al rato, una pareja se acercó: él, alto y moreno como galán de telenovela, con sonrisa pícara; ella, rubia con tetas de infarto y un culazo que hipnotizaba. "Hola, ¿primera vez en Pasión SW?", preguntó él, con voz grave que vibraba en mi pecho. Se llamaban Luis y Carla, casados como nosotros, y ya llevaban un buen rato en el rollo swinger.

Charlamos, reímos, y las chelas fluían. Carla me tocó el brazo, su piel suave como seda, y olía a vainilla y deseo. "Estás cañona, amiga. ¿Quieres bailar conmigo?" Asentí, y Marco se fue con Luis a la barra, guiñándome el ojo. En la pista, Carla se pegó a mí, sus caderas ondulando contra las mías. Sentí sus pezones duros rozándome los brazos, y un calor me subió desde el coño hasta la garganta. Esto está chingón, no mames, pensé, mientras su aliento caliente me cosquilleaba el cuello.

Volvimos a la mesa en cuarteto, y las manos empezaron a volar. Luis me acarició el muslo por debajo de la mesa, subiendo despacio hasta rozar mi tanga empapada. Marco besaba el cuello de Carla, y ella gemía bajito, un sonido que me erizaba los vellos. "¿Vamos a un cuarto privado?", propuso Luis, y todos dijimos que sí con la mirada. El pasillo estaba oscuro, alfombrado, con gemidos lejanos que nos ponían la sangre a hervir.

El cuarto era amplio, con cama king size, espejos en el techo y velas aromáticas que olían a jazmín y sexo. Nos desvestimos sin prisa, como en un ritual. Yo admiré el cuerpo de Luis: pectorales firmes, verga gruesa y venosa ya parada como bandera. Carla tenía un piercing en el ombligo que brillaba, y sus labios carnosos prometían placer. Marco, mi rey, con su tatuaje en el brazo y esa polla que conozco de memoria, dura como piedra.

Empezamos besándonos los cuatro, lenguas enredándose, sabores a tequila y saliva dulce. Yo chupé los labios de Carla mientras Luis me amasaba las nalgas. Su lengua sabe a miel, wey, y huele a mujer en celo. Marco se hincó frente a Carla, lamiéndole el chochito con hambre, y ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Ay, sí, cabrón!". Luis me recostó en la cama, besándome las tetas, mordisqueando los pezones hasta que dolían rico. Su boca bajó, lamiéndome el ombligo, el monte de Venus, hasta llegar a mi concha chorreante.

Sentí su lengua plana lamiéndome los labios mayores, chupando el clítoris como si fuera un dulce. "Estás deliciosa, pinche rica", murmuró, y metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, agarrándole el pelo, mientras veía en el espejo cómo Marco metía su verga en la boca de Carla. Ella la tragaba hasta la garganta, babeando, con sonidos chapoteantes que llenaban el cuarto. El aire estaba espeso de olor a coño mojado, sudor salado y pollas calientes.

Cambié de posición, queriendo más. Me subí encima de Luis, frotando mi concha contra su verga dura, sintiendo la vena palpitar contra mi clítoris. "Métemela ya, pendejo", le rogué, y él obedeció, empalándome de un solo empujón. ¡Qué chingonería! Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Cabalgaba como loca, tetas rebotando, mientras Carla se sentaba en la cara de Luis, restregándole el culo. Marco se acercó a mí por atrás, escupiendo en mi ano y metiendo un dedo, luego dos, preparándome.

"¿Quieres doble, mi amor?", susurró Marco en mi oído, su voz ronca de deseo. "¡Sí, métela, cabrón!", grité, y sentí su polla cabezona abriéndose paso en mi culo. Dolor placer mezclado, me corrí al instante, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, jugos chorreando por las bolas de Luis. Gritaba sin control, uñas clavadas en su pecho, mientras ellos me taladraban al unísono, ritmos perfectos, pieles chocando con palmadas húmedas.

Carla se masturbaba viéndonos, dedos volando en su clítoris hinchado, y luego se unió, lamiéndome las tetas mientras Marco me cogía el culo. Luis se volteó, poniéndome a cuatro patas, y ahora Carla lamía mi concha mientras Luis me la clavaba de nuevo. Marco follaba a Carla por atrás, cadena de placer interminable. Olía a semen preeyaculatorio, a coños en llamas, a sudor que goteaba por espaldas musculosas. Los gemidos se volvían rugidos: "¡Más duro!", "¡No pares, puta rica!", "¡Me vengo, wey!".

El clímax llegó en avalancha. Luis se corrió primero, llenándome la concha de leche caliente, chorros que sentía salpicar adentro. Yo exploté otra vez, temblando, vista nublada. Marco sacó su verga de Carla y me la metió en la boca, descargando su lechita espesa en mi garganta, sabrosa como crema. Carla se vino frotándose contra mi muslo, gritando "¡Chingado, qué rico!". Nos derrumbamos en la cama, cuerpos enredados, pulsos acelerados latiendo juntos.

Después, en el afterglow, nos duchamos juntos, risas y caricias suaves. Agua tibia cayendo, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos. "Gracias por esto, pareja", dijo Luis, besando mi frente. Carla abrazó a Marco: "Son lo máximo". Salimos del cuarto tomados de la mano, Marco y yo más unidos que nunca. En el carro de regreso, con el sabor a sexo aún en la boca y el cuerpo adolorido rico, me dijo: "Pasión SW nos prendió el alma, ¿verdad?".

Sonreí, recargando la cabeza en su hombro. "Sí, mi vida. Y lo repetimos pronto". La ciudad pasaba borrosa, pero dentro de mí ardía una llama nueva, eterna.

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