Cuantos Capitulos Tiene Nuestro Cañaveral de Pasiones
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral, tiñendo las hojas verdes de un brillo casi cegador. Julia caminaba entre las hileras altas de caña, el aire cargado con ese olor dulce y terroso que solo un campo como este podía tener. Llevaba un vestido ligero de algodón, pegado a su piel por el sudor, y cada paso hacía que las fibras ásperas de las hojas rozaran sus brazos desnudos, enviando cosquillas que se le subían por la espina dorsal. Hacía meses que no volvía a la hacienda de los padres de Alejandro, pero algo la había traído de regreso: él, con esa sonrisa pícara y esos ojos que prometían tormentas.
Alejandro la esperaba al final del sendero, recargado en un poste viejo, con la camisa abierta dejando ver el vello oscuro de su pecho. Órale, mi reina, dijo con esa voz ronca que le aceleraba el pulso. ¿Qué haces aquí tan temprano? El calor te va a derretir. Julia se acercó, sintiendo cómo el suelo húmedo cedía bajo sus sandalias, y el aroma de su colonia mezclada con el sudor fresco la invadió como una droga.
—Vine por ti, pendejo —rió ella, empujándolo juguetona—. Y porque quería ver el campo. Me acuerdo de cuando éramos chavos y nos escapábamos aquí para besarnos a escondidas.
Él la jaló por la cintura, sus manos grandes y callosas apretando justo donde dolía de tan rico. Sus labios se rozaron, un beso corto pero cargado de promesas. El cañaveral siempre ha sido nuestro secreto, murmuró él contra su boca. Julia sintió el calor de su aliento, sabor a café y menta, y un nudo se formó en su vientre.
Se sentaron en una manta que él había tendido bajo la sombra de un árbol viejo. Sacó una botella de agua fría y unas frutas maduras. Mientras comían mangos jugosos, el jugo chorreando por sus dedos, la conversación fluyó fácil, como siempre. Julia mencionó la tele que había visto la noche anterior.
—Oye, Alejandro, ¿tú sabes cuantos capítulos tiene Cañaveral de Pasiones? Esa novela me tiene loca, con tanto drama y pasión en el campo. Me hace pensar en nosotros.
Él soltó una carcajada profunda, que vibró en el pecho de ella. ¿En serio, mi amor? Esa telenovela tiene como 85 capítulos, pero la nuestra apenas empieza. Imagínate: tú y yo, como los protas, enredados en este mar de caña. Sus ojos brillaban con picardía, y Julia sintió un escalofrío. El viento susurraba entre las hojas, un sonido como caricias lejanas, y el sol filtrándose hacía que su piel brillara como miel.
La tensión creció despacio, como la marea en la costa veracruzana. Alejandro le limpió un chorrito de mango de la barbilla con el pulgar, y en vez de apartarse, ella lo lamió, saboreando la sal de su piel. Julia, me estás volviendo loco, gruñó él, su voz baja y urgente. Ella lo miró fijo, el corazón latiéndole en los oídos, mientras sus dedos trazaban el contorno de su mandíbula, bajando por el cuello hasta el borde de la camisa.
Se besaron entonces, no como chavos tímidos, sino como adultos que saben lo que quieren. Sus lenguas se enredaron, húmedas y calientes, el sabor ácido del mango mezclándose con el de sus bocas. Las manos de él subieron por su espalda, desatando el lazo del vestido con maestría, dejando que la tela cayera como una cascada suave. Julia jadeó al sentir el aire fresco en sus senos expuestos, los pezones endureciéndose al instante bajo su mirada hambrienta.
Esto es lo que necesitaba, Dios mío, su toque que me quema por dentro. No pares, Alejandro, hazme tuya aquí mismo.
Él la recostó en la manta, el suelo firme debajo amortiguando su peso. Sus labios bajaron por su cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de besos húmedos que olían a deseo crudo. Julia arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Quítatela, güey, susurró ella, y él obedeció, revelando un torso moreno y sudoroso que brillaba al sol.
El calor del día se mezclaba con el de sus cuerpos. Alejandro besó su vientre, lamiendo el sudor salado, bajando hasta el borde de sus panties. Ella abrió las piernas, invitándolo, el pulso latiéndole entre los muslos como un tambor. El olor almizclado de su excitación flotaba en el aire, mezclado con la dulzura de la caña. Sus dedos exploraron primero, suaves, circulares, haciendo que ella gimiera bajito, el sonido ahogado por el viento.
—Estás tan mojada, mi vida —dijo él, con voz ronca—. Tan lista para mí. Julia tembló, el roce de su aliento en su centro enviando ondas de placer. Lo jaló hacia arriba, desesperada por sentirlo entero.
La escalada fue feroz y tierna a la vez. Alejandro se desabrochó el pantalón, liberando su verga dura y palpitante, gruesa como ella recordaba en sueños. Julia la tomó en la mano, sintiendo el calor vivo, las venas latiendo bajo su palma. Te quiero dentro, ahora, rogó, guiándolo hacia su entrada húmeda. Él empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, hasta que sus caderas chocaron con un golpe sordo.
Se movieron al ritmo del campo: lento y profundo primero, como olas del Golfo, el sudor goteando de su frente a sus pechos. Cada embestida hacía crujir las cañas cercanas, un eco sensual a sus gemidos. Julia clavó las talones en su espalda, urgiéndolo más rápido, más fuerte. ¡Sí, así, cabrón, no pares! gritó ella, la voz quebrada por el placer. Él gruñía contra su oreja, mordiendo el lóbulo, sus manos amasando sus nalgas con fuerza posesiva pero consentida.
El clímax se acercó como tormenta: el vientre de ella contrayéndose, el roce interno encendiendo chispas. Alejandro aceleró, sus caderas chocando con palmadas húmedas, el olor de sexo impregnando el aire. Vente conmigo, amor, jadeó él, y ella explotó primero, un grito ahogado rasgando el silencio, olas de éxtasis recorriéndola desde el clítoris hasta las yemas de los dedos. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, su cuerpo temblando sobre el de ella.
Se quedaron así, enredados, el pecho de él subiendo y bajando contra sus senos. El sol bajaba ya, tiñendo el cañaveral de oro anaranjado. Julia acarició su cabello húmedo, sintiendo la paz post-orgasmo, ese glow que hace todo más vivo.
¿Cuantos capítulos más nos quedan en este nuestro Cañaveral de Pasiones? Ojalá nunca termine.
Alejandro levantó la cabeza, besándola suave. Tantos como queramos escribir, mi reina. Este es solo el principio. Se vistieron riendo, las hojas de caña susurrando aprobación, y caminaron de la mano hacia la hacienda, el sabor de su unión aún en los labios, el futuro lleno de promesas calientes.